Trujillo, Guadalupe y regreso

Fin de viaje

Ha amanecido un día luminoso, casi con calor. El viaje en dirección a levante es largo con el sol de frente, entre dehesas que, con las lluvias pasadas, están cuajadas de verde. El vacuno pasta tranquilo. Y una vez más quiero dejar constancia de la fragilidad de la memoria. Estuve en Trujillo con 20 años, en mi Paso del Ecuador, camino de Lisboa. Salvo el documento gráfico de mi álbum de fotos (B/N) no recordaba nada más que la enorme y bella plaza a la que llegamos. El lugar, a los pies de la escultura ecuestre de Pizarro (1929), es el idóneo para una nueva foto grupal. 















El esplendor de esta ciudad de aire renacentista, arranca en los tiempos de la Reconquista, cuando se la tomó a los musulmanes, que habían levantado una impresionante alcazaba, que desde abajo no se aprecia en sus dimensiones reales. Los reyes fueron ofreciendo tierras a la nobleza que ayudó en la empresa bélica para repoblar los extensos territorios conquistados. Esas tierras ofrecidas como recompensa son la base de los latifundios existentes en la actualidad. Fruto de la explotación de los terrenos, estos nobles pudieron ir levantando palacios soberbios, blasonados, con los característicos balcones esquinados, portaladas con columnas, fachadas con elegantes almohadillados y enormes escudos nobiliarios que daban cuenta del linaje de los propietarios. Algunos de ellos ya labraron su fortuna en México e incluso volvieron casados de allí.

 























Callejeamos hacia la parte alta de la "ciudad", pues tiene ese título. Se suceden los rincones pintorescos decorados con un ciprés, plazas con naranjos, palacetes, torreones... Algunas callejas al pie de auténticos bastiones altísimos son tan estrechas que fue necesario labrar una rodela en uno de los edificios laterales para que pudieran pasar los carros. Por un empinado callejón descubrimos la primera puerta en esquinazo con su balcón correspondiente. Llegamos a la zona de los aljibes, ahora cubiertos y hacemos un alto para seguir escuchando a la guía que, como es de aquí, lo conoce al dedillo. Todo me resulta nuevo y hermoso. Me queda claro que no llegué hasta aquí en 1968. Al pasar por un arco almenado, descubrimos también una alberca que ofrece su imagen especular. Y más allá la iglesia de Sta. María la Mayor, de un románico del XIII de lo más esbelto.




































Y ya en la cumbre contemplamos el panorama de dehesas arboladas que se extiende hasta el horizonte, y los muros enormes ante los cuales se alzan, a modo de un dolmen triple, tres piedras graníticas imponentes.



Entramos en la alcazaba por un arco moruno de herradura, casi granadino. Su interior está totalmente amurallado y deja en medio un espacio vacío enorme que, curiosamente, tiene una reverberación increíble que invita a cantar, aprovechando que casi no hay nadie. Desde las almenas, la vista  panorámica enriquece y completa la idea que podíamos habernos hecho de la ciudad. 













Regresamos a la plaza donde disfrutamos de un rato de tiempo libre antes de enfilar  a Guadalupe. El bus nos conduce al Parador guadalupano, donde comemos y descansamos en la medida que cada uno puede. Cuando llegamos ante la fachada del Monasterio de Santa María de Guadalupe, uno se asombra ante su imponente frontal, flanqueada por dos soberbias torres que le dan aspecto de fortaleza; fue un convento jerónimo, ahora en manos de franciscanos, que se levantó en el s. XIII a resultas del descubrimiento de la imagen en el río Guadalupe (Wad-al Luben, o "río escondido"). Tras el de Santiago, es el más visitado de España. Las tierras hispanas, sobre todo México, la hicieron también suya. Como comprobaremos conforme avance la visita, el edificio combina infinidad de estilos arquitectónicos, dado el tiempo que llevó levantarlo: el mudéjar, como veremos al entrar en el centro del claustro, el gótico de rosetones inmensos, seguido del arte renacentista y el barroco que ornan el interior. 
A la entrada hay carteles que advierten de la prohibición de sacar fotos. El can Cerbero que nos acompaña en el recorrido ya se encarga de evitar las tomas de estrangis, incluso con malos modos. No se entiende cuando ahora, gracias a gogle, uno puede acceder a todas las imágenes que se deseen. La nave central, de un gótico elevado, llama la atención por la riqueza de su retablo dorado, ya del s. XVII, y por la luz que se filtra desde el cimborrio octogonal. Dado el ritmo estajanovista de la visita, casi no hay tiempo de disfrutar con detalle de todo ello, aunque mirando hacia atrás, el coro deja ver las nervaduras góticas.


























A mí, que no me llaman la atención los "tesoros" eclesiales, me atrapan los tejidos de casullas y capas mitrales bordados con primor extremo, cercano a la pintura renacentista que se exponen en una de las salas en el interior de vitrinas protectoras, en lo que es el Museo de Bordados y Orfebrería. Consigo atrapar un par de imágenes de tallas de épocas bien diferentes, una tardo gótica; la otra plenamente barroca en su tremendismo. Lo hago con la intención de burlar al terrible vigilante. Como el hecho de dejar aquí una de las que se encuentran en la red. No me detengo como debiera en el museo de lo libros miniados, cantorales enormes con notas musicales que no sabría descifrar y que se colocaban en el facistol central a la vista de todos los monjes que debían cantarlo..























La llegada al claustro suaviza la tensión, porque aquí sí están permitidas las fotografías y hay rincones que merecen ser guardados como recuerdo, ámbitos perfectos para la meditación: una fuente lavatorio en el patio mudéjar de arcos de herradura, un corredor coronado por ojivas de crucería gótica repintadas, una doble puerta plateresca... Aquí se respira de otra manera.
























Y desde allí subimos a lo que se considera la sacristía (s. XVII), una nave que se conserva íntegra a pesar de sus cuatrocientos años de antigüedad y que alberga en sus paredes unos lienzos hermosos de Zurbarán. Somos muchos y la sala está atestada. Vuelve a haber un choque con el vigilante, que llama la atención con malos modos a una de las viajeras que se ha atrevido a enfocar el conjunto con su móvil. Le obliga a borrar las fotos. ¿No sabe que luego se pueden recuperar? Aquí dejo una nueva panorámica pirateada para no olvidar el momento. No me quedo con las ganas de tomar yo también la capilla del fondo dedicada a S. Jerónimo. El fanal de latón dorado que cuelga en primer término fue arrebatado a los turcos en Lepanto.


Finalmente visitamos la capilla en la que se puede ver de cerca la imagen de una "moreneta", esta vez extremeña. El color de la talla no era inusual en el medievo, más por estar hecha de madera de cedro. Sucede que todo el ropaje con el que han revestido a la imagen, hacen que pierda el encanto y la ingenuidad de la obra original, sedente. Allí un franciscano nos cuenta la historia de su hallazgo y cómo las paredes están dedicadas a plasmar a las mujeres "fuertes" de las Escrituras. Permite luego que los creyentes se acerquen a besar algo relacionado con la imagen. A la salida, y frente a una fuente románica en el centro de la plaza, toca hacer la "fotito posteridad". 


Llegamos derrotados a nuestro destino, pero Marisa guarda una penúltima sorpresa, una cena "de gala", a la que todo el mundo baja con "el culo del cofre", eso que no nos habíamos puesto todavía, reservado para una ocasión especial. Somos los únicos que ocupamos el comedor del hotel y, aunque nos lo pasamos muy bien, el servicio esta vez deja algo que desear, dado lo numerosos que somos y el escaso personal. Pecata minuta para un viaje que está resultando cuasi perfecto, sin incidentes dignos de mención. Dejo aquí una foto de la Vice, como homenaje y agradecimiento a tanta dedicación como ha puesto en la organización del viaje.

Y, cuando ya creíamos que el último día tendríamos bastante con llegar a nuestras casas sanos y salvos, aún quedaban dos sorpresas: una propiciada por Francisco, nuestro chófer, quien al llegar a Toledo se permitió un recorrido panorámico de la ciudad circundada por el Tajo. Es el momento de la foto de grupo y del despliegue de nuestra pancarta conmemorativa en el Puente de S. Martín. 












Y todavía algo más con lo que no contábamos: que la ciudad estuviera engalanada, preparada con pólvora y dispuesta a celebrar Les Fogueres alicantinas, con un grupo de belleses venidas para el evento y que se alojan en el hotel donde nos sirven el mejor bufé de todo el viaje. Ahora sí las juntadas en las distintas mesas van teniendo un aire de despedida. Pero esto no hay quién lo pare, como ha plasmado Manolo gracias a la IA en su recorrido diario del viaje, mucho más divertido y ocurrente que estas líneas. En la parada obligatoria de Almansa, la Junta ha preparado un picoteo final con embutidos y vinito. Todos lo celebran con risas y abrazos propiciados por el alcohol y el final del viaje.


La llegada a Alicante se realiza sin problemas y cada mochuelo se retira a su olivo. Creo que serán necesarios algunos días para reponernos. Gracias a todo el mundo por haber propiciado que todo saliera bien. Y hasta la próxima.

José Manuel Mora.

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