La maravillosa Sra. Maisel, de Amy Sherman-Palladino

"Tetas arriba"

En las últimas semanas he tenido la sensación de volver al tiempo del encierro, cuando veíamos sin pausa capítulos de series interminables. Una referencia elogiosa de la última temporada me llevó a acercarme a La maravillosa Sra. Maiselcreación de Amy Sherman-Palladino, guionista, directora y escritora, de la que ya se habían colgado cinco en Amazon Prime y que me habían pasado desapercibidas. Así que tocaba darse el atracón, dado lo adictivo de personajes y situaciones. Y desde los créditos, y la extraordinaria banda sonora del final de cada capítulo, uno se queda pegado a la silla. Otra de las razones fue que se tratara de una comedia. Ya teníamos ganas de reírnos, ante la sombría panorámica electoral del mes de julio. 


Finales de los cincuenta. Todo empieza en el interior de una acomodada familia neoyorquina, muy judía, que vive en el Upper West Side. Midge (Rachel Brosnahan) ve naufragar su asentada vida al descubrir que su marido la engaña, lo que los lleva a un divorcio acordado, con cuidado de hijos compartido, pero claro, no la educaron para ser soltera. Ella descubre una noche, en un bareto de mala muerte, que puede subir al pequeño escenario, hacerse con el micro y desplegar su ingenio y su afilado humor, riéndose de sus debilidades, las de su familia y, por supuesto, las de aquellos que la ven actuar: "Descubrí lo que se sentía cuando la gente me escuchaba". Pero lo que está socialmente admitido para los varones, ser monologuista, resulta inaceptable para los suyos y para los de su entorno, que lo ven como algo cercano a la prostitución. A vencer esa carrera de obstáculos constantes la ayudará Susie (Alex Borstein), su representante, todo un personaje, voluntariamente andrógino, combativa y políticamente incorrecta, antes de que el concepto se inventara, con su divertidísimo grito de guerra, "¡Tetas arriba!" También su exmarido Joel (un ajustado Michael Zegen) sabrá estar siempre a su lado, dispuesto a a apoyarla para que ella pueda conseguir su sueño, que consiste básicamente en no estar dispuesta a aceptar normas absurdas ("quiero romper todas las reglas"), y subirse a un escenario donde no debía estar (en un plató de televisión donde trabaja sólo como guionista), para decir lo que nadie querría escuchar en boca de una mujer, en esos cuatro minutos finales del último capítulo, simplemente gloriosos.


Ese par de mujeres mantiene una relación de tempestuosa amistad a lo largo de las cinco temporadas, llena de altibajos, de soez locuacidad en ocasiones, de momentos de emociones compartidas, de ánimo mutuo, de defensa de las ideas y las motivaciones que cada una lleva consigo. Gran parte del éxito de esa relación se asienta en el par de actrices, Brosnahan y Borstein, que están inmensas. Lo que podría haberse convertido en algo cliché, la cómica de familia bien venida a menos, y la representante embutida en sus perennes pantalones con su gorra de visera, acaba transformado en un auténtico ring en el que las réplicas rápidas, inteligentes, cáusticas, servidas por unos guiones ingeniosos, vivísimos, de Daniel Palladino hacen que sean seres humanos llenos de contradicciones, tan reconocibles...  Uno acaba rendido ante los encantos, la gracia, su espíritu inasequible al desaliento de la primera, y ante la combatividad y mala baba de la segunda. A ambas se les une la magnífica pareja formada por los padres de ella, Abe (Tony Shalhoub) y Rose (Marin Hinkle), dignos continuadores de la comedia slapstick, descacharrantes en sus diálogos para besugos, en sus enfrentamientos en los que no se escuchan, en unas situaciones muchas veces desopilantes. 


No suelo citar en mis cometarios a quienes se encargan del diseño de vestuario, pero aquí es tan impactante, sobre todo en los capítulos de finales de los cincuenta, que me resulta obligado nombrar a Donna Zakowska, quien ganó un Emmy por su trabajo. La paleta de colores del inacabable armario de la protagonista responde a su estado de ánimo. La forma de llevar aquellos floreados y vaporosos vestidos de vuelo, supone un plus para las actrices que los visten. Se puede ver cómo, años después, cambia al estilo Jackie K. en el encuentro de las antiguas compañeras de Midge. Por no hablar de los sombreros y el resto del atuendo, así como del fastuoso  diseño de producción, en unas localizaciones impactantes o con un atrezo siempre cuidadísimo.



Hay homenajes a los musicales de Brodway, a los monólogos ante las tropas, tipo B. Hope, a la música negra de la época con el personaje con el que ella actúa de telonera. También convendría hacer referencia a los monólogos que la cómica larga desde el escenario: desvergonzados, personales, críticos con los papeles asignados a varones y mujeres en la sociedad que le ha caído en suerte, con las tradiciones judías, con la institución del matrimonio... No tiene pelos en la lengua y utiliza los mismos tacos que se les permite usar a los varones, lo que causa risa y escándalo. Y vuelvo a los cuatro minutos finales del último capítulo: un auténtico manifiesto feminista que, a pesar de ir teñido de humor, es una reivindicación que sigue siendo necesaria en aquella época ("Mi hija crecerá de un modo diferente a mí, será más dura, más independiente"), gracias a la apuesta por la lucha para ocupar el puesto que ella cree merecer a base de conquistar espacios de libertad, más ahora que se proponen eliminar el ministerio de igualdad. ¡Qué horror! Necesitaremos reivindicar el humor como forma de supervivencia.

José Manuel Mora.








Comentarios