El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos

Algo más que incesto

Con tanto viaje y la posterior redacción de las entradas correspondientes del blog, hacía mucho tiempo que no publicaba ninguna reseña "literaria", casi un mes.  Sin embargo, he aquí que un apunte leído en prensa ha actuado como la "madalena de Proust". El nombre del autor del libro que voy a comentar ma ha llevado a los tiempos en que recibía la revista "Triunfo" durante mi estancia en Burdeos en los primeros setenta, lo que me permitía estar en contacto con el mundo cultural de mi país a pesar de la distancia y la censura. En ella se hablaba de Gómez Arcos, Agustín. El cordero carnívoro. Madrid: Ed. Cabaret Voltaire, 373 págs. Trad. Adoración Elvira Rodríguez. Prólogo, Luis. A. de Villena; 2025. Aunque se publicó por primera vez en 1975. 

Y, si suelo poner una información, aunque sea mínima, de la figura del autor, aquí se hace imprescindible. Diré por qué. Gómez Arcos (Enix, Almería, 1933-París, 1998) es de los pocos escritores que conozco que han abandonado su lengua materna para pasar a escribir en otro idioma. Ionesco dejó el rumano para escribir en francés; cosa que también hizo Beckett. Gómez Arcos, de familia republicana almeriense, se fue a Barcelona a estudiar Derecho, pero pronto descubrió que lo suyo era la literatura y, sobre todo, el teatro. Se trasladó a Madrid, donde se dedicó a la escena, como actor y director, también como dramaturgo. Llegó a lograr en dos ocasiones el Premio Nacional Lope de Vega, pero la censura impedía que sus obras se estrenaran. Tomó entonces la decisión de exiliarse en París en 1968. También, la de dedicarse a la narrativa. Las catorce novelas que escribió las publicó en francés. Su prestigio en el país vecino era tal que su obra pasó a formar parte del currículo de los liceos franceses y a ser varias veces condecorado. Naturalmente aquí dejó de hablarse de él, más siendo, como públicamente era, abiertamente homosexual. Siguió publicando hasta 1990. El idioma elegido y el lugar desde donde publicaba le otorgaron una libertad creativa que aquí se le negó.


El narrador se presenta en primera persona con rotundidad desde el principio: "Compré un billete de segunda: Destino tú" (pág. 25). A esos dos personajes hay que sumar la presencia constante de "ella, mamá" quien es definida por el que cuenta la historia como "el malentendido que había entre nosotros" (pág. 33), entre los dos hermanos, un personaje capital en la narración: "He acusado a mamá de desamor. Espero no tener que hacerlo también contigo. Porque si tú eras su preferido, yo era tu preferido" (pág. 35). Y más adelante acaba confesando: "Sé que nunca he querido a mamá" (pág. 51). Falta un cuarto personaje fundamental también, Clara. Ha convivido y cuidado de la familia desde su fundación y acaba convirtiéndose en el puntal en el que se apoyan todos, a pesar de ser la voz discrepante, inasimilable. Y un último personaje, el padre, Carlos, el más desdibujado y silencioso, encerrado permanentemente en su despacho al ser un abogado republicano perdedor. Todos ellos, de un modo u otro, son víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura que rige el país, amparándose en la paz, "la nueva paz que se extendía como una epidemia por todo el país" (pág. 136).   
                                           

Hay un par de secundarios, fruto de la época, y que juegan su papel: el confesor de la madre, quien acaba instruyendo al protagonista para que pueda ser bautizado y comulgue, y que ejerce el papel que la Iglesia tenía en la época, el del nacional catolicismo; y el "maestro", que viene a darle clase y que usa la vara cuando no se siente obedecido. Ambos suponen un reto para el afán de libertad que arrebata constantemente al hermano pequeño, que no ha salido al exterior, y que sólo se somete al hermano mayor: "Mi hermano Antonio, colegial fuerte y turbulento, tierno y silencioso" (pág. 86). Lo considera un Pigmalión, lleno de contradicciones: "Su dulzura, fuerte y voraz, me invadía" (pág. 140), a la par que un cierto sadismo de aquél al que no renuncia: "Me gustaba el dolor despiadado que me imponía mi hermano y que me llevaba al borde del delirio" (pág. 254). Esa relación que va más allá del incesto, se inicia desde bien niños y supone un acto de rebeldía contra la sociedad y sus valores, contra la hipocresía materna. 


Todo el relato es un extenso flah back, puesto que se inicia en la espera de Antonio, que vive en Caracas y que ha anunciado su regreso a los lares de familia. En ese recuento de infancia y adolescencia en el que no hay límites morales, iremos conociendo pormenorizadamente el interior de un grupo humano desnortado, en un ambiente que más que oscuro es oscurantista. He de confesar que hacía mucho tiempo que no tropezaba con un personaje tan abominable como la madre, aunque no deje de ser también una víctima. Da la impresión de que el autor nos sumerge en un pozo sin fondo del que no hay salida. Las descripciones tienen un aire de flores mustias, de decadencia total a pesar de la belleza que puedan encerrar algunos momentos. "El milagro de un patio florido, vislumbrado a través de un viejo portón lleno de sombras, sorprende la vista y deja escapar un soplo de aire perfumado" (pág. 206). O bien, "Se los habían tragado las arenas movedizas del silencio" (pág. 287). El desajuste vital del protagonista puede resumirse en un par de frases: "Mi país no me pertenece, ni yo le pertenezco a él [...] Y aquí estamos, con una herencia que rechazamos" (pág. 284), lo que da idea de su desarraigo. Y algo más personal: "No puedo hablar de mi amor a nadie que no seas tú, y que ése es el verdadero amor" (pág. 364). Esa es la tabla de salvación a la que se agarra con todas sus fuerzas el narrador, Ignacio, del que tardaremos en conocer su nombre, sólo escuchamos su voz. Tal vez este libro no se hubiera podido escribir hoy  día. Me ha resultado  apasionante y agobiante a partes iguales. Animo a leerlo a gente de paladares fuertes.

José Manuel Mora.                                          



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