Aguas
Cree uno que, por ser de Alicante (aunque nacido en Yecla, a los veinte días ya andaba por aquí), se lo conoce todo... Y, no. Programamos en la UPUA la que posiblemente será la última visita de este "curso escolar". Cuando llamé a los Pous de Garrigós, aceptaron el grupo y nos dijeron de quedar en la Plaza del Ayuntamiento. Nos proponían una pequeña visita guiada previa. Javier llegó con su camiseta que lo identificaba como miembro del Museo de Aguas de Alicante. Y lo primero que nos dice es que la empresa es un ejemplo de eficiencia público-privada, ya que está participada al 50% por Hidraqua y el Ayuntamiento de Alicante. Da servicio no sólo a nuestra ciudad, sino a S. Vicent del Raspeig, Monforte, Petrer, S. Joan y El Campello. Es la primera empresa de economía mixta que gestiona el ciclo del agua integral en todo el mundo, según el Banco Mundial.
Y comenzamos el recorrido adentrándonos en la Casa Consistorial. Muchos tal vez no saben el porqué de la extraña estatua "de oro" situada a los pies de la escalera. Se trata de una obra de S. Dalí, cedida desde Barcelona, por representar a S. Juan, con una concha bautismal en una mano; no es el patrón de la ciudad, pero sí el de Les Fogueres. Al alzar la vista, se vislumbra el tríptico de Gastón Castelló, de 1947, en el que se aprecia cómo se iba levantando el edificio. Sin embargo es otra cosa en la que Javier quiere que nos fijemos, y es el punto desde el que se mide la altura de cada zona de la Península con relación al nivel del mar. Se eligió para ello a nuestro Ayuntamiento por ser el más próximo al agua.
Y nos dirigimos hacia la parte alta del barrio. Señala las cañerías por las que baja el agua de lluvia, que vienen decoradas con caras esculpidas en bronce con rostro de personas. Yo no me había fijado nunca y me ha resultado curioso. Y así llegamos a la Plaza de S. Agustín, llamada así por la existencia de un antiguo convento de agustinos en el lugar, en la que hay otra fuente con unos mosaicos que representan al santo. Allí hacemos un alto, y nos cuenta que el vasco Trinitario Quijano, gobernador civil de la ciudad en la primera mitad del XIX se preocupó de depurar las aguas para evitar el cólera, que acabó afectándolo y muriendo él mismo por la infección. Ahora yace en el panteón junto a la Plaza de Toros.
En nuestra marcha ascendente llegamos a otra que fue fuente y que ya dejó de serlo, la de S. Antonio, según se aprecia en el mosaico. El cuenco de la misma tiene aspecto de pila bautismal y el lugar por donde saldría el agua es ahora un mero adorno de alfar. Algo más allá, en medio de una plazoleta con un sol que empieza a ser inmisericorde, encontramos otra fuente con aire de pozo seco. El jardín vertical que hay a su lado no dulcifica demasiado el espacio. Pero estamos llegando a nuestro objetivo.
A la vuelta de la esquina y en el arranque que llevaría al parque de la Ereta, se encuentra el Museo de Aguas de Alicante. Su fachada contrasta enormemente con las edificaciones que lo rodean, las típicas del barrio de S. Antón. Nos protegemos a la sombra de su entrada, mientras escuchamos las explicaciones. Como que se abrió al público en 2009 con objeto de fomentar el conocimiento, el respeto y la importancia del agua entre la población, dada además la escasa pluviometría de la que gozamos aquí. Desde entonces lo han visitado más de 300.000 personas.
Se excavaron en la roca viva entre 1862 y 1863. El maestro de obras fue el tal Antonio Garrigós. Su apellido lo heredaron las cisternas. En la parte superior se abren bocas como respiraderos y para tomar agua supuestamente por medios mecánicos. Estaban intercomunicados para que el agua pasara de un depósito a otro. Con la traída de Sax se dejaron de usar, aunque durante la Guerra Civil sirvieron como refugios antiaéreos. La primera sala sirve como de recepción y hay una muestra de acequia que serviría para trasportar el agua de un lugar a otro.
En la segunda sala hay una exposición de ninots, creados por el alumnado de F.P. del instituto de Las Lomas, donde estudian para ser artistas fogueriles. Se puede votar para salvar el que más puntos alcance. Allí Javier, como un nuevo flautista de Hamelín, saca de la mochila su flauta dulce e interpreta una melodía que con la reverberación se escucha muy bien.
El último de los "pozos" es el más impresionante, por su altura y por la escalera que se encarama por una de sus paredes laterales y que permitía la limpieza del mismo y su desinfección, a base de encalarlas. Al fondo se proyectan imágenes en la oscuridad.















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