Hacia el interior
Hoy creo que se hace el mayor número de kilómetros de nuestro viaje. La travesía en el ferry hacia el continente es placentera, tranquila, luminosa. Vemos cómo se va quedando atrás la fortaleza veneciana de Corfú, que hiende la bahía en dos.
En hora y media entramos en el puerto de Igoumenitsa, que sólo vemos de refilón. Una nueva cadena montañosa se va levantando ante nosotros. La pericia de Edi consigue salvar un tráiler frontal por la estrecha carretera que culebrea entre el macizo verde que lo cubre todo. En el fondo del valle la ruta corre paralela a un río canalizado que vamos bordeando. Sus aguas transparentes manan de una fuente en lo alto, que no vemos, y que tiene 35 m. de profundidad, a la que llaman el Ojo de la Vida. De vez en cuando la montaña se puebla de casitas unifamiliares de una o dos plantas. Todo muy humano. Pasamos la frontera sin retenciones y seguimos intentando saltar obstáculos montañosos, imponentes por su altura y su extensión. Por fin comenzamos el descenso hacia un valle amplio, abierto, que parece acabar en el horizonte y que acaba conduciéndonos a Gjrokastrë. El pueblo trepa la ladera orientado hacia levante. Las casas todas son de techo de pizarra, seña de identidad otomana. Los minaretes se levantan aquí y allá entre arboleda que cubre la falda donde se asienta una impresionante fortaleza.
Se ha hecho la hora de comer y lo hacemos en la plaza, a la sombra, con un aire dulce, sin apenas calor. La cocina es casera y sabrosa, típica de aquí, cocinada por la madre de quien nos sirve, que se maneja en italiano. Nos ofrecen sopa espesa de pollo, pasteles de hojaldre rellenos con espinacas o queso, ratatouille de patatas y verduras. De postre, cerezas. Como el calor aprieta, deciden llevarnos al hotel, el Fantasy, situado en lo alto y con una panorámica espléndida. La visita queda para después de las seis.
Tras un breve descanso nos conducen a través del bazar, cinco calles que se cruzan, llenas de tiendas y de vida y de color. Llega luego lo duro, iniciar el ascenso hacia la ciudadela que parece vigilar y proteger la ciudad. Está al cuidado de la UNESCO. De época medieval, su posición le permitió controlar las comunicaciones en el valle. Los bizantinos fueron quienes acabaron fortificándola en el s. V. Al atravesar el portón se adentra uno por corredores abovedados de gran altura. En su interior se encuentra el museo del armamento, pero como soy poco amigo de cañones y otros instrumentos de muerte, salgo pronto al exterior.
Al salir a la luz, el pueblo descansa a nuestros pies, con un sol que ya va de bajada, casi oculto de la luz de poniente. Hay unas arcadas de piedra a la derecha, que conducen a una inmensa explanada, en cuyo extremo se alza una ermita que tiene aires de románico catalán, lo que me atrae de inmediato. El valle se abre allá abajo, quieto, dormido a esta hora, hacia el norte.

Para finalizar el día nos espera una visita. Hay que bajar a la ciudad para llegar a una casa otomana del s. XVIII. Quien nos enseña la mansión, pues de eso se trata, es la novena generación de quienes vivieron en ella. Se nota que sus propietarios, además de terratenientes, eran ilustrados. La propiedad posee el mayor número de chimeneas del pueblo, lo que es signo de buen vivir, al ser los inviernos duros por estas latitudes. Los suelos de las habitaciones están cubiertos de alfombras, ya que tenían la costumbre de dormir en el suelo. La más grande de ellas posee un plano superior desde el que las muchachas casaderas pudieran observar a sus pretendientes a través de celosías sin ser vistas. Hay excusados, pozos, habitación para animales en la planta baja, lo que les proporcionaba calor. La casa tiene tres alturas y en ella llegaron a vivir una treintena de personas. Se conserva todo tal cual. Cuando el dictador Hoxa la incautó, se convirtió en museo de trajes, lo que la preservó. Ahora se mantiene con el precio de la entrada, tres módicos euros. Es una visita de obligado cumplimiento para todos los guiris que llegan hasta aquí.
Se ha hecho de noche a la hora de salir. Y nos distanciamos del grupo. La noche sabatina ha llenado las calles empedradas y sus restaurantes y terrazas de varones jóvenes en grupo. Se ven pocas mujeres que quieran salir a dar una vuelta ellas solas. Nos sentamos en un chiringuito a tomar unas crêpes al pie de una mezquita iluminada.
El rato es tranquilo y disfrutón viendo pasar la vida. En el cruce de calles está otro grupo de los nuestros. Más animosos, disfrutan de una enorme tabla de carne, patatas, verduras... Dan buena cuenta de ellos mientras charlamos y reímos.
A las diez y media nuestros cuerpos no dan más de sí y nos retiramos. Aunque quiero escribir, no consigo redactar ni una línea.
José Manuel Mora.


















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