Corfú
Estar en esta isla supone cumplir un sueño entre mitológico y literario. De un lado, Homero y Ulises. De otro, los Durrell, británicos que encontraron aquí la paz que necesitaban. A nosotros se nos sigue proponiendo el habitual madrugón. La nueva guía es griega y habla un fluido castellano. Propone dejar de lado la fortaleza y dirigirnos hacia el palacio neoclásico de finales del XIX, donde se alojaba el gobernador británico. Antes, desde la balconada, tenemos una buena panorámica de lo que puede ofrecer el lugar.


Desde allí nos dirige hacia el Liston, lo que llama la rue de Rivoli, por su semejanza con la calle parisina y sus arcadas. Todo en zona peatonal. Nos adentramos luego por las estrechas callejas de aire veneciano. Fueron siglos de presencia en la ciudad, siempre con el propósito de controlar el paso entre el imperio otomano y la cristiandad, que ellos veían amenazada. Las fachadas de las casas se tiñen de rosa pastel, de verde agua, de naranja intenso, con brotes de buganvilia conformando perfectos decorados, como el de la plazuela con su pozo.

Pasamos junto a una iglesia ortodoxa, donde nos vuelven a explicar la función del iconostasio y el ritual que siguen. Nos explican el porqué la religión está aquí tan unida al Estado, ambos con el idioma griego como seña fundamental de identidad, a pesar de tantas invasiones. Consiguieron la adhesión a Grecia en 1964. Sin embargo desde entonces la isla ha sufrido cambios profundos: de ser territorio agrícola, pasó poco a poco a ser foco de atracción turística para los británicos. No sólo los Durrell citados, también Byron y O. Wilde, la hicieron su Lord residencia. En el puerto descansan tres cruceros inmensos, que llenarán la ciudad del turismo masivo del que también nosotros formamos parte. Sólo cuando embarquemos rumbo al continente seremos conscientes de lo impresionante de la fortaleza de los venecianos.

De nuevo en el bus nos proponen una visita muy cinematográfica: el Palacio Achilleion (1891), refugio al que acudió la emperatriz Sisí para curarse de las melancolías provocadas por las infidelidades del emperador. Está siendo restaurado y sólo se pueden visitar los jardines. A tenor de lo que se vislumbra tras los cristales empañados, uno puede imaginar cómo era y cómo podrá llegar a quedar cuando se termine la restauración. Junto a la puerta, una escultura hierática de la desgraciada emperatriz y una placa en alto relieve, creo que de mármol, de corte mitológico.




El nombre del palacio hace referencia a uno de los personajes preferidos por la dama austriaca: Aquiles. En los jardines se alza la figura del héroe, esculpida en bronce, de 15 m. de altura, en actitud de triunfo total, que fue encargada por el Kaiser. Prefiero sin embargo al ser humano herido en su punto débil, su talón, caído en tierra, derrotado, mostrando toda su fragilidad. Ésta es de mármol. Dejo aquí dos muestras para que cada quien elija con cuál se queda. Hay también un peristilo coloreado como tal vez lo estaban los de la Grecia clásica.



El palacio se construyó sobre un montículo a 145 m. de altura sobre el Adriático. Desde las balconadas la vista se abre a un mar brillante en el que se despeñan roquedales inmensos y oscuros, cubiertos de matorrales y vegetación poderosa. Y uno empieza a entender la fama de la isla. Allá abajo hay alguna playita al estilo de lo que conocemos y algún pequeño chalé se esconde como avergonzado de asomarse a semejante naturaleza. Pero no lo hemos visto todo. Aún hemos de dejar espacio en nuestros corazones para la sorpresa y la admiración de más belleza.
Tras la comida, seguimos en el bus atravesando la isla hacia poniente entre olivares, cítricos y los siempre elegantes cipreses, que sobresalen apuntando al cielo con su dedo vegetal y oscuro. Los pueblitos que todavía dan a la ladera oriental se hallan encaramados en la montaña para mejor defenderse de los piratas. Vamos hacia la comarca de Paleokastrítsa, famosa por su aceite. Las playas y la costa de poniente son de un azul turquesa, que refulge al pie de pendientes imposibles entre cuevas marinas adonde el agua llega dormida. Las buganvilias lo siguen adornando todo.
Allí se encuentra el Monasterio de Panagía Theotókos. Se fundó en el XIII pero el que vamos a visitar es una remodelación del XVII. A él se llega por una empinada cuesta y, una vez arriba, atravesando una arcada de piedra de cantería que le da un toque de época. En el interior hay un barroquísimo iconostasio, ese que sirve para ocultar al pope de sus feligreses detrás de tanta belleza. No me gusta ese secretismo. Me recuerda a la época en la que las misas se decían de espaldas a los feligreses. Hay también un pequeño museo con objetos y pinturas bizantinas.






En una cabezadita estamos de nuevo en la capital. Unos se quedan en el centro, otros seguimos hasta el hotel, donde se suceden los intentos de subsanar los problemas que encontramos. Somos varios los que tenemos la idea de bajar hasta un pub mirador, desde el que se divisa una de las pistas de aterrizaje más pequeñas que recuerdo, tras la de Madeira. Los aviones cruzan a la carrera contra el sol poniente que dora las copas que algunos se toman.
Hay quienes deciden bajar hasta una especie de puente que cruza la bahía. Yo decido regresar, muerto una vez más de cansancio.
José Manuel Mora.
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