Podgorica
Esto se va acabando. Por fin. Podré dar carpetazo a la bitácora. Hoy nos dirigimos a la que es capital administrativa de este pequeño país. También ella llegó a formar parte del imperio otomano durante cuatro siglos, del XV al XIX. Tras la II Guerra Mundial pasó a integrarse en Yugoslavia. La ciudad recibió el nombre de Titogrado. Durante los bombardeos quedó arrasada y casi todo aquí es de nueva planta. La animan los numerosos espacios verdes que la cubren aquí y allá. Nos llevan a ver la Torre del Reloj (s. XVII), exenta, orgullosamente enhiesta, con su aparato de fabricación italiana.
Vamos luego a la Catedral de la Resurrección de Cristo, ortodoxa, un mamotreto levantado en 1993 y consagrado en 2003, lleno de dorados grandilocuentes. La cúpula está acompañada de dos torres, una a cada lado. En su interior uno de los frescos que quiere representar al pueblo creyente incluye los retratos de Marx, Tito, Engels y tutti quanti.
Un tal Nicolás Petrovic reinó en el XIX y mandó levantar avenidas, palacetes de estilo parisino, embajadas y centros de poder, entre ellos, su palacio, que visitamos. Está lleno de lujo, mobiliario de época, cuadros, todo de 1871, lo que a mí me deja bastante frío, como el monasterio ortodoxo, en el que no piden credenciales para ingresar. Comemos luego en un sitio en el que no hay agua por avería general, según anoto en la bitácora, aunque no lo recuerde.
Como creo que ya dije al principio, excusatio non petita, acusatio manifesta. Recuerdo que señalé que se trataba de una bitácora personal, aunque es evidente que implicaba a un colectivo. Seguramente muchos tendrán otros recuerdos, otras vivencias, otras sensaciones. Si estas líneas sirven para asentar parte de todo lo que descubrimos juntos en este viaje algo enloquecido, lo daré por bueno. Como se decía en el teatro del Siglo de Oro, "Perdonad sus muchas faltas".
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