Viaje de estudio
Suelo señalar siempre, al inicio de estos cuadernos de bitácora de viajes colectivos, que cada quien habría podido elaborarlo desde su punto de vista, y sería distinto al que voy a intentar plasmar, para que sirva de memoria de otra de las actividades de la Asociación del Alumnado y Alumni de la Universidad Permanente de la Universidad de Alicante, más en este año que celebramos su 25 aniversario. Aunque la entrada venga titulada como "Estrasburgo", tal vez debería encabezarse con el nombre del curso de verano que acabamos de celebrar: Historia e Instituciones de la Unión Europea, impartido por José Ramón García Gandía y por Heidy Senante Berendes.
Hago memoria y recuerdo mi primer curso de verano, becado salmantino, en el Palacio de la Magdalena de Santander, con cursos y conferencias matinales y tardes de libertad. La AAUP los organiza en septiembre, una vez pasada la canícula. Hubo una primera exposición de J. Ramón García, quien realizó un recorrido histórico desde el s. XVIII, que es cuando se empezó a hablar de la idea de Europa, un continente que se había debatido en constantes guerras fratricidas durante siglos. Llegó hasta el Tratado de Lisboa, de 2007, ya con la Unión Europea configurada. Heidy Senante nos fue explicando los distintos organismos y su funcionamiento, bastante complejo todo ello, pero necesario para entender lo que vendría después, el viaje a Estrasburgo para conocer in situ la sede del Parlamento Europeo.

El bus nos espera. El chófer, francés, es muy severo. No puede entrar hasta el hotel al ser zona peatonal todo el centro de Estraburgo. Se nota que estamos en Francia. Nos deja en la estación central de la ciudad, que luce una estructura de cristal, ovoide, que resulta curiosa. Hay que coger taxis para cuatro personas. En el trayecto, Carmen se da cuenta de que no lleva su maleta, lo que la pone naturalmente muy nerviosa. Finalmente Jorge ha estado al quite y la ha recogido él. Todo vuelve a la calma al llegar al Hotel de l'Europe, como no podía ser de otra manera, viniendo a lo que venimos.
Caminamos entre fachadas cubiertas de plantas trepadoras, de un verde que contrasta bien con las vigas de madera a la vista. Las terrazas de las cafeterías, dispuestas en las calles, están a rebosar. La gente parece aprovechar unas temperaturas que no son las que habitualmente se dan en esta época del año.
Y así llegamos a la plaza de la catedral (s. XI al XV), una de las más grandes del medievo. Para quien no la ha visto nunca supone un aldabonazo a su capacidad de asombro. Y, aunque ya estuve aquí en 2003 con una beca Leonardo de la UE, vuelvo a quedarme maravillado ante la belleza de este encaje hecho de piedra arenisca, la que se usa en toda la ciudad, por ser la típica de la zona. Se nota el poderío del obispado de la época carolingia, convertido en un señor feudal. Quedó bajo el dominio germánico nombrada como "ciudad imperial libre", hasta que revertió a Francia en el s. XVII.
Para hacerse una idea del "baile" padecido por Alsacia a lo largo de los años, basta pensar que en el siglo XX cambió cuatro veces de manos entre Francia y Alemania, dada la riqueza minera que poseía y su centralidad geográfica. El ser ahora sede del Parlamento Europeo le ha dado estabilidad e importancia. Notre Dame de Strasbourg se levantó como románica y, tras sucesivos incendios, se rehízo en el XIII, en pleno gótico que acabaría en su portado siendo ya flamboyant. El diseño original era con dos torres coronadas por dos flechas, pero la obra quedó interrumpida y por lo tanto inconclusa, con una sola de 142 m. de altura. Es difícil captarla en toda su grandeza. Las fotos que dejo son vanos intentos.
La guía, Nerea, alicantina, está muy informada. Es arqueóloga, especializada en egiptología jeroglífica. Entramos en el edificio con nuestros pinganillos colgando de la oreja para que escuchemos las explicaciones sin molestar a los demás visitantes. Originariamente protestante desde Lutero, acabó siendo católica desde el s. XVII. Felizmente se libró de las destrucciones bélicas y los vitrales, magníficos, se han conservado, al igual que el rosetón de la puerta del poniente. Llama la atención la última vidriera incorporada, con el rostro de Cristo formado por cientos de retratos de caras de personas anónimas. El altar mayor se alza sobre unas gradas, lo que le da más prestancia.
Hay muchas curiosidades en su interior, como por ejemplo el órgano barroco del tipo nido de golondrina. Debe ser increíble escuchar su sonoridad. A la derecha de la nave principal se alza un reloj astronómico del s. XVI, con toda una serie de artilugios para señalar las horas, las estaciones, las fases de la luna, los signos del zodíaco y los días de la semana en un carrillón que gira en lo alto, con sus nombres latinos. Llegamos a tiempo de escuchar cómo dan las campanadas de las 17:30, un auténtico espectáculo sonoro. Nos señalan un púlpito gótico florido, con la figura de un perrito en la base, recuerdo del que calentaba los pies del predicador. Llama la atención entre tanto santo de piedra.
No puede uno dejar de fijarse tampoco en unos retablos tardo góticos, así como en un crucificado inmenso, que parece flotar entre los arcos. Casi a la salida, me llama la atención una bellísima y humilde pietà gótica, con el Cristo en sus brazos, casi imposible de ser sostenido. Me atrapa su delicadeza, su ingenuidad. Me doy cuenta de que aunque estuviera en la ciudad, tal vez no visité el interior de la catedral, o al menos no lo hice con tanto detalle bien explicado. Es posible que la memoria vaya fallando también, naturalmente.
Al salir, en un ángulo de la plaza se alza un edificio que es muestra del poderío económico de quien lo mandó construir. Es la casa Kammerzell, gótico civil tardío, que muestra cómo se mantiene sobre vigas de madera a la vista, de roble, perfectas para sustentar la construcción sobre suelos arcillosos que pueden ceder algo y que permiten que se reajusten. Se han llegado a numerar las vigas cuando ha habido que trasladar alguna edificación, para recolocarlas en su lugar tal como estaban en su origen. Ésta en concreto es Patrimonio de la Humanidad y es imposible que pase desapercibida al paseante.
Y vamos dirigiéndonos ya al hotel. Atravesamos la plaza Gutemberg, con la escultura del tipógrafo sobre un pedestal. Está junto a un tiovivo finisecular, lo que llamábamos "caballitos" cuando éramos pequeños. Resulta llamativo el edificio que alberga en la actualidad la Cámara de Comercio y que es del s. XVI. El abuhardillado de su tejado se levanta airoso. Se me va la imaginación pensando en las personas "del servicio" que se alojaran allá arriba, sin ascensor, claro.
Y nos quedamos sin visitar el interior de la iglesia de Santo Tomás, dados los horarios vigentes, la más antigua de la ciudad (s. XII), luterana, construida con la piedra rojiza característica de la zona. Está recién restaurada y se alza con una presencia potente junto a una plazuela arbolada, donde la guía sigue su explicación.
Y en un último esfuerzo ella nos lleva hasta lo que se conoce como la Petite France. Era una zona de tundidores, que quedaba al margen del centro para evitar los malos olores del curtido de las pieles. Ahora tiene, en esta hora atardecida, un aire de tarjeta postal, muy turística, todo el mundo viene hasta aquí a sacarse las últimas fotos del día. El reflejo de los edificios en las aguas del canal queda muy pictórico.
Nuestro hotel se halla situado estratégicamente entre este punto final del paseo y la plaza de la catedral. Reparten las habitaciones y subimos por fin a descansar. Yo la comparto con Pedro, un viajero empedernido, que parece acoplarse bien con todos los compañeros de habitación que le han caído en suerte. Mientras él descansa, yo escribo para no olvidar todo lo visto y poder trasladarlo después a esta bitácora que ahora podéis leer. Él sale de paseo, como hace gran parte de los miembros del grupo. Con la comida que hemos tenido, yo me encuentro incapaz de cenar, así que, ya anochecido, decido dar una vuelta en solitario. Me encanta perderme, sin mapa, dejándome llevar por la intuición. Y es así como, sin una imagen global de la ciudad en la cabeza, acabo deambulando entre casas iluminadas, con terrazas donde la gente cena tranquilamente.
Es increíble la cantidad de personas que cena, pasea o bebe y la serenidad y el silencio que lo llena todo. Hay una sensación de quietud y de seguridad, sin la baraúnda que caracteriza las calles peatonales de Alicante. Estamos en otro nivel. Bien es cierto que no dejan estos rincones de dar la sensación de un encantador parque temático para guiris. Mientras me como un helado, me encuentro con una sorpresa agradabilísima, mis amigos Javi y Angelines. Con ellos es todavía más perfecto el paseo y acabamos en los conocidos como Puentes Cubiertos, unas torres defensivas del s. XIII, de diecinueve metros de alto, muy auténticas. Bajo ellas circulan pausadas, silenciosas y negras, las aguas del canal que rodea la ciudad. Todo tiene un aire mágico a esta hora, como de cuento infantil que nos deja boquiabiertos. Tengo la sensación de no haber estado aquí nunca antes. Y comento que, sólo el paseo que estamos dando hace que el viaje me haya merecido la pena. Acabarlo acompañado, ha sido un plus. En situaciones así uno echa de menos a las personas que le son más próximas y lamenta que se estén perdiendo la experiencia. La compartiré mediante fotos y escritos.
Volvemos hacia el hotel por otro camino y nos tropezamos con otra iglesia, la de St. Vincent le Vieux, con varios elementos característicos: el techo inclinado, abuhardillado, y dos torres asimétricas, una hexagonal y la otra cuadrangular. Es protestante y no tiene casi ningún adorno.
Vamos ya con ganas de llegar al hotel y descansar. Entre el madrugón matinal, el vuelo y el viaje en autobús, más la visita guiada, hay que reconocer que ha sido un día intenso. Demà, més.
José Manuel Mora.






























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