Montenegro: Budva. Albania: Kruja
Después de dormir en la habitación más grande de nuestra larga vida viajera, nos encontramos con un desayuno que podría ser bastante mejorable. La guía local nos conduce por el paseo marítimo, junto a unas aguas claras y poco profundas. Flotan en ellas unos barquitos pequeños, nada de yates ni similares. Al fondo se recortan los Alpes Dináricos, de los que iremos teniendo noticia. El casco antiguo está situado en una pequeña isla que acabó convertida en península, amurallada de forma imponente (s. XV). El primer documento que cita la localidad es griego, del s. V a. C. Las oleadas migratorias se han sucedido a lo largo de su historia. La influencia veneciana es una vez más evidente, hasta el punto de que en uno de los torreones luce en lo alto el león de S. Marcos.
Por culpa de colas interminables en los aseos, se produce el primero de los retrasos que hace que el grupo tenga que esperar a los rezagados. Se nos reconviene con firmeza y razón para que evitemos que vuelva a suceder por respeto a quienes fueron puntuales. La guía nos advierte de que, al poco de salir de la ciudad, haremos una parada para tomar fotos de la isla de Sveti Stefan, que han conectado con el continente por una estrecha pasarela de tierra pavimentada, que lleva hasta la fortificación que se supone protegía a sus habitantes. Ahora está ocupada por hoteles. A ambos lados descansan playitas de arena rosada que tampoco pisaremos.
Y seguimos en paralelo a la costa, entre montañas tapizadas de verde espeso a un lado y alguna playa desierta al otro. El camino hasta Albania se nos hace largo por las interminables colas fronterizas que conseguimos pasar con relativa facilidad gracias a la disposición de Ina, Úrsula y Edi, que también hace lo suyo y no sólo con el volante, sino con su trato personal. Hacia las dos del mediodía divisamos lo que parece el lago Skadarko Jezero. Algunos no creen que sea un lago, ya que se observan en él corrientes que mueven el agua como si fueran brazos de un río subacuático. Hay que subir unas escaleras muy "pinas", que decía una vecina de mi madre, muy "fisna", para llegar al restaurante de un lujerío propio de bodas, señalado por dos caballos "de oro" tirando de una biga, más sencilla que las peliculera cuádrigas de Ben Hur, con los animales levantando las patas delanteras, y con un interior lleno de oropel, absolutamente kitch, y con unas vistas magníficas.
Hay una única mesa alargada, como de banquete, en la que han servido ensaladas de muchos tipos, muy ricas. La sorpresa viene con unas enormes lubinas asadas, crujientes, nada secas, deliciosas. Se va animando el comedor. Tras los postres, aprovechamos un corazón de flores blancas que puede servir de "marco incomparable", donde los que tienen ganas de juerga se hacen fotos. Me animo a cantar y a Ina le hace tanta gracia que me pide que repita. Para su asombro me marco una jota segoviana.
Y seguimos viaje escuchando las explicaciones de la guía albanesa que nos acompaña. Lo importante, según ella, fue la ocupación otomana, cuya huella permanece a través de la presencia de numerosos minaretes, que señalan hacia el cielo en medio de los pueblitos. El bus va ascendiendo con dificultad hacia una pared de unos 600 m. de altura, donde se encuentra nuestro siguiente destino: Kruja. Vamos a visitar el Museo Etnográfico Nacional, el más importante de su género en el país. Antes caminamos por las callejas de un pequeño bazar en las que las piedras hacen sufrir a más de uno porque son algo resbaladizas. En él se venden alfombras, piezas de madera tallada, tejidos, y toda clase de fruslerías. Se restauró en 2025, razón por la cual se muestra de lo más atractivo para turistas compradores compulsivos.
El museo resulta muy curioso y sirve para hacerse idea de cómo vivía una familia adinerada del s. XVIII, puesto que en su interior se han situado los distintos ambientes: el vino, la molienda, la carpintería, la cocina... En la planta superior se encuentran las habitaciones, con chimeneas decoradas y bellas alfombras, que crean un ambiente confortable. Y ya a la salida, gracias a la IA, uno puede mirarse en un espejo y elegir la ropa de época que le apetezca, lo que nos parece divertido ante los inesperados resultados.
Y con el sol de bajada nos encaminamos hacia la capital, en la que entramos ya anochecido y a la que el capitalismo posterior al dictador ha transformado en una urbe donde se construye sin pausa. Fiorina se muestra crítica con un gobierno que no tiene las cuentas demasiado claras, aunque le reconoce la validez de algunos cambios. Señala que hay más coches que habitantes, lo que es evidente a la vista del caos de tráfico que presenciamos en dirección al Rogner Hotel, donde nos alojaremos, con jardines y piscina y muy confortable interior.





















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