Horror inolvidable
Hace tiempo que despedí a los Reyes de mi balcón. Sin embargo este año se ha saltado la norma a la torera por partida doble. Mi sobrino el "letrado" ya me descubrió hace años al autor que me ha vuelto a regalar. Pequeño país supuso una gozada inmensa. Así pues he vuelto a territorio conocido, pero esta vez aterrador. Faye, Gaël. El jacarandá. Barcelona: Random House Grupo Editorial, Salamandra Narrativa, 2025. Trad. Lydia Vázquez. 253 págs. Ha sido galardonado con el Premio Renaudot, 2024, y se han vendido ya más de 350.000 ejemplares. Ahí dejo el dato.
Faye (Buyumbura, Burundi, 1982; recomiendo mirar el mapa de África Central) es claramente un mestizo. Hijo de madre ruandesa y padre francés, era seguramente considerado como negro en París y como blanco en su país de nacimiento. Dato curioso para un escritor: además de éxito literario, gusta como cantante. Marchó a los trece años de Burundi a Francia, huyendo de la guerra civil que allí se había desatado. Ya en los cuarenta ha decidido volver a África con su mujer y sus hijos. Estos datos biográficos tal vez son necesarios para seguir la novela que me he bebido en quince días.
El tiempo en que se desarrolla la trama va desde 1994, hasta 2020, y abarca la vida del personaje principal quien, de algún modo, es un trasunto del autor. Milan es el nombre del protagonista y narrador. Su padre se lo puso por su admiración a Kundera. Su madre llegó a Versalles, donde se instaló el matrimonio en 1973. Allí señala su hijo que comenzó su existencia. Y de ella dice: "El pasado de mi madre era una puerta cerrada" (pág. 13). De él mismo, un chaval de 12 años comenta, como de pasada, que "Ruanda entró en mi vida a través de la televisión" (pág. 14). Algo que también me sucedió a mí cuando empezó el genocidio. Quedé tan impresionado que decidí que ese fuera el tema monográfico para toda la variedad textual que debía proponer a mi alumnado para la prueba de Selectividad. A esas imágenes de la televisión se le añade con muchísima más fuerza la presencia de un muchacho de su edad, Claude, que llega herido desde Ruanda y es acogido por la madre sin más explicaciones, estableciéndose entre los dos muchachos una fraternidad adolescente inquebrantable.
Y, a pesar de que se dice que un genocidio es inenarrable, Claude, el antiguo amigo de Milan, declara como testigo: "La radio acusó inmediatamente a los tutsis (de la muerte del Presidente) y animó a la población a vengarse. Yo no sabía que era tutsi [la cursiva es mía...] Los que nos mataban eran personas que conocíamos, nuestros vecinos" (pág. 112). Esta frase en cursiva me parece esclarecedora, ya que muestra palmariamente que las distinciones raciales eran algo ajeno a ellos. Habían sido los belgas quienes habían establecido los grupos étnicos: "Decretaron que los altos y delgados eran tutsis y los bajos y rechonchos eran hutus [los tutsis tenían vacas; los hutus, no]" (pág. 183). Y así, desde 1931 se expedía un DNI con mención étnica. "Los belgas y la Iglesia rompieron su alianza con los tutsis y se acercaron a los hutus. En 1957 se publicó el Manifiesto de los bahutu, un documento que calificaba a los tutsis de invasores y explotadores. Con este texto el veneno de la división y el etnicismo hábilmente destilado por los colonos belgas y la Iglesia se convirtió en la prisión mental en la que la inmensa mayoría de los ruandeses se dejaron encerrar y de la que nunca escaparían" (pág. 185). La cita es larga, pero creo que clarificadora.
Así que en el momento en que Milan decide regresar en 2010, se encuentra con una niña, Stella, que cuando quiere escapar de lo que le rodea se refugia en las ramas del jacarandá del título. Establece con ella una relación como de "hermano mayor" y es gracias a eso cómo, "de vez en cuando me asaltaba la idea de escribir la historia de mi familia" (pág. 197). De alguna manera es gracias a la niña y a su bisabuela como logra ir recomponiendo las teselas del mosaico del horror que fue aquel genocidio. "Los tutsis no fueron masacrados por lo que pensaban o lo que hacían, sino por lo que eran" (pág. 215; de nuevo la cursiva es mía). Y eso último es lo que me parece más terrible, junto a la intoxicación radiofónica que hizo enloquecer a todo un pueblo. En medio de tanto dolor, el jacarandá aparece como "testigo mudo de las vicisitudes del siglo pasado" (pág. 246), como una presencia tranquilizadora para quienes se acogen a su sombra.
Sé que en esta ocasión he dado mucha importancia a la parte argumental, aunque sin entrar en detalles, pero también es cierto que Faye tiene un estilo claro, pausado, ausente de adornos o de carga metafórica. Son los personajes los que aparecen perfectamente dibujados, cada uno con sus peculiaridades, heridos y entendibles en sus desgarros íntimos; y es el paisaje natural y el humano el que envuelve esta historia terrible que de ninguna manera se debería olvidar.
José Manuel Mora.
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