El oro del universo
La presente reseña va a ser difícil de redactar con cierta precisión. El éxito de la muestra ha hecho que se hayan apuntado tantos asociados que haya habido que organizar dos grupos dos días seguidos. Al entrar a la misma hora, los dos se separan y el nuestro ha empezado la exposición por el final, según nos ha dicho David, el guía. La coherencia de lo expuesto quedará algo trastocada. Nos anuncia que, como suele hacer el MARQ, la presentación de lo que vamos a ver es inmersiva, dado el montaje de luces, espacios, vitrinas, vídeos... Yo voy esta vez preparado con boli y papel, pero la poca luz, y el querer hacer fotos mientras tomo notas, lo complica todo. Queda dicho, pues. Es una reseña para dejar constancia de de una más de las actividades culturales de la AAUP.
Otro de los elementos claves de aquella cultura era la maloca, una vivienda hecha de troncos de madera, con aperturas en el tejado, de forma que la luz que las atravesaba indicaba la época del año y el momento de plantar determinados cultivos. En el intento de equilibrio y armonía que lo cubre todo, preguntaban a los árboles si podían cortarlos. En realidad la maloca era un pequeño universo, lugar propicio para los rituales y para la vida comunal. Y el museo ha creado un espacio con elementos semejantes donde se desarrolla la explicación. Uno de esos rituales era de paso y tenía que ver con la llegada a la madurez de la mujer, que se realizaba en torno a una rueda decorada que, al girar, la protegía y potenciaba su fertilidad.
La figura del cacique no tenía la carga que nosotros le damos a esa palabra. Era un guía de la comunidad, no coercitivo, en una sociedad que era bastante igualitaria. Los signos de su estatus tenían que ver, lógicamente, con el oro, reflejo del sol, con cuyo polvo a veces se cubrían el rostro y el cuerpo. En otras ocasiones se revestían de figuras animales con el ánimo de asimilar sus cualidades. El jaguar era considerado uno de los más poderosos, de ahí las frecuentes figuras dibujadas y esculpidas de la bestia en vasijas, en paneles, talladas en oro o en cerámica... Junto al felino, o el cocodrilo, las aves eran también objeto de culto, ya que a los chamanes les proporcionaban sus cualidades. El paujil, o faisán real, era de las más estimadas. Comía arena para ayudarse en la digestión y con ella alguna pepita de oro que era encontrada en sus vísceras cuando se la descuartizaba, lo que era indicio de aguas auríferas.
Se convertían así en seres híbridos. Se perforaban la piel, se afilaban los dientes, se hacían tatuajes corporales, se ensartaban narigueras hechas de metales preciosos, se moldeaban el cráneo... Para todo ello era necesaria una buena técnica metalúrgica: había que calentar el metal y golpearlo para darle forma. La técnica de la cera perdida hacía necesaria la apicultura para obtener el preciado elemento necesario, moldeable, recubierto de arcilla. El calor del horno la cocía y al tiempo derretía la cera. En su lugar se introducía el oro líquido que adoptaba la forma del vacío que había quedado.
Los chamanes consumían coca y ayahuasca, mezclada con cal de las conchas marinas machacadas. La primera se esnifaba y la segunda se metía en la boca bien triturada. Iniciaban así el vuelo chamánico para trascender lo que les rodeaba. A veces mediante danzas acompañadas de ocarinas, en otras ocasiones adormilándose. A su vuelta compartían su saber con la comunidad. Eran grupos humanos muy unidos por la necesidad y la supervivencia.
En el vídeo que se proyecta a la entrada, visto al concluir la visita, se entera uno de que son 115 pueblos distintos y que Colombia es la parte del mundo con mayor diversidad lingüística, 65 lenguas distintas, además de sobrevolar paisajes impresionantes que invitan a viajar allá. La idea última con la que cerró David su explicación fue que en su mundo se toma lo necesario, pero no se acumula. Podríamos aprender de ellos. Dejo una última pieza como resumen de la belleza compartida.
José Manuel Mora.



























Comentarios