Kafka meets Einstein
Hace 4 horas
MBAD Alicante

Y a este conflicto le toca hacer frente a un espía jubilado antes de tiempo por desavenencias internas: G. Smiley. Nada que ver con la figura de los habituales 007. No hay glamour, no hay acción desatada, ni erotismo venga a cuento o no. Todos estos hombres, porque se trata de un mundo de varones casi exclusivamente, viven para su obsesivo trabajo. No parecen tener familia, ni intereses ajenos a su actividad, y si tienen vida privada queda supeditada a las necesidades del servicio. El tal Smiley es contemplativo, de pocas palabras, de mirada penetrante, casi oculta tras los cristales de unas gafas cuya montura la oscurece más. Se trata de ir engarzando las piezas del rompecabezas para que vaya teniendo sentido, aunque luego pueda estallar entre las manos de quienes lo montan.
Probablemente todo ello podría resultar abstruso, pero el director, Thomas Alfredson, (de quien ya vi la inquietante Déjame entrar) ha tenido el acierto de ir desplegando la trama de forma envolvente, con flash-backs incluidos sin necesidad de subrayados, y en medio de un ambiente perfectamente retratado: desde la magnífica fotografría de colores fríos, hasta el atrezzo, tan necesario para que una historia de época resulte creíble, pasando por una banda sonora impecable del español Alberto Iglesias. Todo lo cual resultaría vano si no estuviera servido por unos actores de lujo: J. Hurt vuelve a mostrarse como un secundario de lujo, igual que C. Firth o el resto del reparto. Pero es Gary Oldman, ese actor camaleónico, capaz de incorporar a Drácula, o al malvado mago de la saga del Potter, o al cantante de Sid Vicious, o a este reconcentrado espía las ódenes de Su Majestad. La economía de medios expresivos viene propiciada por el propio personaje, pero también con la opción interpretativa de "menos es más". Al final queda latente la posibilidad de que a ambos lados del telón de acero anide la maldad y que, ante ella, estos personajes queden aislados en sí mismos, incapaces de comunicar por miedo a la delación, conducidos a una soledad insobornable.
Y un apunte final, ya que estamos en este blog "especializado". Son sólo cuarenta años, pero resulta curiosísimo, visto con ojos de cuasi expertos documentalistas, el tratamiento de la información que manejan, su forma de almacenamiento, de transmisión. No sólo los teléfonos (incomprensiblemente no existían los móviles), las gabardinas o los cortes de pelo, sino estas carpetas, los archivadores, las cajas fuertes para guardarlos, los carritos para su transporte, los teletipos para su envío...Todo un mundo ya desaparecido. Una época.
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