Niágara, de Joyce Carol Oates

Cataratas y fango

En los libros de literatura que manejé en bachillerato, la presencia de escritoras era circunstancial: Teresa de Ávila, Sor Juana, la Pardo, Rosalía, y ya en el XX, Laforet, Martín Gaite y poca cosa más. Muerto "el que te dije", sus nombres empezaron a sonar con mayor frecuencia e incluso Carmen Conde fue la primera en entrar en la RAE. Hoy en día las autoras copan las mesas de novedades. Y por si sirve de referencia, en los últimos tres años, un 20% de las reseñas de estos "libros recomendados", ha sido dedicado a mujeres que escriben: españolas, latinoamericanas, francesas, italianas, estadounidenses, como la que me ha tenido un mes entretenido. Oates, Joyce Carol. Niágara (The Falls, su título original). Barcelona: Ed. Penguin Random House, antes Lumen; 2025, aunque su publicación primera en los USA fue en 2004. Trad. Carme  Camps; 712 págs con una foto de cubierta sugerentemente cinematográfica de John Rawlings. Y una última anécdota: las bibliotecas públicas ya no aceptan donaciones, y la gente que quiere deshacerse de volúmenes los vende como saldos, o los dejan abandonados en un banco, el famoso Book Crossing. En mi caso, el libro me lo ofreció mi quiosquero por el módico precio de 10€. Una ganga.


Como sólo conocía de oídas a la autora, quiero dejar aquí una nota informativa: nació en Nueva York en 1938 y acaba de dejar una diatriba terrible contra el loco de pelo de panocha, lo que me la ha hecho todavía más simpática. Lleva publicando desde los 26 años: cincuenta novelas, cuatrocientos relatos, libros de no ficción, poesía, teatro... Normal que se le hayan otorgado todos los premios imaginables de los que se conceden en su país, más otros que vienen del extranjero, incluso el Premio Pepe Carvalho de 2021, y la National Humanities Medal, el más alto galardón civil del gobierno estadounidense en el ámbito de las humanidades. Ha sido candidata al Nobel en varias ocasiones. No creo que me dé para abarcar otras obras suyas si todas son tan densas. 


Ya en 1900 se decía en un prospecto turístico que la Cataratas eran "el paraíso del suicidio". Sin embargo, en mi primera visita, en el 84, se me apareció más bien como "el paraíso del turista", salpicado por agua y arcoíris. Hay una cita inicial tomada de una balada de un tal M. L. Trau que dice: " La cruel belleza de las cataratas / Que te llama... / ¡Ríndete!" (1931), y que ya es bastante significativa, porque permite dar paso a la primera secuencia narrativa, en la que un recién casado decide lanzarse  en "una hora sin tiempo, envuelta en la neblina" (pág. 49) a "un río hambriento e insaciable" (pág. 64). Ello provoca que su mujer, Ariah, se convierta en "la viuda de las cataratas", cuyos ojos "de color verde guijarroso relucían de inteligencia y no de calidez" (pág. 43). 


Estamos en los años cincuenta, por lo que no es de extrañar que ella misma considere que "Era como un defecto de nacimiento: ser mujer" (pág. 91). Que al quedar viuda acabe enamorada de un rico abogado, Dirk Burnaby, "un eunuco marioneta propiedad de su madre" (pág. 153), será la salida que puede esperar una mujer de su época. Pero la relación va madurando y a su frialdad inicial se agrega su sorpresa: "Se maravillaba de que hubiera atrapado para ella, en estos brazos, a un hombre tan notable" (pág. 181). Que, a pesar del éxito económico de él, Ariah se empeñe en seguir dando clases de piano, cuando en su época no era frecuente que ellas trabajaran una vez casadas, la retrata como una mujer que pretende tener su destino en sus manos, el suyo y el de los tres hijos que llegarán: Chandler, Royal y 
Juliet. "No le interesaba la política. Por qué preocuparse, era un mundo de hombres" (pág. 250), como el hecho de que "desde que se había casado no había pagado una sola factura" (pág. 322). Todas estas notas señalan a la autora como poseedora de una aguda observación social, siempre desde el punto de vista de una mujer que considera, por ejemplo, que los sindicalistas, "eran agitadores profesionales. Naturalmente eran judíos" (pág. 286). 


Y en ese momento se produce un giro en la narración, al pasar de la monotonía matrimonial a la problemática provocada por las industrias cercanas a la corriente del río: "Hay un desagradable fango negro que rezuma, como gasolina, pero más espeso" (pág. 301). Dos realidades que se dan la espalda, "la capital mundial de las lunas de miel [...] y la otra, simple conveniencia y fealdad creada por el hombre" (pág. 329), con la mayor concentración de fábricas químicas del país. Cuando Dirk se implica en la defensa de quienes padecen los males de la contaminación, "todo el mundo decía de él, un traidor a su clase" (pág. 375). Se pone de manifiesto "una alianza de dinero, procedente de las fábricas químicas, la corrupción política y judicial y la ceguera ecológica" (pág. 696). Sin ir más allá en el argumento, cada vez más crítico y apasionante, en la segunda mitad de la novela, ésta se centra en la vida de los hijos, ya en los años 70, lo que acaba suponiendo un retrato de la sociedad estadounidense de la época, con sus contradicciones y sus problemas.
 

El retrato de personajes es brillante, sobre todo el de la personalidad de Ariah, oscura y manipuladora, poco convencional, que se delata en sus monólogos silenciosos, reflexiones sobre ella misma, que nos la dan a conocer. Dirk es un hombre bueno, abogado de éxito que cambiará radicalmente cuando conozca a "la mujer de negro", afectada por  la contaminación, para volverse luchador y generoso hasta límites insospechados, lo que lo acaba distanciando de su mujer. Los tres hijos irán descubriendo, cada uno a su modo, la figura del padre desaparecido. Son seres complejos, que se debaten entre sus contradicciones, que se quieren, aunque reaccionen de forma distinta ante el trabajo, los estudios o el amor. Acaba siendo un retrato de la middle class trufado de intrigas y emociones fuertes y con fuerza expresiva. Dejo un par de muestras: "El cielo era el azul cerámica brillante del invierno" (pág. 212); o bien, "La neblina se congela como lana de vidrio cubriendo los árboles" (pág. 608). Oates es más amiga de las comparaciones que del juego metafórico. En definitiva, trama intrigante y sociología bastante acertada, tal y como vemos que se siguen sucediendo las cosas en el ultraliberalismo en el que hemos desembocado tantos años después. El desastre medioambiental que aquí se narra ocurrió de verdad, aunque la autora señala que los personajes son ficticios. No lo es que el dinero y los intereses sigan mandando.

José Manuel Mora. 

 









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