Balcanes VIII

Largo trayecto con sorpresas

Compartimos el hotel en el que nos encontramos a la hora del desayuno con un grupo de machuchones, del que no consigo extraer una palabra comprensible o reconocible por su origen. Acabo preguntando y me sorprenden con la información de que son israelitas. Al llegar al bus Florina nos advierte de que va a ser una jornada larga, pero que en contrapartida tendrá bellos paisajes. Recibe una llamada del hotel. Los de la 311 se han dejado una riñonera. ¡Es la nuestra! Tras mi sombrero, esto. Nos sugiere pagar un taxi para que nos la lleven al próximo punto de descanso. ¡Quin desastre! Asentimos, claro. Conforme el bus toma dirección sur, una nueva cordillera se levanta a nuestra derecha. En sus cumbres, una mano maestra ha dejado toques de nieve sin derretir. Las paredes negras descienden verticales hasta lo que parecen antiguos lechos glaciares desaparecidos. Más abajo empieza la arboleda que se detiene junto a una lámina de cristal, jade frío, roto a veces por espumas brillantes. Un arenal abraza el meandro donde unos domingueros practican con canoas. 



Y así llegamos a Përmet, pequeña localidad a la que llaman la "ciudad de las rosas". Nos dejan media hora de asueto para "cafeses" y necesidades perentorias. Ese rato lo aprovecho para bajar hasta el borde del río que la atraviesa. Junto a él hay un monumento que da la bienvenida a quienes a ella llegan. Sin entender el idioma, se comprende el apelativo con el que se la conoce. No hay mucho más que ver aquí. Y además nos llega la riñonera olvidada. Otros compañeros no han tenido tanta suerte con su maleta.


Siguiendo el curso del río, llegamos a un punto en el que éste hace frontera con Grecia. Las fronteras, inventos humanos que no vienen marcados en la naturaleza. Y comienza entonces la remontada en dirección norte, por valles más abiertos, donde se ven vides, trigo, pequeñas huertas de carácter claramente familiar. Paramos un ratito junto a un lago, porque aún queda un trecho hasta llegar al lugar donde vamos a comer, un restaurante en medio de una inmensa pinada. Como por casualidad, muy cerca de nosotros, come la máxima autoridad de la comunidad "bektashi", rama del Islam, algo más liberal, menos formalista, más permisiva. El "Dedebaba" lleva guardaespaldas que impide que se le hagan fotos, y mira que es un objetivo bien atractivo con su vestimenta y su alto turbante. Alguien se las arregla para conseguir una.


Nos sirven una bandeja circular con infinidad de ensaladas sabrosas. Luego, un cordero que se ha quedado algo frío, dado el retraso con el que hemos llegado, pero que está tierno. El que nos sirve estudió economía en la universidad. Habla con fluidez el italiano y el inglés, pero ha decidido asumir el negocio paterno. Y parece que lo lleva bien. Aunque evito poner fotos personales, voy a hacer una excepción con Florina, nuestra guía, que tanto se desvivió por que todo saliera bien.












Tras la comida, en tan sólo media hora llegamos a Korce. Dicen que aquí se desarrolló el "renacimiento cultural albanés", causante de que se produjera la independencia del imperio otomano. Nos llevan directos al Museo Nacional de Arte Medieval, la institución más importante del país en lo que se refiere al arte. Me va a ser difícil seleccionar fotos ya que, como casi todos nosotros, me volví loco disparando con el telefonino, aprovechando que no cuesta su revelado. Se abrió al público en 1980, tras convencer a Hoxa de que, más que algo de carácter religioso, tenía el marchamo cultural.  Alberga una de las colecciones de arte de esa temática más importante del mundo, que ya es decir: 7500 piezas iconográficas, que van desde el s. IV al XX. Durante el periodo de ateísmo de la dictadura, se retiraron las imágenes de los templos y se almacenaron aquí. Entre ellas está la obra de uno de los pintores de iconos más importantes de los Balcanes, Onufri, quien aportó mayor realismo a los rostros que pintaba. El uso del color en él es sorprendente, más sobre el habitual pan de oro característico. En la planta superior hay un iconostasio completo y allí se puede mirar a los ojos a los integrantes de este santoral que, aunque conocidos, se ven con otra mirada por su cercanía. Las paredes más grandes están repletas de iconos de todos los tamaños y temáticas. La verdad es que la visita merece mucho la pena.





























Queda por visitar la catedral ortodoxa de la Resurrección, construida en 1994; muestra con su monumentalidad el poderío que querían transmitir. Es la segunda más grande del país. El sol poniente ilumina los tonos ocres de sus cubiertas de tejas de arcilla roja. Los dos campanarios laterales parecen querer competir con los minaretes de las mezquitas. Su interior carece de personalidad a mi entender, a pesar de su riqueza, su lámpara, su pantocrátor, vistas todas las que la han precedido.





Acabamos el largo día con un paseo por la calle peatonal, repleta de terrazas, llenas en esta tarde de domingo. Sólo nos queda llegar al casco antiguo, de suelo empedrado en su plaza ¿octogonal? De camino al hotel entramos en un hanan, especie de patio de vecinos en torno al cual se guardaban los animales, mientras se dormía en el piso superior. Una escultura de acero contrasta con los aires antiguos del entorno.

Sólo queda llegar a un hotel que tiene su puntito chic, y descansar. El día ha sido duro y sorprendente.



Mañana cambiamos de país. Seguiremos informando. Ahora ya no puedo más.

José Manuel Mora. 




































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