Prizren
Hace un día radiante. Desde el balcón del comedor del hotel nos sacamos fotos. Salimos a dar un paseo con la guía, siguiendo el curso del río, que baja fresco y rompiente. Cruzamos un puente de piedra, que ya nos llamó la atención anoche. De hecho, dejo la foto que saqué entonces.
El dominio turco de cinco siglos se hace presente en las casas de doble altura, cubiertas de tejas rojas y en los minaretes que sobresalen sobre ellas, apuntando al cielo con su dedo de piedra.
Nos dejan un tiempo libre y nos escapamos del grupo, caminando por calles empedradas, umbrosas, con terrazas bajo los árboles donde uno puede tomar un café fresco y tranquilo. No pasan coches. El cappuccino está bueno. Cuando volvemos, observamos una portalada de gruesas columnas de mármol. Un edificio cerrado, según los vigilantes. Pero al darle la vuelta, vemos una puerta entreabierta. Y entramos. Vacía, blanca, luminosa. Hacemos un par de fotos discretamente.
Algo más allá, una iglesita con la típica planta ortodoxa. Dentro tan sólo hay un "sacristán" que nos permite admirar y fotografiar las pinturas parietales. Otro momento mágico, por íntimo e imprevisto.
A las once hay que estar en la mezquita de Siman Pasha (s. XVII). Su minarete de 43 m. de altura es visible desde cualquier punto de la ciudad. Y aunque ya estuvimos anoche, verla ahora llena de luz le da otra perspectiva.
Y se inicia el siguiente recorrido en bus que también se prevé largo. La Agencia y la Asociación nos tienen preparada una sorpresa, la visita a unas bodegas prestigiosas de la zona. La entrada es la de un castillo de cartón piedra. A su alrededor, viñedos. Los 14° permanentes y necesarios para la conservación de los caldos y mi imposibilidad de beber alcohol hacen que me salga pronto al exterior. Afuera paso un buen rato con Edi, que canta en italiano con su bella voce piezas conocidas. Los que van saliendo, lo hacen contentos, "entonados". Para muchos ha debido de ser de los mejores momentos de la excursión.
Hay prevista una visita a un monasterio ortodoxo serbio, el de Visoki Dečami (s. XIV). Esta protegida por miembros de la KFOR, para evitar posibles atentados. El jefe es un italiano estricto que exige que las mujeres cubran sus hombros y los varones de pantalón corto nos en volvamos en unos pareos coloridos y ridículos. Ya el exterior sorprende por el mármol rojo, amarillo y ónice. Tiene todo el aspecto de una iglesia románica italiana. Está dedicada a Cristo Pantocrátor.
Al entrar, la sorpresa junto a la emoción embarga al grupo. Nos piden que escuchemos la explicación primero y luego se harán las fotos. A muchos nos resulta difícil esperar. Los murales abarcan desde el suelo hasta el techo en una ilustración bíblica para los iletrados, que parece sacada de la Italia medieval. Los frescos no han sido restaurados, lo que hace que nos parezca todo más increíble, como que se salvarán de tanta guerra balcánica.
Columnas, iconostasio, muros, bóvedas, cubiertos de pinturas llenas de ingenuidad y tal vez por eso más bellas. El Pantocrátor tiene una mirada penetrante, de fuerza sobrecogedora. La Adormición de María me transporta a Elche y su Misteri. Junto a ellos, coro de ángeles guerreros, Santos, arboles genealógicos en una sucesión que necesitaría horas de comentarios minuciosos para degustarlo todo en profundidad. Cualquiera tendría problemas para elegir qué poner aquí. Yo, también. Pido perdón a los iconoclastas.
No quiero aburrir. Lo dejo, pero tengo más, como todos los compás del grupo. Y llegamos a comer en un lugar umbroso, en el que el agua corre rumorosa y clara bajo la bóveda arbórea. Lo que era fresco al llegar, se va convirtiendo en aire húmedo, que hace que algunos pidamos mantas para cubrirnos.
Y vuelta al bus. Vamos ascendiendo hasta los mil metros con restos de nieve entre tanto árbol picudo y oscuro, culebreando por curvas imposibles de casi 360°. Estamos llegando a la estación de montaña más importante de Montenegro, auténtico paraje invernal, Kolasin. El pino negro que cubre las laderas es el que acabó dando nombre al país. Al llegar, llueve con fuerza. No hay lugares cerca donde cenar y nos quedamos en la habitación. Día intenso.
José Manuel Mora.
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