Parlamento Europeo

Parlamento Europeo

Pedro es madrugador, como yo. Así que pronto estamos en la sala de desayuno, los primeros, completamente solos, tranquilos, sin empujones ni colas. A las nueve y media ya estamos todos en la puerta del hotel, dispuestos a comenzar la jornada. Marisa nos ha pedido "amablemente" que llevemos vaqueros y la camiseta de la Asociación. Con la medalla, naturalmente. Hace un día soleado y de temperatura amable para estos lares donde, según dicen ellos, ya deberían ir con manga larga. Nos dirigimos hacia la Plaza de l'Homme de Fer. No sé dónde está situado, así que me pasa desapercibido. No así el umbráculo circular que señala el lugar donde se detienen los tranvías. Hay un tráfico ingente de coches, personas en patinete o a pie y, claro, los tranvías silenciosos, uno de los cuales hemos de coger. Rafa nos ha proporcionado los correspondientes billetes. Está siempre pendiente de todo. Con Marisa, forman un tándem perfecto.


Pasa por la Plaza de la República, con edificios señeros, regios, decimonónicos, donde hemos de cambiar de línea. La Prefectura, la Biblioteca nacional y universitaria, el Palacio del Rhin, construido inicialmente como residencia imperial para el Kaiser, el Teatro Nacional, todo en torno a una zona bellamente ajardinada, que me hubiera gustado visitar más tranquilamente, sobre todo la biblioteca y el teatro, que son mis querencias de siempre. Mientras esperamos al tranvía que nos ha de llevar a nuestro destino, jugándome la vida (los tranvieros no paran bajo ningún concepto), cruzo y hago la primera foto de grupo. Parecemos un colegio de gente "granà" con el uniforme de ir a la escuela.


Al llegar a nuestra parada y comenzar a dirigirnos hacia lo que luego sabremos que se denomina la "Torre" del Parlamento, la gente del grupo comienza a quedarse bocabadada. Como yo ya lo había visitado, la sorpresa es menor, pero no es menos el impacto que causan sus sesenta metros de altura y el aspecto de inconcluso que tiene a primera vista. No está inacabado, es de 1999. Fue la opción de los arquitectos para simbolizar el work in progress que supone la construcción del organismo donde se reúnen los representantes elegidos por todos los electores que integran la Unión, una especie de "torre de Babel" multilingüe donde se debaten propuestas y leyes que acabarán afectándonos a todos. El acero y el cristal le dan un aspecto de firmeza leve y transparencia, que se refleja en las aguas del Canal del Marne.


Todo el entorno está cuajado de otros edificios que integran el Barrio Europeo: el del Consejo de Europa, el del Mediador Europeo, el Palacio de los Derechos del Hombre... Hay uno, algo más alejado, que me llama la atención por su diseño. A riesgo de perderme del grupo, echo una carrera para fotografiarlo. Aquí lo dejo. 



Si el exterior es imponente, también lo es el patio interior, elíptico, construido con la piedra roja arenisca típica de los Vosgos que predomina en la ciudad. El edificio lleva el nombre de una mujer Louise Weiss, periodista, escritora, feminista y parlamentaria europea. Hay un gentío haciéndose fotos de grupo. Son incontables los que rodean a quienes van dando las explicaciones. En el suelo hay una línea que señala el momento exacto del solsticio. Y en el centro de este ágora que es el patio circular se halla una escultura de vidrio de forma esférica, "Tierra Unida" (2004), regalo de la ciudad de Wroklaw, Polonia, con motivo de su incorporación a la U.E. La guía, una granaína que lleva un año por estos lares, nos va dando los detalles. 




Como era de prever, los controles para ingresar al edificio son estrictos. Además del filtrado por escáner, como si estuviéramos en un aeropuerto, es necesario aprovisionarse con una tarjeta de Visiteur. Conforme nos vamos adentrando en su interior, voy reconociendo los espacios que visité: un estrecho pasillo que separa dos cuerpos del edificio, en el que cuelgan plantas trepadoras desde lo alto, hasta integrarse en un suelo irregular de losetas grises que pretende simular la corriente del canal cercano. Vemos también la escalera de doble hélice que tanto me llamó la atención y que enfrenta la puerta principal, cuyo nombre me emociona: Mariana Pineda, muerta por defender la bandera de la libertad, como cantó Federico. 


A través de las escaleras mecánicas, subimos hasta la parte alta del edificio. En una sala con forma de hemiciclo, y con dos pantallas laterales frente a nosotros, la guía nos explica detalles del funcionamiento del Parlamento, muchos de los cuales ya habían sido expuestos en las clases teóricas de la Sede alicantina. Nos enteramos de que son 24 las lenguas que se hablan aquí, lo que supone un ejército de intérpretes que realicen la traducción simultánea de discursos y discusiones. Como el lingüista que fui, no deja de parecerme una muestra más de la riqueza de esta institución. Nos habla de la sede luxemburguesa y la de Bruselas, que completan los organismos de la Unión. Desde allí se conecta por videoconferencia la parlamentaria alicantina Leire Pajín, quien expone los proyectos en marcha. Lo hace con claridad y sin grandilocuencia: los grupos políticos, las votaciones, las sesiones plenarias... Permite que se le hagan preguntas. Y a mí, europeo convencido como soy, se me queda en el tintero saber por qué no se avanza más en la dirección de fortalecimiento que propuso Mario Draghi en 2024. Queda mucho por hacer y será necesario seguir unidos ante los intentos trumpistas de debilitar a quien no se somete a sus dictados. Y al acabar la conferencia, nos llevan por fin al hemiciclo, el más grande del mundo tras el chino. Vacío y todo, sigue resultando impactante. Pienso que gracias a este espacio de debate, con todas sus dificultades, nuestra Europa ha vivido el periodo más largo de paz de su historia. 




Volvemos a bajar hacia la zona en la que hay toda una serie de pinturas en las paredes, que forma parte de la Colección de Arte Contemporáneo del Parlamento. En una especie de rellano veo una escultura formada por dos figuras adultas y un niño, de cabezas monstruosas de lagarto, The Family, de 2019, obra de la artista estonia Edith Karlson, trabajada en hormigón y metal. En manos del padre hay una cajita con seres humanos de tamaño menor. Parece que la escultora pretendió mostrar, con ojo crítico, la sociedad actual, aunque ésta no deje de basarse en una comunidad que debe asentarse en el amor y la armonía, como la familia que es. 


Volvemos a la entrada, donde hay un estrado con las banderas de todos los países que integran la Unión, un lugar que parece pensado para fotos de grupo, dada la cola que hay para hacer un posado. Conseguimos entrar todos en el "marco incomparable", bajo la bandera de las estrellas que nos representa.


Al volver al patio elíptico, pedimos que nos hagan la que podría ser la foto institucional del viaje, por lo significativo del lugar. Nuestra insignia de la  AAUP bien presente en la banderola, además de en la pechera de nuestras camisetas.


Volvemos en tranvía y desde donde nos deja, entre edificios modernos y clásicos, apenas hay un paseo hasta Chez Yvonne, otro restaurante que Marisa ha elegido con el buen ojo que la caracteriza. Es además icónico, pues aquí suelen venir los jefes de gobierno cuando visitan la ciudad. Sirven primero una ensalada y luego un platazo de choucroûte con bacon y salchichas de todos los tamaños, rico, rico, que dice el otro. Nuevamente me resulta imposible terminarlo, más si quiere uno probar un pastel de crema alsaciana, relleno de pasas bañadas en licor. Sabe a gloria. No me resisto a dejar aquí una foto de los azulejos que adornan el petit coin. No sé cómo será el de las chicas.




Tras el café, Marisa ha vuelto a tener presente sugerencias de otros viajes, en las que se pedía tiempo libre. Así que el grupo se dispersa. El más numeroso opta por un paseo en bateau, aunque no sea mouche. La embarcación va recorriendo el canal que rodea la ciudad y permite disfrutar de las edificaciones que se asoman a sus aguas. Cuando los vuelvo a encontrar, parece que lo han disfrutado, aunque se quejan de la solanera que hacía, ya que la cubierta iba paradójicamente descubierta. 







Pasaron incluso una esclusa, lo que siempre provoca admiración al ver como el barquito sube y baja según se abre o se cierra la compuerta.


Y una vez más yo decido perderme en el Museo de Bellas Artes, instalado en el Palacio de Rohan (s. XVIII), de un barroco tardío. Sirvió primero como sede episcopal, luego residencia palaciega y ahora alberga además el Museo de Artes Decorativas y el Arqueológico de la ciudad y parece que es también un lugar donde la gente puede descansar en tumbonas a la entrada . Hay descuento para ancianos y lo aprovecho. Recorro sus salas en completa soledad, disfrutando de hallazgos que no sabía que encerraba.
 

Descubro un Rafael, un Greco, un par de zurbaranes, un Rubens, un Rembrandt, un Goya y así hasta llegar a Corot. Dejo aquí algunas fotos para compartirlas con quienes ya no tuvisteis ocasión de visitarlo, puesto que cerraban a las seis. ¡Estos franceses!...













































































Al salir, noto un golpe de calor intenso. Veo pasar a algunos de los compas montados en el trenet que recorre la ciudad, que ya va perdiendo su luminosidad. Yo me retiro a mis aposentos a descansar. Los museos son matadores para las lumbares. Escribo algo, porque por la noche se me caerá el bolígrafo de las manos. Y vuelvo a salir a perderme, aunque esta vez con un mapa de la oficina de turismo. Me acerco a la Plaza Kléber, muy cercana al hotel, amplia, diáfana, con una fuente serena a cuyo borde se sientan los paseantes. El ambiente es de un tranquilo viernes por la tarde. Por un callejón estrecho veo la aguja de otra iglesia y me acerco. Es la de Temple Neuf, neorrománica, luterana, pero abierta a otros cultos, en plan ecuménico. Hay una exposición de fotografía y se me hace extraño que siga abierta de noche y sin que haya oficio. Las sillas de los fieles se sitúan en torno al altar. Curiosidades.




Y aunque quiero visitar la Plaza Broglie, me despisto, a pesar del planito, y acabo llegando al canal, con lo que no me queda más que ir circunvalando la ciudad junto a las aguas ya apagadas, que permiten leves reflejos de los edificios que mis compas han visto esta tarde desde el barco. De noche todo tiene un aire misterioso, casi de cuento.




Así es como llego de nuevo a la catedral, cuya plaza ya no está atestada. De noche la fachada es una joya de piedra, cristal y luz. El ambiente calmo de ayer se mantiene. Voy viendo algo de "sinhogarismo", no demasiado. Observo también una mezcla étnica  importante, con parejas de razas diferentes que se fotografían cariñosos: de piel oscura, orientales, magrebíes, mujeres cubiertas, todo parece aquí bien integrado, como la naturalidad de ver a parejas de chicos varones, jóvenes, cogidos con naturalidad de la mano. No saben lo que se han encontrado ya ganado. Ojalá sea ese el futuro de Europa, aunque hay señales inquietantes, como las que acaban de darse en Sajonia. 


Me vuelvo a encontrar con Javi y Angelines y charlamos de todo lo divino y lo humano mientras saboreo un helado de chocolate y me mancho la camisa. A las diez, hora de campanadas, aquello es más bien un concierto de badajos que hacen que la noche se cierre de modo perfecto. 



Luego se nos unen José Luis y Asun y seguimos juntos hasta el hotel. Los infatigables van a completar el paseo. Yo ya no puedo con mi alma. Mañana cambiaremos de paisaje.

José Manuel Mora.

 P. S. Creo que he puesto muchas fotos, en este caso no todas mías. Si alguien quiere que quite alguna, que lo diga y la eliminaré. 
 

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