Macedonia del Norte
El nombre de este país me trae a la cabeza el conflicto con una de las regiones griegas, llamada simplemente Macedonia, que no acepta que el vecino norteño quiera llevar su mismo nombre. Seguro que en un tiempo ambos territorios formaban una unidad. Las guerras balcánicas lo complicaron todo. Nos adentramos pues en un territorio completamente desconocido, como los anteriores, por otra parte. Es éste un viaje de "descubrimientos". Dormito hasta llegar al lago Prespa, todavía en Albania, que se difumina en grises hasta la silueta de las montañas al fondo. En medio parece flotar una isla diminuta, Maligrad, con un edificio de planta baja y techo rojo. Se trata de un parque nacional.
Casi sin enterarnos llegamos a la frontera. La bandera de la UE flamea junto a la enseña nacional, como indicio de su deseo de integrarse en el club, después de haber recibido a lo largo de su historia herencias varias: griegos, romanos, otomanos, de las que queda constancia como veremos. Los chopos, los abetos y los robles, con toques de genista dorada, nos van escoltando. En un momento dado nos desviamos hacia el este para visitar las ruinas del yacimiento de Heraklea Lyncestis, en el que hay una estructura ciudadana fundada por Filipo, padre de Alejandro. Posee un pórtico, termas, templos, un teatro aceptablemente conservado y sobre todo una colección de mosaicos preciosos que en invierno se cubren con arena para su conservación. El sol es tan intenso que fotografiamos un poco al tuntún.
Dentro del museo hay piezas hermosas, como la máscara teatral, que me resulta curiosa al estar esculpida en piedra. Cuando llegamos al teatro, la guía nos habla de la necesaria resonancia para las representaciones. Animados por esta información, Ángel y yo nos atrevemos a cantar una pieza de nuestro coro que nos gusta mucho. Es cierto que la reverberación nos ayuda. Ante el "éxito" cosechado, Emilia también se anima a cantar y nos regala una jota. A nadie parece importar el calor. Tampoco a Úrsula, que nos ha acompañado desde España intentando solucionar cada problema que aparecía, siempre de buen talante. Al poner las fotos juntas, se ve claro quién sale ganando.
Y desde allí enfilamos hacia Bitola, donde se educó Attaturk, el padre de los turcos, que eso quería decir su sobrenombre. El original era Mustafá Kemal. Los minaretes se levantan por doquier, en paralelo a los campanarios. La llaman la ciudad de los consulados, por la abundancia de los mismos; también, la de los pianos, por la afición musical que se vive en la ciudad. Los carteles aparecen escritos en cirílico, lo que causa sorpresa en algunos. La calle principal está llena de contrastes arquitectónicos: edificios de la época de Tito, que se caen de aluminosis, y otros finiseculares, con balconadas curiosas.
Al final de la calle Sirok Sorak (?) vemos la estatua ecuestre de Filipo el Grande, figura emblemática para los macedonios a un lado y a otro de la frontera. Desde allí se divisan dos grandes mezquitas: la primera a la que se le ha dado un uso cultural para exposiciones y actuaciones y la segunda, enorme, que nos disponemos a visitar. Al estar vacía impresiona más con el rojo de las alfombras y el dorado de los lucernarios.
Regresamos hacia el restaurante, el "Korzo", un salón inmenso, abierto y por lo tanto ventilado. Nos sirven una ensalada del "chef" y luego cerdo al horno. Chocolate de postre, lo que siempre agradezco. A la salida damos con un grupo de quinceañeros que celebran su graduación. Con su básico inglés se interesan por nosotros. Se sorprenden de que no nos guste el fútbol. Son tan divertidos como jóvenes. De vuelta, vemos cómo el cielo va amontonando nubes. Ya en la carretera se desmelena con relámpagos incluidos. Las montañas se desdibujan bajo el agua, produciendo un efecto de sfumato pictórico. El trayecto hasta nuestro nuevo destino, Ohrid es corto. El lago al que se asoma es un auténtico mar de un color de estaño mate. El hotel está al borde del agua.
Nos animamos a caminar el atardecer. El paseo está lleno de gente algo abrigada, dado que la lluvia ha refrescado el ambiente. La ciudad la visitaremos mañana, pero ya nos vamos haciendo idea de la maraña de callejas que corren en paralelo al lago, cruzándose con las que bajan perpendiculares. Cafés y restaurantes no logran enmascarar la autenticidad de las construcciones, muchas de ellas bien restauradas. Casas familiares convertidas en museos, iglesucas y una Sta. Sofía más grande, con dos torreones y precioso ábside.
Bajamos hasta la pasarela de madera que bordea el mar. Quedan restos de atardecer en el cielo. Y regresamos al hotel buscando dónde tomar algo. Al final, un helado y un "tres leches" muy rico. Cuesta llegar de nuevo hasta el hotel. Caemos rendidos.
José Manuel Mora.



















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