Kafka meets Einstein
Hace 6 horas
MBAD Alicante
La excusa del arranque de la historia es una cena de amigos, en los primeros noventa, treinta años después de sus correrías durante los estertores del franquismo. El recurso está algo visto. No será por ahí por donde la novela alcance el grado de excelencia. Muy pronto, el primero de los narradores, un costructor venido a más, pasa a rememorar su infancia en Denia, la misma que la del autor y que la mía, las mismas lecturas de tebeos, las mismas travesuras en grupo. Y de ahí a su salto a Madrid, donde se conforma el grupo de amigos que pretende reencontrarse: la universidad, las asambleas, las reuniones conspiratorias en los cafés y en los pisos compartidos; las ansias por cambiar el mundo mediante la acción política.
Pronto descubrimos que tras el primer espacio en blanco, quien sigue la narración no es el anterior, sino un pintor frustrado, enfermo de sida, vigilante nocturno en un hotel. La anécdota no se desarrolla en plan lineal, sino que éste va dando datos sobre sí mismo y otros que contradicen o complementan los que dio el primero. Le sigue la que quiso ser pedagoga y sin embargo presenta vinos, en una época en la que casi todos nos convertimos en aprendices de sumilleres; o la publicista que pasó por la comisaía de los grises y que ahora es publicista, después de haber intentado el salto a Europa. Termina con el escritor frustrado que estoy seguro lleva mucho consigo de los sinsabores y preocupaciones del propio autor. Y otra vez, como en su novela anterior, el acopio de materiales, de detalles de la cotidianeidad de la época, libros leídos, canciones escuchadas, viajes realizados...me ha puesto absolutamente en situación.
La cena los pone en situación de contrastarse mútuamente, de seguir ejerciendo la dialéctica de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que desearon y de lo que consiguieron, de los amores iniciados y acabados de mala manera, "¿Qué hemos ganado?, ¿qué hemos perdido? Puta vida, ¿verdad? Nuestras ilusiones.", se adelanta ya en la página 8. Con todo, lo que más me ha interesado, junto al mantenimiento de la fuerza expresiva que ya señalé en la anterior, ha sido la capacidad de dar voz única, de personalizar a cada uno de los personajes, con sus obsesiones vitales, con sus registros lingüísticos propios, con sus tic expresivos. Acabamos viendo cómo, tanto si son aparentemente triunfadores, como si han fracasado en sus expectativas vitales, todos guardan un fondo de derrota existencial.
La transformación de los personajes corre pareja con la de la sociedad de la época, con la sucesión de gobiernos, desde el de Suárez hasta el de Aznar pasando por González y todos los consiguientes transformismos, con la desaparición de tanta gente por culpa del sida, con el destrozo del paisaje que al abrigo de los PAI acabaron alicatando hasta el techo todo el territorio. El paralelismo está muy logrado.
1 comentarios:
En vez de la cita que encabeza la entrada, podía haber elegido esta otra, con la que me he topado después: "Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años".
Es de José Emilio Pacheco, de su obra En resumidas cuentas.
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