Extrema Dura
Salimos temprano de Alicante. Somos 55 personas de la AAUP, que celebra su 25 aniversario, y que inician un viaje de disfrute, conocimiento y sociabilidad. Vamos a visitar la antigua frontera castellana frente a los reinos musulmanes del sur peninsular. Mientras dormitamos, se llega a Almagro, ciudad que ya habíamos visitado tras el COVID. La plaza luce radiante bajo un sol primaveral, con sus 85 columnas que sustentan una fachada acristalada, de uniformidad serena y colorista, de aire septentrional debido a la influencia de los Fugger, banqueros del emperador Carlos. Hay gente del grupo que no la conoce y da una vuelta entre palacios renacentistas, paredes encaladas y gruesos portalones de madera con escudos; incluso algunos entran en el famoso Corral de Comedias.

Atraído por una portada barroca, en la esquina de la plaza, me acerco y decido entrar, son sólo 3€. No lo hice en la ocasión anterior. Se trata del convento de S. Agustín, de una sola nave, ahora vacío y sonoro, y restaurado tras los daños del terremoto de Lisboa y de la Guerra Civil, con pinturas parietales y bóveda y cúpula espléndidas de color. No hay casi visitantes. Por una estructura de acero y cristal puedo subir hasta la torre, desde donde se tiene una magnífica panorámica.
Salgo corriendo hacia el Parador, donde nos esperan para comer. Nos sitúan en el antiguo refectorio, donde aún se encuentra el púlpito desde el que se leían textos píos, mientras los monjes comían en silencio. No es el caso para nosotros, que disfrutamos de este primer rato comunitario con risas y alborozo, ayudados por un buen vino blanco manchego.
Seguimos la ruta, mientras la llanura manchega va erizándose en remontes arbolados con alcornoques, encinas, pinos, eucaliptos, de tonos verdes variados, brillantes por las lluvias, y tapizados a trechos de flores amarillas, cuyo nombre desconozco (Marisa me chiva luego que es la genista), y cúmulos calcáreos erosionados en formas caprichosas. Algún pantano sin nombre. Cada vez estamos más cerca de nuestro objetivo y va atardeciendo con suavidad y algo de retraso con respecto a nuestra tierra.
Cruzamos el Guadiana por un puente de estilo reconocible para los valencianos, obra de S. Calatrava. Al fondo, humilde, uno que construyeron los romanos y que es el más largo de la Península en su época, 800 m. Mérida será el lugar de demora de las dos primeras noches. Se trata de un antiguo convento (s. XVII), que funcionó como hospital, luego como manicomio y finalmente como cuartel. La entrada en el mismo se conforma como espacio expositivo de piezas auténticas que anuncian los tesoros que la ciudad guarda. Desde nuestra habitación se disfruta de la vista de la plazuela de entrada donde se levanta una columna romana.
Tenemos salida nocturna programada con guía. Las calles están silenciosas y vacías. Al girar una esquina nos encontramos con el Arco de Trajano, imponente por su altura y por el granito del que está hecho. Parece que estuvo cubierto de mármol. Ya no. Chispea y nos refugiamos bajo él.
Augusta Emérita, ya en el s. I, levantó fortificaciones y templos, como el de Diana, bellamente iluminado y con aceptable estado de conservación de su columnata de ocho metros de altura, de estilo corintio. El siguiente templo permite hacerse idea del esplendor de la ciudad en su época. que sus columnas sean réplicas (las originales están en el Museo) nos da lo mismo. Las explicaciones de la guía están salpicadas de información precisa y anécdotas curiosas y divertidas. Nos hacemos la primera foto de grupo que sale bien, gracias a la pericia de Rafael y a su paciencia.
La presencia de los musulmanes se materializa en la alcazaba, la más antigua de España (s. IX), un muro pétreo que protegía la ciudad. Su altura de diez metros, viene realzada por sus sillares de granito, algunos de ellos romanos, reaprovechados. Al descender hacia el río, vemos que su ubicación frente al puente romano servía para controlar la entrada y salida de bienes y personas.
El puente está iluminado y cruza sobre las aguas del Guadiana, ahora oscuras, negras como la pez. Parece que tiende a desbordarse cuando llueve mucho y se abren las compuertas de los pantanos río arriba, La guía cuenta que en el Parador hay fantasmas, aunque no desvela en qué habitación. Risas, algunas nerviosas. Y volvemos al hotel más muertos que vivos.
José Manuel Mora.
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