La única historia, de Julian Barnes

Historia de amor

Esta vez ha sido exclusivamente la recomendación de Adrián, la que ha hecho que me haya traído a casa un ejemplar de título y autor desconocidos. Barnes, Julian. La única historia. Barcelona: Ed. Anagrama, 2025; colección Compactos; trad. Jaime Zulaika; 231 págs. 


No es cierto que el autor me fuera del todo desconocido. Recuerdo el murmullo de admiración que provocó su novela El loro de Flaubert (1984), que no leí entonces, aunque me fue recomendada; era el máximo exponente de la posmodernidad de entonces. Barnes (Leicester, 1946), oxfordiano licenciado en lenguas modernas, ha sido crítico literario y columnista de diario y lleva escribiendo narrativa desde hace cuarenta años. Con El sentido de un final ganó el prestigioso premio Booker en 2011. Y se la ha concedido el Premio Princesa de Asturias de la Letras de este 2026. A sus setenta y pico ha decidido embarcarse en una "historia de amor". 


El arranque es premonitorio: "¿Preferirías amar más y sufrir más, o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión" (pág. 13). Desde una distancia de 50 años, el protagonista, Paul, rememora en primera persona sus veinte años de inconsciencia estudiantil, de rebeldía frente a unos padres caducos, cuando lo aceptan en un club de tenis veraniego, donde conoce a Susan, una señora de 48 años, casada y con dos hijas, ingeniosa y divertida, vitalista. "Yo he aprendido de los libros, ella de la vida" (pág. 56). Y salta la chispa, y surge el enamoramiento que contraviene todas las normas de la pacata sociedad británica de los sesenta, "el decoroso estilo ingles" (pág. 17), ese formalismo tan cargado de prejuicios morales. El muchacho confiesa: "Desprecio a los políticos, los considero lameculos rastreros y pagados de sí mismos" (pág. 39). Frente a ellos, y a los convencionales jóvenes de su edad, ella supone un ejemplo de libertad, capaz de hacer con su vida lo que le apetece. "Estuvimos juntos diez o doce años" (pág. 61), recuerda. Es ella la que le asegura que "todo el mundo tiene su historia de amor [...] Es la única historia" (pág. 49), esa que deja huella imperecedera. Ella ha vivido ya lo suyo, aunque ahora tenga un marido horrible y unas hijas despegadas. Sin embargo él reconoce que "Susan era mi vida, lo demás no lo era" (pág. 63). Porque el narrador, Paul, hace evidente que a su edad "el amante no quiere comprender el amor, sino experimentarlo" (pág. 87).


De las tres partes que tiene, la segunda se adentra en la crisis de esa relación, cuando se dice a sí mismo, "comprendes ahora que amarse el uno al otro no necesariamente conduce a la felicidad" (pág. 142). Más cuando en el matrimonio oficial comienzan los episodios de violencia doméstica con el marido legal, en los que extrañamente la policía no se mete, "asuntos familiares". Hay aquí un cambio a la segunda persona reflexiva, inusual en la narración en inglés, pero utilizada para rememorar los momentos de felicidad que vivieron, pero también los dolorosos que vinieron después, cuando ella se fue dando a la bebida hasta llegar a convertirse en una alcohólica perdida. Él sabía cuál era su lugar en ese momento, piensa: "Te necesita a su lado, fijo y firme" (pág. 164), aunque deba recorrer el camino de la madurez, laboral y afectivamente, con otras parejas que nunca alcanzarán la intensidad que tuvo su relación con Susan, porque el primer amor cauteriza el corazón, los otros tratan de cicatrizarlo.  
Y en una tercer parte final, ahora en tercera persona, nos encontramos con lo más memorialístico. "Una de las últimas tareas de su vida era recordar a Susan correctamente" (pág. 180). Y es cierto que hay aquí algo más de reiteración, tal vez para mostrar que "nada termina nunca, no cuando ha llegado tan hondo" (pág. 193). De la efervescencia inicial llegamos ya a la tristeza del recuerdo de momentos dolorosos. No hay en estas reflexiones postreras un arrepentimiento por lo vivido. "Todos los amores, felices o desdichados, son un auténtico desastre en cuanto te entregas por entero" (pág. 224). Se vuelve así a la disyuntiva inicial. No hay a lo largo del libro ninguna cabriola estilística. El estilo es muchas veces coloquial, adecuado a los personajes. La sencillez expositiva es su rasgo más evidente. Lo más interesante es la indagación de lo que nos dejan las relaciones que hemos vivido, con su poso de felicidad y dolor. También cómo el paso del tiempo van transformando nuestros recuerdos, cómo a veces reinventamos lo vivido sin ánimo de engañarnos a nosotros mismos. Quizás por eso también, si la voz narrativa hubiera dejado paso a Susan, tal vez ella habría contado la historia de otro modo. 

José Manuel Mora. 

 

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