Extrañeza
De nuevo reincido en la literatura femenina, esta vez por culpa de un sobrino que me hace un regalo de "reyes". Se han cambiado las tornas. Que un "científico" venga a descubrir a su tío a una autora, debería sacarme los colores. No acaba uno de aprender. Restrepo, Laura. Soy la daga y soy la herida. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial; Alfaguara; col. Narrativa Hispánica, 2025; 205 págs. Ilustración de la cubierta de L. Restrepo. Cada capítulo viene introducido por un grabado de André Masson, el conocido como "Acéfalo", que G. Bataille convirtió en símbolo de resistencia.
Restrepo (Bogotá, 1950), escritora de novelas y ensayos y también periodista, ha sido ampliamente traducida y es el típico nombre que a uno le suena, aunque no tenga presente ni biografía ni obra, y señalo que he sido admirador y seguidor de la literatura latinoamericana. No sabía que fuera conocida por su obra Delirio y que con ella en 2004 hubiera obtenido el Premio Alfaguara, además de lograr otros importantes en Francia e Italia. Fue admiradora y "alumna" de G. Márquez y ha participado activamente en política desde una perspectiva de izquierdas e intervino en la negociación con la guerrilla durante los 80, razón por la que tuvo que exiliarse. Además de su licenciatura en Filosofía y Letras, realizó un posgrado en Ciencias Políticas. También J. Saramago dijo que ante su escritura "había que quitarse el sombrero". Doy todos estos datos por si ayudan a entender el contenido de la novela que voy a reseñar ahora.
Hablaba de "extrañeza" al encabezar esta entrada, y lo he hecho porque no deja de asombrarme, desde la primera página en su introducción, la contradictio in terminis, tanto en el título con esa primera persona que parece ufanarse de ser "daga y herida", como en la presentación del mote de guerra del protagonista y narrador, Misericordia Dagger, entendiendo aquí por "misericordia", la polisemia del término: virtud y puñal medieval. La extrañeza sigue cuando en el arranque de la narración se nos sitúa en el ámbito de lo mitológico y de lo brutal: “Abismo me adjudicó un oficio: empuña el hacha, me dijo, tú serás mi verdugo [...] Supe que ella era dios y conocí su nombre: Abismo" (pág. 11); de ella/él señala que es "hermoso de una manera horrenda y sólo a Él corresponde lucir cabellera de alacranes que copulan y se multiplican" (pág. 39). El narrador dice que se dedicó a cortar cabezas a su servicio y declara: "Mi autobiografía inaugurará un género literario radical que se llamará brutal noir" (sic, pág. 19). Y sí, lo es, brutal y noir. Y en medio de toda esa brutalidad, como por casualidad que se volvió causalidad, el verdugo se cruza en un semáforo con Dix, una chica que lo deja sin habla por su belleza y que resulta ser nieta de su próxima víctima: "La muchacha me deslumbra [...] una suntuosa mezcla de resplandor y tiniebla" (pág. 30). Ese encuentro le cambia la vida, le resquebraja su duro corazón.
Y cuando uno piensa que todo lo leído hasta ese momento es fruto de un delirio surrealista, la autora sumerge al lector en algo también terrible, la realidad de los desfavorecidos de su país: "Altos arrabales [...] populosos anillos de oprobio donde pelechan el barro y la violencia" (pág. 56). No es raro que en ese medio el narrador pretenda encontrar a alguien que lo sustituya en un futuro, a quien él adiestrará: "Príncipe Sangre, joven promesa del verduguismo local" (pág. 80), frente a quien se autodefine como "no soy perro de nadie. Soy lobo de mí mismo y me devoro" (pág. 74). Ambos coinciden: "Los exterminadores solemos ser unos burócratas del crimen y unos burócratas de mierda" (pág. 101). Actores en el escenario que creó M. Guillotin.
Novela de amor y muerte que atrapa a pesar del espanto continuo que encierra. Y en una paradoja más, este verdugo inmisericorde es alguien cultivado, capaz de citar a Lorca o de expresarse con belleza poética: "Sobre mí brillaba la magnífica desolación de la luna" (pág. 103); o bien, "Un firmamento que centelleaba en desgaste de estrellas y despilfarro de astros" (pág. 134); capaz también de usar el habla coloquial de su tierra: "Pueblo parrandero y tomatrago" (pág. 182). Otra de sus peculiaridades es la ausencia de cursiva cuando utiliza términos en otros idiomas: "pas mal; sexapil; axis mundi; ventana black-out". Es en definitiva un libro extraño que, a pesar del horror que maneja, entre mitológico y realista, desgarrador, lejos del ya antiguo realismo mágico de su maestro, resulta difícil de abandonar. Su protagonista, un antihéroe, creo que no se me va a despintar de esta memoria mía cada vez más frágil, a la que pretendo ayudar redactando estas líneas.
José Manuel Mora.
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