Balcanes I

En Croacia, Dubrovnik. En Montenegro, Perat y Kotor.

Excusatio  non petita, acusatio manifesta, dice el refrán latino. Viene a cuento esta introducción para aclarar que cada uno podría hacer su propio relato. No pretenden estás entradas ser la voz del grupo. Quienes conocen el blog y al escribiente saben que se trata de una memorabilia, de un intento de no olvidar lo vivido desde mi perspectiva y de que tal vez pueda servir de sugerencia a otros posibles viajeros que desconozcan los Balcanes. Además no podrá ser exhaustivo, dada la cantidad de ciudades, espacios y monumentos visitados. Tampoco se incluirán cantidad de datos que ya venían en el recopilatorio que Úrsula y Marisa nos prepararon con tanto esfuerzo.


El vuelo a Madrid se hace corto y cómodo. Queda luego un rato de espera largo acompañado de café bajo la monumentalidad dorada y curva del A. Suárez. Primer descubrimiento: Tere y Encarna, con las que podemos hablar de las preocupaciones comunes de la comunidad educativa a la que hemos pertenecido. Reencontrar al meu amic Vicent, después de tantos años, supone una alegría compartida. El vuelo a la capital croata son tres horas que se pasan "volando". Desde la ventanilla aparecen sus costas como mordidas por un mar calmo, a las que da la impresión de que les hubieran desgarrado los islotes que la enfrentan. El sol encara su suicidio en medio del mar y la tierra aparece cubierta de un verde espeso, entre el que destacan los tejados rojos de aldeas sin nombre. 


























En el aeropuerto surge el primer contratiempo, la pérdida de una maleta, lo que supone trámites para intentar recuperarla. Ya fuera, estoy a punto de perder la mía por una foto.  Reaparece mi maleta de la mano de uno de nuestros ángeles custodios, Úrsula, que nos va a acompañar durante el viaje. 


En el hotel Valamar resulta fácil perderse; cenamos en abundancia. Por haber estado hace años en la ciudad, recordaba un paseo nocturno que quise sugerir al grupo. El cansancio pudo más y sólo se sumaron a la aventura Ángel, Eduardo y Vicent. Al ser sábado, Placa, la conocida allí como Stradum, lucía brillante con su suelo de mármol bruñido y las terrazas rebosaban de gente que bebía, cenaba o tomaba un helado, con despedidas de soltero incluidas. Todo se generaliza en todas partes. Los edificios que yo recordaba ennegrecidos por los incendios o con boquetes de obuses han sido pulcramente restaurados. Parece que la guerra quedó definitivamente atrás. La belleza de la juventud lo inunda todo. En los callejones perpendiculares hay luces  que señalan terrazas recoletas, más tranquilas. El aire de decorado sigue siendo total después de veinte años de mi primera visita. Lo refuerzan las fachadas de las iglesias, la torre del reloj que se alza al fondo de la calle como un faro de un solo ojo inmóvil. 



A sus pies Placa se bifurca antes de llegar al puerto. Tomamos a la izquierda a través de una arco. La calle se va empinando suavemente. Vamos ya rodeados por la muralla de la fortaleza que protege y defiende la ciudad. Desde una especie de balconada cercana a una discoteca se divisa  el puerto oscuro y quieto. Iniciamos el regreso entre fotos y risas, hasta llegar al muelle, donde flotan las luces de barquitos y casas que escalan la montaña frontera. Bajo las arcadas que miran al mar, un restaurante coqueto, ya vacío, y la  luna en lo alto de la oscuridad. Placa sigue rutilante mientras volvemos hacia la salida. 

 
















Tras nuestro aperitivo nocturno de anoche, hoy toca la visita a
Ragusa, nombre antiguo del lugar, acompañados por la guía local. Vamos todos con pinganillos que posibilitan que las explicaciones afecten sólo al grupo.
Somo muchos quienes en este momento inician el recorrido y sería imposible entenderse entre voces y explicaciones distintas. El ambiente es completamente distinto al de anoche, aunque el lugar sea el mismo. La magia parece haber desaparecido, aunque quienes lo ven por primera vez no salen de su asombro. Y desde la fuente octogonal y pétrea vamos bajando hacia S. Francisco, la torre del reloj, la Dogana gótica, atronados por las campanas sabatinas. 













El aire veneciano sigue siendo evidente. La ciudad está definitivamente cedida al turismo de masas. Sus habitantes viven fuera del casco antiguo y alquilan habitaciones de 40 m. cuadrados para obtener réditos del millón y medio de personas que pasan por aquí cada año. En la catedral hay servicio religioso. Los croatas son orgullosamente católicos. Una seña más de identidad, que les sirve para diferenciarse de ortodoxos y musulmanes.  De hecho la propia guía se define como una croata "de raza", concepto que me resulta extravagante. El terremoto del XVII y la guerra de los '90 hicieron desaparecer las iglesias medievales de la época de esplendor de Ragusa, cuando el comercio y su "independencia" la convirtieron en la Perla del Adriático. Siguiendo el recorrido que hicimos anoche, nos encontramos con una señora ataviada con el traje tradicional, que confecciona objetos y telas de forma artesanal para los turistas. Parece que está ahí desde tiempos inmemoriales. 


Bajamos luego hasta el puerto, lleno de guiris como nosotros, que esperan subir a barcos de paseo. El lugar ha perdido el encanto oscuro que tenía anoche. La muralla que entonces recorrí libremente, parece que exige pago de 40 € para poder visitarla. Un disparate y una pena. Aunque no hubiéramos tenido tiempo. Al fondo queda el hospital en el que pasaban la cuarentena los que llegaban, para asegurarse de que no portaban infecciones peligrosas.

La guía se despide entonces ante el palacio renacentista del Rector (s. XV), al que de día le podemos apreciar los detalles de capiteles, sus ventanas de ojivas góticas, el patio interior con arcadas que acoge de noche conciertos íntimos, como el que presenciamos por azar en 2003. Cuestión de suerte. 



Nos dan tiempo libre y el grupo se dispersa. Cada uno se deja llevar por su intuición o por un ángulo fotogénico que provoca la dirección de los pasos. Nosotros enfilamos hacia una empinada escalera que lleva al convento de los jesuitas, desde donde pensamos que tendremos una buena panorámica. La sombra y los escalones permiten tomar aliento y sirven de decorado para fotos de algunas "artistas" del grupo. Y bajamos buscando la sombra de las callejas, huyendo de un sol vertical que empieza a calentar, aunque no de forma excesiva. Los camareros comienzan a preparar las mesas para servir comidas. 


Bajamos hasta Placa, por callejones desiertos, con pasajes bajo arcadas íntimas, buscando una heladería donde poder pillar un buon gelato italiano. Encontramos uno de fresa y chocolate con naranja. Una delicia. Y nos encaminamos hacia el punto de reunión, del que partirá el autobús. Nos asomamos a una balconada pétrea desde la que se divisa un agua turquesa, transparente, que llama a un baño imposible por la hora. En ella se reflejan los torreones del lado de poniente de la fortaleza. 

























La carretera que nos lleva hacia el sur culebrea por la montaña y quienes vamos a ese lado del autobús tenemos la suerte de lograr una panorámica de despedida, que contrasta con el verde apretado y festoneado de cipreses que protegen pequeños caseríos y que queda al otro lado de las ventanillas. Desde allá arriba vemos la llegada de un crucero como otra forma de que la amenaza continúa. Es evidente que la ciudad merece más tiempo y que nuestro programa es muy apretado, cosa que ya sabíamos desde el principio. No valen las quejas.




La salida de Croacia es lenta debida al control de pasaportes. La policía nos permite bajar de uno en uno para ir al único aseo existente en semejante sitio. Un auténtico desafuero para las gente joven de nuestra edad. Nos informan de que el paso del otro control fronterizo hacia Montenegro suele ser más leve. Las lomas van ganado en altura y la bahía que se nos muestra va teniendo aspecto de lo que es, el fiordo más meridional de Europa. Conforme llegamos a Perat, más tarde de lo previsto, la isla artificial que parece un recortable que flota tranquilo para mayor impresión de postal, es la que tiene en su centro una capilla dedicad a la Virgen de las Rocas, que visitaremos después de comer. El paseo que conduce al restaurante está festoneado de palacetes  barrocos, muy venecianos. El contraste se produce al cruzarnos con muchachas ataviadas con el preceptivo velo de su religión, pertenecientes a una comunidad musulmana numerosa aquí. 



Desde el restaurante, en primera línea, vemos los primeros bañistas. Nos sirven un platillo de arroz que pretende ser un risotto, que para paladares alicantinos como los nuestros resulta incomible, según la opinión de todos los de mi mesa. Para compensar, sirven una ensaladita de nada. Luego un pescado con espinacas que no está mal y un postrecillo. Aunque la comida no haya estado muy allá, el airecito marino, a la sombra, nos ha repuesto. Nos espera una embarcación para cruzar a la islita. Es un trayecto corto. El pequeño espacio que alberga la iglesuca de una sola nave está atestado de gente. De hecho se hace cola para entrar y se obliga a las mujeres a cubrirse. El techo está profusamente decorado y sobre la entrada luce un órgano dorado. En el altar, la figura de la Virgen de las Rocas, en mármol blanco (s. XV), ante la que la gente se santigua al modo ortodoxo, ponen velas y algún óbolo en la urna estratégicamente colocada. No voy a subir a ver el pequeño museo del piso superior. 




Al salir, recorro la islita hasta un pequeño faro al poniente y de repente, al girar hacia la parte que sirve de muelle, una imagen rompe con el ambiente general por el golpe de color ante la piedra gris del muro. No me resisto al "robo" de la foto, aprovechando que ella está absorta en su móvil, como hacemos todos apenas nos descuidamos.


Desde la barca que nos devuelve a tierra, la perspectiva de Perat es más clara, más marinera. El campanile se alza orgulloso en medio del caserío. También vemos más de cerca la islita gemela de la que concentra la devoción, que es también muy pintoresca. 















Seguimos luego hacia Kotor. Es también una ciudad amurallada. Un crucero inmenso atracado junto al muelle parece querer competir con la potencia de las defensa pétreas, que tienen además un cauce de agua a modo de foso. El guía es un cuarentón divertido, ameno, que dice haber aprendido el español a base de ver pelis y series sin doblar. Conoce anécdotas sabrosas de su ciudad y es hijo de serbia y de montenegrino, una muestra del melting pot existente en todo el territorio. Nos cuenta que la alianza de la población con la república veneciana le permitió enriquecerse y no participar en contiendas desastrosas, hasta que fue tomada por Napoleón. La ciudad está poco poblada debido a la gentrificación que ha disparado los precios de las casas. El casco antiguo, que conforma un triángulo, está lleno de guiris como nosotros, plantados en la plaza del reloj. Los palacetes venecianos, las balconadas, símbolo de poderío económico, las plazuelas y callejones nos llevan hacia la catedral, que ya ha cerrado.



































Nos dirige hacia Sta. Clara, iglesia franciscana, con un pequeño rosetón en la fachada, y luego a S. Nicolás, ortodoxa, donde están con un servicio religioso que no había visto nunca. Los popes ante el iconostasio, salen revestidos y cargados de incensario. No hay bancos para los fieles. El suelo está cubierto de ramas de alguna planta que desconozco y que debe de tener algún significado preciso. Por respeto salimos enseguida del lugar.



El temblor del suelo, de 7'2 en la escala de Richter, derribó todas las construcciones medievales y se levantaron luego otras de estilo barroco. Paseamos ya por libre y descubrimos rincones curiosos y una especie de alianza de la ciudad con los gatos callejeros, que tienen sus espacios  e incluso su pequeño "monumento". También es curiosa la forma en que decoran puertas y ventanas, lo que da un aire colorista a algunas calles.


























Volvemos por la parte alta de la muralla, un lugar tranquilo, desde el que se tienen otras perspectivas. Los cruceristas no han llegado hasta aquí y todo se disfruta de otra manera. Dejo también la "escultura" que muestra la adoración que parecen sentir por aquí por los gatos.






















A 20 kms. se encuentra Budva, que es hacia donde nos dirigimos para pasar la noche en el Hotel Plaza, tras este día tan intenso. Aún podemos captar la última luz hacia poniente. 


Salimos a tomar una pizza muy rica y al terminar nos encontramos con la gente en la terraza, pero nosotros nos retiramos. Voy a tener verdaderas dificultades para ponerme a escribir, pero no quiero ir retrasando el cuento.

José Manuel Mora.


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Precioso el inicio del blog, continúa por favor