Soledad
Excusatio non petita, acusatio manifesta. A pesar del adagio, que me señala, quiero hacer algunas precisiones antes de iniciar la reseña propiamente dicha. Creo que es la primera vez que compro un ejemplar por la foto de la cubierta, sin más referencia. Luego resultará que ocupa parte del argumento de la novela. Y en segundo lugar, cuando un libro no me acaba de llenar, como ya advierto que es el caso, debería dejarlo sin reseñar, pero ya he dicho en otras ocasiones que uno de los objetivos de este blog es que no caiga en el olvido, en mi olvido, aquello a lo que le he dedicado un tiempo de mi vida. Chevrier, Simon. Foto por privado. Barcelona: Random House, 2026; trad. María Enguix Tercero. 117 págs. Me lo he leído en una semana. Y tal vez, a la vista de la cubierta, se entienda mejor la primera acotación. La foto es de Peter Hujar, "Daniel Schook Sucking Toe", 1981, y está entre la pose provocadora y una actitud indefensa. El éxito editorial parece que ha siso absoluto.

Sin proponérmelo últimamente, estoy leyendo "novedades", lo que no suelo pretender. En la solapa leo algunos datos del autor, Chevrier (Saint-Nazaire, 1992). Me entero entonces de que es licenciado en Filología Inglesa, como el narrador, y que tiene un máster en Creación Literaria por la universidad de Le Havre, donde reside y en el que esbozó los primeros pasos de su novela. Parece que hay algo de autoficción en ella. Tampoco sabía que el libro que he tenido entre manos esta semana ha sido galardonado con el prestigioso Premio Goncourt a la primera novela en 2025, lo que parece indicar que el joven escritor puede tener un futuro prometedor, de hecho anuncia que tiene una segunda novela terminada con el mismo protagonista a sus 18 años, en un primer amor; un relato de iniciación. Hacía diecisiete año que un libro de temática gay no obtenía en Francia un premio de esta envergadura. La franqueza con la que el escritor se muestra en él está ausente de tabúes.

El narrador no empieza sin embargo por la imagen de la cubierta, sino por algunas suyas: "He subido a Grindr algunas fotos nuevas" (pág. 13; una aplicación que es un mundo para mí absolutamente desconocido, sólo tengo el feisbu, que dicen que es más propio de mi edad). Ése es el arranque, lo que ya señala por dónde va a discurrir la historia, al menos en la primera parte, unas 37 páginas: el protagonista y narrador está inmerso en el mundo de las redes que facilitan las citas y los encuentros sexuales. "Nunca acepto que me toquen si antes no he visto el dinero" (pág. 19). Se hace explícito que es alguien que se prostituye de forma continuada, a pesar de su formación: "En cuanto a mi futuro en la enseñanza, le confieso que he tirado la toalla" (pág. 35), dada la precariedad de los trabajos que desempeña, algo que parece que le sucedió al propio autor. Hay en ese inicio algo de enfant terrible por parte del escritor, aunque niega que haya "vulgaridad" en su estilo. Hay un consumo compulsivo de cuerpos, lo que no ayuda a superar la soledad, porque cada cuerpo borra al anterior. Y tal vez estas primera páginas, monotemáticas, han sido las que han hecho que perdiera el interés ante tanta reiteración. Tanto la búsqueda constante de contactos, como el que intente un trabajo que le permita no estar demasiado sujeto, indican uno de los afanes del personaje, su afán de libertad, a la vez que una necesidad de compañía, de afecto, no sólo de sexo. Le da igual la edad, la situación familiar o laboral del cliente, lo importante para él es conectar y mantener esa conexión, lo que difícilmente consigue. Ello le causa dolor, que intentará paliar con la escritura.

Luego la narración da un giro. Se hace presente la familia: la hermana, la madre y sobre todo el padre, que está hospitalizado con un cáncer. Aquí el personaje se hace más humano. Que la acción se desarrolle en tiempos del covid, hace que todo resulte casi más auténtico, lo que incluye el confinamiento. Cocinar con la madre, cuidar el huerto, visitar a su padre, lo van humanizando. Y al mismo tiempo se hace evidente la obsesión, que el autor confiesa real, por la foto que descubrió y de cuyo autor no sabe nada. Una de las actividades a las que se dedica con interés es a la búsqueda de noticias sobre el tal Schook, al que acabará localizando ya al final de la novela. En esa búsqueda el autor pone de manifiesto el poder que tienen para él las imágenes, no sólo las de la aplicación, sino cualquiera que se cruza en su camino. Al escritor parece interesarle no sólo la identidad del fotógrafo, sino la del fotografiado, ambos de los años 80, cuando empieza a sobrevolar el sida, la otra gran pandemia.

El libro es fragmentario. Los párrafos, no demasiado largos, se suceden sin relación unos con otros. Es como un falso diario sin continuidad, "fragmentos de vida, momentos intensos", dice el escritor en una entrevista. Y al viejo profesor de literatura que fui le parece echar en falta algo en el estilo. Hay una expresividad escueta, casi plana, "descarnada", dicen los de Le Monde, acorde con lo contenido de las emociones que parece intentó transmitir, que ha hecho que me quedara fuera de la historia. El autor señala que prefiere sugerir que mostrar, aunque a mí me parece que es bastante explícito. Es cierto también que en muchas ocasiones algunas escenas crudas se interrumpen y dejan en suspenso lo narrado. Se hace patente que más que de sexo hay una necesidad de vínculo. Tan sólo al final, en el acompañamiento al padre enfermo, algo que le sucedió en realidad al autor, en su deseo de no perderlo del todo, ha llegado a tocarme con algo más de intensidad. Chevrier señala que además del nicho gay, es leído por muchas mujeres, pero que los varones heterosexuales no se animan, tal vez porque lo ven algo ajeno a su virilidad, o porque hay un trasfondo homófobo. Ahí lo dejo. Que cada quien decida si lo lee o no.
José Manuel Mora.
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