Cáceres

Viaje al pasado

Primer día y tal vez el único en el que no es necesario madrugar. Se suaviza la dura vida del turista, aunque en el desayuno comunitario hay carreras y empujones. La guía nos espera en el exterior para acompañarnos en el paseo por el casco histórico de Cáceres. Antes, y desde la plazuela delantera del palacio, nos explica que antaño fue usado como maternidad, entre otras funciones. Da gusto mirarlo a la luz de sol y alejarse para hacer alguna foto ilustrativa y curiosear una iglesia que hay enfrente, cerrada a cal y canto, la de Santiago, que intentaremos visitar a la tarde, cuando esté abierta al culto. 












Adentrarse en el casco antiguo de la ciudad es como retroceder en el tiempo, viajar hacia atrás, internarse en una ciudad de murallas almohades, que se levanta con suavidad por callejas en leve cuesta hacia su centro mollar. Dos de las torres que flanquean el Arco de la Estrella, una de las puertas de la fortaleza, están ahora cubiertas de andamios para su restauración. A todos nos parece que es el lugar ideal para la foto de grupo, aquí sin apreturas, aprovechando que son pocos los turistas que a esta hora pasean por el lugar y que no llueve. En cualquier caso, en este "marco incomparable" es fácil situarse temporalmente siglos atrás. Como se puede apreciar en la foto, no parece que el fresco matinal nos esté afectando mucho.


Conforme nos metemos en el dédalo de callejuelas, los palacios, las portaladas, los escudos, las iglesias, las torres se van sucediendo, sin que apenas haya lugar a escuchar a la guía y a conseguir al tiempo la foto que queremos. Ella parece conocedora de los rincones que se han usado para el rodaje de series famosas. Esto a mí casi me da lo mismo, más atento a las huellas mudéjares, tardo góticas y platerescas de una ciudad que dejaba atrás su aspecto militar de época medieval, para albergar a la nobleza que apoyó a Carlos I, a pesar de que su abuela Isabel hubiera desmochado las torres que pudieran hacerle sombra a ella, la reina de Castilla. El palacio de los Toledo-Moctezuma, cuyo nombre ya es indicio de mestizaje, se alza poderoso, reestructurado en el s. XVI.














El convento de Sta. María de Jesús ocupa una parte del edificio, que llama la atención por sus torres disímiles y sus matacanes; la otra parte, conocida como palacio de los Golfines de Abajo (s. XVI), es ahora sede de la Diputación, una vez que fue desamortizado. Algo más allá, el Palacio de Mayoralgo, de simetría casi perfecta gracias a sus ventanas geminadas.












































En lo alto de la colina se alzan dos torres blancas, que fueron de los jesuitas, aunque por poco tiempo. Y nos encaminamos hacia lo que es la entrada a una cisterna usada por la comunidad frailuna. Se halla una vez se pasa un pequeño museo con vestimentas de Semana Santa. Hay que bajar unas escaleras para llegar a la alberca donde se acumula el agua de lluvia bajo un lucernario que cede la luz hasta la hondura de la superficie estancada. Nos explican que, en la sala superior hay un pozo con agua de manantial, ésta sí limpísima, de la que bebían los monjes.



























Deambular por callejas sin tráfico, estrechas como de zoco árabe y seguir tropezándose con edificios de solera en un rincón cualquiera, es una continua sorpresa. Así sucede con la Casa del Sol, o de los Solís, gótica del s. XV, que luce un escudo con un sol de rostro humano coronado por un yelmo bajo el alfiz y su correspondiente matacán semicircular. O una torre más allá, tapizada de un verde trepador que la realza. Y aún en otro recodo, el Palacio de la Generala, muy plateresco, hoy propiedad de la Universidad de Extremadura.






























































En la Plaza de S. Pablo nos damos un respiro, aprovechando el banco corrido de piedra adosado al muro de un convento. Y es el momento de posar de nuevo, con muchas risas, porque alguien propone agruparse como en el viejo juego de las chicas con las chicas y los chicos con los chicos. El gamberreo de la "cierta edad" suele ser bienvenido por todo el mundo.



Y al bajar de nuevo a la Plaza, nos separamos del grupo. Nosotros tenemos cita con mi ahijada María a la hora del café, así que volvemos al hotel y nos dedicamos a curiosear. Hay una sala que ejerce las funciones de biblioteca, donde encontramos unos cuadros que nos llaman poderosamente la atención. También en los pisos altos surgen las sorpresas. Dejo constancia aquí.





























Nuestros compañeros se han subido al autobús y se han dirigido a las Bodegas Habla.  Marisa ha concertado una cata de vinos, por lo que no creo que lo vaya a echar mucho de menos, ya que comemos un bacalhau a la portuguesa que me reconcilia con el mundo. Eso será hasta que regresen y nos enteremos de que la "cata" era un auténtico banquete lleno de exquisiteces y magníficamente presentado. Dejo la foto institucional delante del edificio. No quiero martirizarme con los "platillos" que sirvieron. Los encontraréis en las fotos de la página de la Asociación.


Nuestro reencuentro con mi ahijada María fue emocionante hasta las lágrimas. Fuimos a conocer "El Atrio", que casi abrió para nosotros. Estábamos solos en torno a unos cafés. El espacio y el tiempo dieron lugar para rememorar, ponernos al día y vaticinar futuros prometedores. Nos acompaña de regreso a la Plaza, donde se está preparando un festival nocturno con un enorme escenario para la noche de mañana. Las terrazas están atestadas, parece un lugar distinto al que disfrutamos por la mañana. Y en el hotel, con un sol poniente que ya no hiere la vista, algunos se sientan a beber algo y yo echo una carrera para entrar en la iglesia de Santiago, donde descubro un retablo barroco imponente de A. de Berruguete. Las fotos son cortesía del Sr. Arenillas.







 




































Y ya solos, nos planteamos una cena sobria de tostada con jamón y cervecita, en un momento apacible tras un día tan intenso. No sé si el resto podrá tomar algo. Nosotros nos retiramos por el foro.


José Manuel Mora. 

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