Nieve en otoño, de Irène Némirovsky

Fidelidad

Cuando los libros salen a la calle, siempre concitan curiosidad y la gente acaba picando. Al menos eso me pasó a mí en la última de las ferias que se celebró en la Plaza de Séneca. Iba buscando un título que no encontré y en contrapartida me traje tres de los que nada sabía. Es cierto que había razones para elegir este que voy a comentar. Némirovsky, Irène. Nieve en otoño. Granada: Ed. Aliar, 2015. Trad. Aliar Ediciones. 61 págs. Su levedad fue una de las razones que hizo que me lo trajera a casa

La segunda tiene que ver con su autora: Némirovsky (Kiev, Ucrania, 1903 - Auschwitz, 1942) no me era una escritora desconocida. En mis tiempos de estudiante salmantino cayó en mis manos El baile (1929). Entonces no tenía un blog y no guardé reseña alguna, pero sí recuerdo la impresión que me causó ver aquél mundo decadente a través de los ojos de una niña a la que se le impedía bajar a la fiesta que sus padres daban en casa. Fue educada en París por una institutriz francesa, adonde tuvo su familia que exiliarse tras la Revolución de Octubre. Allí acabó sus estudios hasta graduarse en la Sorbona. Se casó con un tal Epstein, apellido claramente judío. Y tuvo éxito con sus primeras publicaciones, la ya citada o David Golder (1929). A pesar de su prestigio se le denegó la nacionalidad francesa y las leyes antisemitas de Vichy le impidieron seguir publicando a partir de 1940. Se refugió en un pueblecito, a pesar de lo cual fue arrestada y enviada al campo de concentración, donde fue asesinada. Sus hijas custodiaron sus manuscritos, lo que permitió que en 2004 viera la luz Suite francesa, que fue galardonada con el premio Renaudot. El New York Times la había proclamado digna sucesora de Dostoievski.

Ambientada en el periodo revolucionario ruso y ya con la guerra contra Alemania en marcha, la familia Karine, aristócratas de rancio abolengo, vive en Sujarevo, próxima a Moscú, como si de todo ello se pudiera salir indemne. Son "blancos", y los "rojos" constituyen un peligro para ellos. "Tenían la belleza, los ojos centelleantes, el aire cruel y dichoso de los Karine de antaño" (pág. 11).  La única que parece consciente de lo que sucede y de los peligros que corren es la anciana nodriza, Tatiana Ivanovna. De Los dos hijos mayores, Cyrille y Youri, ella siente una especial predilección por el segundo. El segundo sigue viviendo y pensando como antaño: "¡Campesinos malditos! ¡Poco os azotaban en nuestra época" (pág. 34). Acaban teniendo que emigrar, primero a Odessa, luego a Marsella y finalmente a París, donde viven en un piso de mala muerte. "Era otro mundo" (pág. 46). El vals ha sido sustituido por el jazz. Allí andan ellos, "devorados por una sed de libertad y de aire" (pág. 36). Será la vieja quien los ayude a sobrevivir al llevarles escondidos en sus ropas las joyas de la familia.


Tatiana echa de menos lla nieve, a la que ella estaba tan habituada. Cubierta con su toquilla, es la muestra de la fidelidad más absoluta a sus señores. Y al pensar un Youri "ya no sentía más que una especie de tristeza helada" (pág. 46). A la evocación se suma la sensación de desarraigo, tan fuerte que llega a pensar en volverse a Rusia si pudiera, a pesar de tener claro que no se puede regresar a un mundo que ha desaparecido. Mientras "el viento agrio soplaba bajo las planchas de hierro de las chimeneas apagadas" (pág. 53). La humanidad de la mujer es conmovedora. Y de nuevo Némirovsky me ha atrapado con su estilo sutil, sobrio, poético, capaz de crear un ambiente con dos pinceladas: "El apartamento era pequeño, oscuro, sofocante [...] Iban y venían, de una pared a otra, silenciosamente, como las moscas de otoño, cuando el calor, la luz y el verano han pasado, volando penosamente, cansadas e irritadas, hacia los cristales, arrastrando sus alas muertas" (pág. 38).  La creación de Tatiana, personaje claramente protagonista, es modelo de un nuevo tipo de heroína, humilde, abnegada, entregada en su amor y en su fidelidad, de enorme talla dentro de su sencillez. Al final el lector es consciente de que desde el mismo título, hay un tono metafórico que lo impregna todo. Ha sido gozoso reencontrarme con esta escritora. Sigo recomendando El baile. De nada.

José Manuel Mora. 



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