La Grazia

Troppo

Con tanto viaje y tanta bitácora de por medio hacía mucho tiempo que no iba al cine. Sin embargo, desde su estreno, sabía que no debía perderme la peli que voy a comentar. Y lo hago en caliente, recién salido de la sala. Se trata de la última de Paolo Sorrentino, escrita también por él, de quien ya había visto La grande bellezza sin que llegara a encontrarle la gracia a aquella panda de "modernos". Es verdad que pocas veces había visto Roma tan bien fotografiada. Sin embargo sí me gustó, y mucho, la serie The Young Pope, aquí comentada y Fue la mano de Dios, que por estar rodada en Nápoles, se me hizo muy cercana. Se titula La Grazia, palabra que aquí tiene una polisemia fundamental. Y por último la peli no me habría conmovido tanto de no haber estado interpretada por Toni Servillo


Hay muchas cosas que han hecho que la cinta me haya emocionado tanto. El protagonista es el Presidente de la República italiana. Entre sus competencias está la de aprobar leyes y también la de conceder indultos. Se encuentra al final de su mandato y de su próxima jubilación, viudo y en conflicto con su hija (Anna Ferzetti), abogada expertísima y consejera suya. Gran parte del film se desarrolla en el Palazzo Chigi, sede de la Presidencia, lo que da oportunidad al director a una puesta en escena de una belleza armónica y serena, maravillosamente fotografiada por Daria D'Antonio. Son muchos los temas que toca Sorrentino con una profundidad desarmante, al tiempo que con capacidad para despertar sonrisas en el espectador: la política entendida con seriedad, el amor y la pérdida, la soledad y la muerte, el engaño junto a la amistad, el estar de vuelta de todo, con esa pregunta que se repite: "¿de quién son nuestros días?". El paso del tiempo pesa sobre los personajes y cada uno vive ese paso y ese peso a su modo. Y decisiones tremendas que afectan a los demás, cuando sea el Presidente el que las tome: ¿firmará la ley de la eutanasia que le presentan? ¿indultará a dos personas de perfil diferente y les otorgará la "gracia" del perdón? La duda lo sobrevuela todo, sin embargo hay que esperar hasta el final. 


Todo este cúmulo de sentimientos, de tensiones, de conflictos íntimos y con las personas que lo rodean son trasmitidos por el rostro de Servillo con una autenticidad brutal, contenida en su gestualidad de miradas intensas; a ello ayuda que el director decide que los planos cortos sean la mejor manera para que todo ello llegue al espectador. ¡Y vaya si lo hace! Que el personaje reciba el apodo de "hormigón armado" se debe a su imperturbable presencia en situaciones muy distintas. Tan solo deja escapar una parolaccia, una sola vez, el famoso cazzo!, tan usado por los italianos, y que deja sorprendida a su hija. Todas las certezas que el personaje muestra al inicio se van tambaleando en el rostro de Servillo hasta dejarlo arrasado por la duda ante la toma de decisiones capitales, para las que será necesario el coraje, aun a riesgo de equivocarse: Virtus in periculis firmior (la virtud se fortalece en el peligro), como dice el lema de los coraceros. No quiero dejar pasar dos personajes más: su guardaespaldas (Orlado Cinque), siempre fiel y discreto a su lado, con su emocionada despedida; y la descacharrante Coco (Milvia Marigiano), amiga inmemorial del Presidente, capaz de taparle la boca con sus respuestas ágiles, cáusticas y divertidas. Por no hablar de su relación con un papa negro y con rastas (Rufin Doh Zeyenouin), que habla un italiano con deje africano y que tampoco le ayuda con toda su sinceridad a cuestas. La banda sonora que el director ha elegido para determinadas escenas es también sorprendente. En definitiva, creo que es de lo más redondo que he visto últimamente. No creo que se me olvide pronto, como me suele suceder tantas veces. Haberla visto en V.O.S. me ha reafirmado en mi gusto por esa lengua extraordinaria, el italiano. Grazie, Brunella.

José Manuel Mora. 

 

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