Memoria borrosa
Cada vez estoy peor; cada vez recuerdo menos. ¿Cómo llegó el libro que voy a comentar a mis manos? ¿Quién me lo recomendó? ¿Dónde leí la reseña? Seguramente, que volviera a ser una escritora la firmante, para mí desconocida, debió de potenciar la atracción. También la editorial, con títulos de fuste. El caso es que, con alguna dificultad, debida a mi vista y al reducido tipo de letra que han empleado para economizar páginas, supongo, he terminado por fin el libro de Palomeque, Azahara. Pueblo blanco azul. Madrid: Ed. Cabaret Voltaire, 2026; cubierta a cargo de Virginia Bersabé; 312 págs.
De entrada, a cualquier lector habitual habrá algo que formalmente le llamará la atención: la ausencia de puntos y aparte. Luego, la apelación a la abuela muerta, con un sinfín de preguntas sin posible respuesta, desde el yo doliente de la narradora, Elaia, su nieta. "Diría que hasta te amortajaste sola para no causar molestias" (pág. 15). Después se produce un cambio al interior del personaje, sin marcas de diálogo ni separación ninguna, con lo que se pasa a la subjetividad más absoluta y desde allí a la apelación a otro nuevo personaje. "Pensó que debía acudir al centro de salud más cercano; estallo, me van a tener que dar puntos [...] A ti nadie te tosía ni te engañaba" (pág. 33; las cursivas son mías). Hace falta agilidad mental para no perderse en los recovecos de la narración y saber quién habla en cada momento y a quién se dirige, por no señalar la época en que transcurre lo narrado, que es un auténtico baile temporal. La lectura me ha supuesto una buena gimnasia mental.
La autora confiesa que ha transformado su pueblo original, Castro del Río, donde vivieron sus abuelos, y que en la narración viene nombrado como Villasueño de las Flores Secas, para añadir que "Me lo inventé todo [...] movida por el deseo de honrar unas vidas que siempre sentí cercanas [...] y que no me deja ser más que un matojo de nostalgia" (págs. 37/38). De hecho todo proviene de que la escritora dice que "necesitaba escribiros antes de que os robase definitivamente del mundo una ráfaga de olvido" (pág. 45). Lo que resulta paradójico, al señalar también que "Yo me devanaba las neuronas, devota de unas biografías insignificantes" (pág. 160). Y, al intentar recuperar las figuras de Luciana, pescadera, y Antonio, "un esposo vinculado a los vencidos" (pág. 20), "dos personas arcilladas de sol y de hojaldre" (pág. 48), van apareciendo otros familiares y vecinos del pueblo, como cuando se intenta coger unas cerezas y se engarzan unas con otras sin que haya ese propósito. Y Palomeque se introduce en los vericuetos de la memoria histórica, de la que Ramiro, anarquista emigrado a Cataluña y colaborador en la narración de Elaia, reniega: "Jartitos estamos de ser la última cagarruta del mundo" (pág. 125). Ese "jartitos" viene acompañado, según quien hable, de "Ni calienta ni na" (pág. 80), de localismos que retratan bien a los personajes.
Y en ese recorrido memorialístico rememora la República, la guerra, la dictadura, las fosas comunes, el exilio francés, político, y el catalán, económico, dadas las dificultades del campo andaluz. Se llega incluso al presente de un pueblo con carencia de agua, que ha de ser traída en camiones, lo que provoca una manifestación de todo el personal, que es pintado de azul como modo de protesta. De fondo el dolor de la autora al no haber podido despedirse de su abuela antes de que muriera. Todo ello viene servido por un estilo rupturista, en el que mezcla con sabiduría el tono poético y la oralidad más auténtica. Hacía tiempo que no leía nada tan exhuberante en imágenes, tan rico en términos que me han exigido tirar de diccionario, tan móvil en tiempo y espacio. "Cuando una escribe, se somete a los dictámenes de un vórtice ficcional más intuitivo que cuerdo" (pág. 173). De hecho, llega a confesar que "la novela se me estaba descuajeringando en una especie de poema en prosa a punto de implosionar". Y es cierto que algo de eso hay. El libro se cierra con una foto de familia totalmente borrosa, como todo lo expuesto, pero con una impresión de conjunto que no cabe obviar.
Y mientras escribo todo esto, la luz se ha ido agrisando, perdiendo el brillo mortecino de la tarde, mientras la mayoría de la población parece haber enloquecido y ha buscado el mejor lugar para ver el eclipse.
José Manuel Mora.
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