Albania, capital, Tirana
El desayuno es casi fastuoso. A las ocho estamos en marcha para una visita guiada a pie, que procuramos hacer aprovechando la sombra de la arboleda del bulevar por el que transitamos. Llama poderosamente la atención la convivencia de mamotretos del periodo del dictador, de carácter racionalista, aquellos que fueron o siguen siendo sedes de organismos oficiales, con otros de factura "moderna", de formas y colores novedosos que no sé si acaban de gustarme. El tráfico sigue igual de infernal que anoche. A modo de ilustración dejo aquí unas cuantas tomas de lo que me parece más llamativo.




Aunque la guía nos señala la localización de la plaza del héroe Skanderberg, como luego tendremos un rato de tiempo libre, la dejamos a un lado para ir directos a visitar el primero de los 1.700 búnkeres que Enver Hoxa, el dictador que recluyó al país hasta casi hacerlo desaparecer del conjunto de Europa, mandó construir para protegerse de su paranoia. Pensaba que podía ser atacado en cualquier momento y lugar, y necesitaba "protección": es un búnker antiaéreo. Descendiendo por una angosta escalera, entramos a uno que se ha convertido en un auténtico museo de los horrores. En cada una de las 24 habitaciones encontramos toda la parafernalia para torturar, para espiar, para matar a los posibles disidentes. No hacía falta que se probara que lo eran. Su dictadura fue terrible y estuvo apoyada por el régimen de Moscú, luego por el de China y quedó encerrada por fin en sí misma, confiscando propiedades para enriquecer al régimen. Todo se aceptó porque bajo su mandato se había conseguido la ansiada independencia. Salgo de allí con el vello de punta, como tras ver una película de terror.




Y nos llevan a visitar la catedral ortodoxa más grande del país (de fer-la, fer-la grossa, debieron de pensar en los años 90, cuando se levantó). La cúpula alcanza los 32 m. de altura y el torreón-campanario, a su lado, la supera con mucho. Su interior es amplio, con el iconostasio pertinente y un pantocrátor que ocupa la bóveda.

Algo más allá y como en una competición para creyentes, se sitúa una de las mezquitas más grandes que hemos visto. Antes de entrar, nos fijamos en la fuente de las abluciones. Cuando penetramos, las proporciones azules logran apabullarnos. Casi podría sentirse uno en cualquiera de las de Estambul, sin llegar a Hagia Sofia, claro. En un rincón, aislado y metido en sí mismo, un orante debe de experimentar la pequeñez de su pobre humanidad ante tanta grandeza.
Y acabamos en la plaza del héroe, montado en su caballo en plena cabriola. Es un espacio extenso, rodeado de arbolado, por el que la gente deambula de un lado a otro, en esta ciudad viva y caótica. Al fondo, una especie de edificio oficial, con un gran mosaico en el frontispicio que me trae a la cabeza Il Quarto Stato, símbolo icónico de aquella peli que tanto me conmovió, Novecento.

Hay una pequeña mezquita muy cerca, con cola de gente y óbolo necesario para entrar, así que desistimos: sin embargo luego resulta que el grupo tenía una visita concertada, con lo que entramos sin impedimento. Se trata de la Mezquita de Et'hem Bey (1789-1823), de planta cuadrada, con unos frescos en el pórtico y en su interior, con elementos de la naturaleza, cosa poco frecuente en el arte islámico. Se cerró al culto durante la dictadura, pero durante las revueltas de 1991, unas 10.000 personas penetraron en su interior sin permiso y fue uno de los factores que influyó en la caída del régimen, lo que la convirtió en un auténtico símbolo.



En el bus me dedico a dormitar, hasta llegar a Berat, considerada la ciudad más antigua del país; un numeroso grupo de casitas trepan la ladera, o descienden hacia el valle, según se mire. Comemos en una especie de taberna con un servicio rápido y amable, un menú tradicional que no me puedo acabar. Termino necesitando mi becaeta. No tengo vergüenza. Me despierto recuperado y nos ponemos a bailar sobre la plancha de cristal del suelo, que deja ver herramientas y objetos cotidianos de épocas pasadas. El bus nos sube a visitar su castillo-fortaleza, una ciudadela del s. IV a. C. La rampa que lleva hasta arriba es empinada y resbaladiza. Está situada en lo alto de la colina que mira al sur, desde la que se divisa todo el valle y la otra media ciudad frontera.
Dentro de la muralla encontramos la catedral de la Dormición de Sta. María, originaria del s. XIII, pero reformada en el XVIII. Es de estilo bizantino y llama poderosamente la atención el iconostasio de madera y un suelo conformado con mosaico marmóreo.
En la propia catedral se halla el Museo Nacional de Onofriu, autor de iconos durante el s. XVI, considerado como el mejor en su género. Aunque la guía intenta ir comentando los más importantes, somos más de visitar los museos deteniéndonos allá donde nuestra atención se fija. Y eso es lo que hace la mayoría del grupo.
Desde lo más alto de la colina tenemos una hermosa panorámica de la que denominan "ciudad de las mil ventanas", con sus barrios separados, uno otomano y otro ortodoxo, a un lado y al otro del río, que fluye mansamente entre arenas doradas. Las iglesias y las mezquitas indican de que lado está cada comunidad.
Y por fin al Hotel Capitol, en la parte nueva de la ciudad, no muy lejos del paseo que lleva hasta la orilla del río. La fachada es un poco apabullante, con su columnata de estilo corintio, de aires claramente pretenciosos. Tampoco el interior se queda atrás. Sin embargo la plaza a la que hace frente es espaciosa y luce minarete y campanario a cada lado, una buena síntesis.

Ducha, afeitado y salida a un atardecer templado, a lo largo del paseo peatonal, lleno de terrazas y paseantes. Es una gozada caminar sin cláxones ni patinetes, como antiguamente hacíamos. Al llegar al río, los "chicos" sólo, decidimos cruzarlo y continuar por el otro lado de la ribera, desde el que se tiene una vista panorámica. Algunas de nuestras compañeras viajeras, más diligentes, vuelven cuando nosotros vamos.

La charla amigable y distendida, las fotos, las panorámicas de esta ciudad provinciana y viva, nos llevan hasta lo que no sabemos si es el final del paseo. Algunos quieren adentrarse entre el dédalo de callejones estrechos y empinados para captar el ambiente más recóndito de esta parte de la ciudad. Cenamos en un lugar tranquilo verduritas asadas unos, y otros, hamburguesas. Y el regreso se hace casi obligatorio.
Al final mi teléfono me dice que hemos caminado 14 kms a lo largo de todo el día. Es la dura vida del turista, ya se sabe.
José Manuel Mora.
P.S. El siguiente capítulo tendrá que esperar. En Fogueres no hay quien tenga tranquilidad para escribir. Sorry.
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