El viajero del siglo, de Andrés Neuman

Rareza

Una rareza. Es la primera palabra que me viene en mente para presentar mi última lectura. Me adentré en ella por recomendación de mi amigo Pascual, de quien suelo fiarme. Pero también porque conocía al autor por haber leído hacía poco un libro que me pareció redondo, Hasta que empieza a brillar, centrado en la figura de la gran lexicóloga María Moliner. El que voy a comentar ahora es anterior a éste. Neuman, Andrés. El viajero del siglo. Barcelona: Pinguin Random House Grupo Editorial, col. Debolsillo, 2018, 531 págs., que me han tenido entretenido y "desojado" durante más de un mes. Lo del "desojamiento" se debe a mi cada vez mayor dificultad para leer por problemas con mi vista, y al hecho de que dada la edición de bolsillo, el tipo era minúsculo. Tendré que empezar a pensar en libros a través de pantalla que permitan aumentar el tamaño de las letras. Cabe señalar también que, aunque mi edición sea la antes señalada, el libro se publicó en 2009, que fue cuando recibió el Premio de la Crítica y tras cinco años que tardó en redactarlo.


De Neuman (Buenos Aires, 1977), su autor, ya hablé en la reseña anterior. Tal vez cabría subrayar aquí su formación como filólogo y que sea profesor de literatura. Que sus numerosas obras (ver en la wiki o bien "Andrés Neuman: De Europa a Argentina y de regreso", del Instituto Cervantes) se hayan traducido a veinte lenguas por lo menos, lo señalo porque la tarea de dos de los protagonistas de la presente novela se dedican, entre otras cosas, a traducir poesía, lo que ocupará parte del argumento y que no deja de ser la primera de las rarezas que irán apareciendo; ello permite a Neuman dar muestra de su profundo conocimiento de la poesía romántica alemana y centroeuropea: Goethe, Novalis, Hölderlin, Heine..., de la filosofía, de Kant a Shopenhauer. Es justo en ese momento en el que se desarrolla la trama. El autor la etiqueta como una "novela histórica".


Ubicada en una ciudad imaginaria entre Sajonia y Prusia, Wandernburgo, la descripción de sus calles, de su plaza, de la torre del reloj, ha traído a mi mente, la que recientemente visité, Lübeck, aunque no tengan nada que ver. Por mis recuerdos me he movido, como por esta ciudad inventada. En ella convive la agricultura, las primeras fábricas textiles con las primeras huelgas, las tabernas, los salones en los que se discute de filosofía, de política, de poesía, de religión... Y no son estos temas mero decorado, sino que el autor entra a fondo en ellos, hasta el punto de que tal vez sea necesario tener nociones de todo ello para poder seguir los acalorados debates que se extienden por muchas de sus páginas. Ésta podría ser la segunda de las rarezas, porque a quién pueden interesar estos temas hoy en día... El "truco" está en que el escritor pretende hablar de nuestro presente a través de las discusiones de hace doscientos años.


A la ciudad llega un viajero, el del título, un tal Hans, del que apenas sabemos nada  más que traduce y escribe y que, con ánimo de seguir camino, conoce a un pobre organillero de filosofía vital muy particular que vive en una cueva y con el que entabla amistad. A él le confiesa: "No sé que me pasa con esta ciudad, dijo Hans devolviéndole el cuenco al organillero, es como si no me dejara irme" (pág. 67). No hay guión introductorio de diálogo, tampoco el que separa la voz narrativa de lo que el personaje dice, que se sustituye por simples comas, lo que obliga al lector a estar atento para no perder el hilo. Otra de las rarezas, ésta, formal. Aparece un personaje de origen español pero que procede del Londres del exilio, Álvaro Urquiho, que es como pronuncian su apellido los alemanes que no saben nuestro idioma. La visión que trasmite de nuestro país, tras la invasión napoleónica, la Pepa, la llegada del rey felón, es tremendamente crítica y profundamente antinacionalista, en lo que coincide con Hans: "España es mi lugar, pero no el país que hay, otro que sueño. Uno republicano, cosmopolita" (pág. 108), o bien, "Los que saben que ningún lugar será su patria, esos son invulnerables" (pág. 123); al igual que con su idea de la justicia: "Sin reparto de riqueza nunca podrá haber paz" (pág. 102). Y por último está la señorita de buena familia venida a menos, anfitriona del salón literario al que acuden, junto con el profesor protestante Mietter, un matrimonio judío, los Levin, la viuda Pietzine, católica
. "La falda de Sophie Gottlieb susurraba por el pasillo" (pág. 43). Y cuando estaba a punto de dejar inconcluso el libro al final de su primera parte (pág. 147; tiene cuatro más) porque no acababa de atraparme, el autor introduce un giro inesperado, un asesino enmascarado en medio de la noche, que persigue a mujeres solas. "En Wandernburgo se redondea una luna de arena, luna desprevenida, luna sin dónde" (pág. 147). Eso, y la atracción que pronto empieza a insinuarse entre Hans y Sophie, ha hecho que haya seguido hasta el final, de lo que no me arrepiento. Y diré por qué.


Y, aunque la relación que se establece entre los enamorados es muy de s. XXI, no ha dejado de resultarme atractiva, tal vez por la vena "romántica" que encierro: "Y cada imperfección que se descubrían los volvía más posibles, más deseables el uno para el otro" (pág. 276). Sophie resulta tal vez demasiado "avanzada" para su época, no sólo por su formación literaria, musical, poética (todo ello podía darse entre las "intelectuales" de los salones decimonónicos), sino por su actitud "feminista" avant la lettre: se enfrenta a su padre, pretende no depender de nadie que no sean sus afectos, toma la iniciativa en la cama, "Encontraba una violenta simetría [...] en poseerlo a él, antes de ser poseída" (pág. 323). Las escenas de sexo son intensas y explícitas. A la vez, y tal vez para compensar, las discusiones sobre una posible traducción de un poema, llevan el libro al terreno que al autor le interesa, donde se siente cómodo. Hans parece opinar como Neuman: "Entender el estilo como una búsqueda sin final" (pág. 244). Y a ello se ha dedicado el autor, con expresiones de fuerza poética desde el principio: "La ventana emitió un acorde de madera y polvo" (pág. 19); "Un animal de humo devoraba a los clientes" (pág.28); "Las estrellas eran pocas y separadas, un soplido de sal" (pág. 244).  Como conclusión, tal vez cabe decir que no es un libro para quien desee acción desbordante. Yo he acabado pasándomelo bien, incluso con el final que se ha hecho esperar hasta sus últimas páginas y que de alguna manera podría ser incluso abierto.

José Manuel Mora. 





 





 






Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Interesante, muy interesante. Habrá que leerlo.