Pureza, de Garth Greenwell

¿Novela o relatos?

A pesar de venirme recomendado por alguien con criterio y de quien me fío, he de comenzar diciendo que la lectura de este libro me ha producido perplejidad. Luego se entenderá por qué. Greenwell, Garth. Pureza (Cleanness, en el original). Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2021; leído por mí en reimpresión de 2025. Trad. Inga Pellisa. 235 págs. Dejo una cita suya sacada de una entrevista: “La condición necesaria para concebir un libro es el desconcierto”; tal vez sea eso, más que la perplejidad de la que hablaba más arriba, lo que he experimentado con su lectura. 


Greenwell (Louisville, Kentucky, 1978) es un autor para mí desconocido, aunque haya sido multipremiado. En su haber hay poesía, crítica literaria, novelística, y tarea educativa. Su último libro, Lluvia pequeña, ha ganado el prestigioso PEN/Faulkner 2025 a la mejor obra de ficción. La que voy a comentar se ha situado entre las diez mejores de 2021 según los críticos de The New Yorker. Ha vivido un tiempo en Bulgaria, lugar donde está ambientada la presente narración, y de la que regresó en 2013. Dice que le aterra el nivel actual de la violencia social en su país (yo diría que casi más aterra la violencia política desatada por Trump). Y también sobre eso volveré, como sobre el hecho de que afirma que escribe desde su experiencia como hombre gay. En la actualidad vive entre Nueva York y Iowa. Conoce bien la literatura en castellano, ya que su pareja es el poeta español Luis Muñoz.

El título de esta entrada ya pone sobre aviso respecto a un aspecto formal del libro: he tenido la sensación de que estaba leyendo distintos relatos cortos. Es cierto que tenían en común al mismo narrador, posible trasunto del autor, dadas algunas coincidencias entre su vida y las localizaciones de la acción, sobre todo Sofía, la decadente capital de Bulgaria, que arrastra su ajado esplendor, "el del hormigón liso y monolítico de los bloques de apartamentos de estilo soviético" (pág. 15), tras la caída del régimen comunista, que vive una serie de manifestaciones de protesta de los jóvenes (año 2013), descontentos con el nuevo gobierno y en la que para los gais "había una presión de secretismo, donde era demasiado peligroso ir de la mano por la calle" (pág. 124). Otro de los aspectos formales novedosos es la elección que el escritor hace cuando decide nombrar a los personajes tan sólo con sus iniciales. A pesar de que los va retratando en actitudes y opciones vitales, a mí me ha resultado un factor distanciador. Y un tercero y último: la ausencia de guiones introductorios de los uerba dicendi : "No lo sé, dijo, sólo necesitaba hablar con alguien" (pág. 19), aunque a eso se acaba uno acostumbrando de inmediato. Un último elemento casi común a todas las historias que integran el volumen, el narrador, profesor estadounidense en un país del que conoce el idioma, se suele relacionar casi siempre con alumnos varones jóvenes, a veces con intención de orientarlos; en otras ocasiones es claro el deseo sexual que experimenta hacia ellos, aunque por su posición no se atreva a dar el paso a un acercamiento físico y se mantenga siempre en una distancia profesoral: "Sabía que sentía algo que no debía sentir" (pág. 23), o bien, "No nos podíamos tocar, por supuesto, habría sido una imprudencia" (pág.100). A ello se añade otra reflexión: "Sentí una rara disonancia entre mis vidas pública y privada" (pág. 83), como suele suceder a quienes se ven obligados a vivir "en el armario" por razones profesionales o familiares.


Sin embargo, toda la segunda parte, "Amar a R.", de tres capítulos, es una hermosa historia de amor, con un alumno de las Azores que nunca se ha atrevido a mostrarse tal y como es y se siente. La relación de enamoramiento en un momento dado se traslada brevemente a Italia, a Bolonia, para dar más libertad a la pareja, para que les resulte más llevadera por ser más plena y, por lo tanto, más feliz: "Esos momentos de ternura que habían cambiado la textura de la existencia para mí" (pág. 133).


Como contrapunto, el titulado "Gospodar", palabra búlgara que traduce como "señor", pero también, "amo", es una noche de sexo furibundo que se convierte en una relación sadomasoquista durísima, por ella misma y por la crudeza como está presentada, sin ningún eufemismo. "El placer de servir, he pensado alguna vez, o de un modo más oscuro, el placer de ser utilizado" (pág. 43), algo que desde mi propia experiencia se me escapa por completo. Como también "No había límites en lo que podía llegar a desear o el castigo que podía llegar a buscar" (pág. 57). He de confesar que se me ha hecho cuesta arriba toda la situación, a pesar de que también aparece la consciencia de lo que se vive y de lo que se siente en un análisis profundo en medio de tanta violencia. Y ello combinado con la alternancia de papeles, puesto que hay otro episodio, "El santito", en el que el narrador se convierte en dominador: "Mi voluntad de someterlo, como su voluntad de ser sometido" (pág. 190). El autor confiesa que esos capítulos le sirven para explorar lo más íntimo del personaje que narra su experiencia.


En realidad, y desde el principio, estamos ante un hombre que experimenta un aburrimiento existencial, un vacío existencial lleno de soledad, del que no logran sacarlo las clases, ni la vida social de Sofía que ya conoce y que gira en muchos casos en torno al alcohol y las protestas a las que a veces se ve arrastrado a asistir, al haber quedado con cualquiera de los ligues con los que va teniendo encuentros sexuales que van siendo cada vez más intensos, deseos hechos carne, tras la ruptura con el que cree que fue su único y verdadero amor y al que dedica la parte más extensa del volumen. Y sin embargo han sido esos dos capítulos, marcados por la violencia sexual, explícitos a más no poder, sin espacio para ningún tabú, los que, aunque sin ser yo ningún pacato, han puesto distancia entre el protagonista y mi conciencia de lector, a pesar de que es evidente el deseo del escritor de que no se juzgue lo que en esas escenas se muestra, al fin y al cabo la contradicción constante entre la soledad y la compañía, entre el deseo y la autoconsciencia, entre el dominio y la sumisión, entre el dolor y el placer. Tal vez no he sabido entrar en el juego narrativo. Tampoco el desnudamiento formal, estilístico, me ha ayudado a conectar. Me he quedado pues, fuera, algo que no debe de ser muy conveniente cuando se quiere disfrutar de la lectura, pero que para otros podrá suponer una experiencia excitante y conmovedora. Aquí lo dejo pues para quien se quiera animar. 

José Manuel Mora. 







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