Crónica de una derrota
Con todo lo que me queda por leer, y a lo que sé que no me alcanzará el tiempo que me reste, resulta extraño que reincida en autores que ya conozco, en vez de dedicarme a descubrir orillas ignotas. Padura, Leonardo. Morir en la orilla. Barcelona: Editorial Tusquets, Col. Andanzas, 2025, 378 páginas publicadas apenas en agosto. Señalo esto último porque, sin estar nunca empujado por la novedad, esta vez sí que lo es. Lo he leído casi recién publicado. Y ha sido un gusto, aunque no sea tal vez la palabra más adecuada. Luego diré por qué.
A Padura (La Habana, 1955), lo descubrí hace más de diez años, con Herejes (2014) y ya entonces me prometí que seguiría con algo de lo que todo el mundo me hablaba positivamente: El hombre que amaba a los perros, (2009). Me resultó apasionante. De otro modo, y por el tema tratado, devoré luego Máscaras, (1997). Y la última de sus publicadas, hasta ahora, fue Como polvo en el viento (2020), leída en plena pandemia. Del autor no voy a decir mucho más de lo ya señalado en las entradas anteriores a él referidas. Sigue viviendo en La Habana, pero publica aquí con regularidad y viaja al extranjero a presentar sus libros y recibir incontables premios. No sé cómo no lo han echado de allí.
En el epílogo y los agradecimientos finales, el autor señala que parte de la historia que se cuenta proviene de sucesos acaecidos, de los que aún quedan testigos vivos en su ciudad. Una "dramática historia real", según declaró en Gijón. Y, ya desde el arranque, hay una tercera persona omnisciente que habla de Rodolfo, uno de los protagonistas, como de alguien que "después de llevar tantos años viviendo entre la mierda existencial e histórica" (pág. 12) sigue sin superar la triste realidad que lo rodea. O, como dice Nora, su vecina y coprotagonista, "Este país de mierda que se va a la mierda" (pág. 19). Ambos mantienen una relación inconclusa desde cincuenta años atrás, en la época del instituto. Pero en el segundo capítulo aparece una voz en primera, que aparentemente podría ser un trasunto del propio Padura: "Nos valemos los autores de novelas detectivescas" (pág. 27), la del llamado Raimundo Fumero, amigo de Mario Conde y de Carvalho, ambos personajes de ficción, quien intenta contar lo sucedido con la distancia necesaria, lo que le resulta difícil, al ser el protagonista de la misma su amigo Geni, hermano de Rodolfo y quien mató a su padre a martillazos en 1992, por lo que le cayó una prisión casi perpetua. Dice Fumero, "a veces me sentía una especie de Truman Capote tropical dispuesto a entender para luego escribir" (pág. 42). El propio Fumero reconoce con ironía que "el parricidio ha sido desde siempre un tema de mucho atractivo literario" (pág. 207). Y así, la historia arranca en los sesenta, cuando "el Gobierno decretó la intervención de todos los negocios privados [...] para que el país avanzara (victorioso, ya se sabe) por la senda del socialismo" (pág. 283), pasa por los 80 con "esa crisis que seguimos transitando treinta años después" (pág. 109), para llegar a la gran hecatombe del 92 y que se alarga hasta los tiempos pandémicos, hasta 2023, fecha en que Geni es liberado de la cárcel. Con todo lo que vamos sabiendo de los distintos personajes que aparecen, por ejemplo Aitana, hija de Rodolfo y emigrada a Barcelona, tabla de salvación para su padre gracias a los envíos que realiza, nos damos cuenta de la veracidad de la afirmación de Fumero: "El panorama de nuestras vidas era la crónica de un derrumbe" (pág. 298), sobre todo al ser conscientes de modo definitivo del "desencanto del descreimiento, la constatación del engaño" (pág. 341). Y el miedo sobrevolando todas estas vidas: a lo que puede comportar el regreso del asesino, a atreverse con una relación a los setenta años, a un horizonte oscuro en el que sólo se atisba la muerte, el miedo a las autoridades si se habla demasiado alto...
Padura ejerce de cronista, sin demasiado adorno retórico, aunque no puedo dejar de señalar un par de expresiones de enorme fuerza: "Poner el pie sin hundirse en el cieno de la soledad" (pág. 241); o bien esta comparación: "Unos segundos que se arrastraron lentos como si se asomaran al borde de un precipicio (pág. 266). Sigue siendo perfecto el manejo de los niveles de habla, desde el coloquialismo habanero expresivísimo, a la construcción compleja de frases perfectamente delineadas. Y hay algo muy sabio en la construcción de la novela: el autor va dando en pequeñas dosis la información que nos va aproximando a la comprensión de la tragedia. Hay que esperar hasta el final para tener una idea global de ese mundo de carencias, de afectos equivocados, donde el ron es una medicina contraproducente que puede empeorar lo que se vive. La humanidad de los personajes, sus contradicciones, su solidaridad en la desgracia, salva una historia que podría haber sido negrísima y que por momentos lo es. De ahí el título de la reseña sacado de la página 375 del propio libro.
José Manuel Mora.
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