Una sorpresa cercana
A veces me pregunto si tiene sentido hablar de un viaje que hemos hecho cuarenta personas juntas y que está reciente en nuestra memoria. Si me pongo a ello una vez más es por un doble motivo: de un lado, dejar constancia de una nueva actividad promovida por la Asociación de Alumnado de la Universidad Permanente, y de otro, que tal vez pueda servir de acicate para seguir nuestro recorrido, caso de que no se pudiera haber viajado. En esta ocasión se ha tratado de una única jornada de viaje con el habitual madrugón. Salimos hacia Rojales, situado en la Vega Baja del Segura, que atraviesa la ciudad. Tiene cerca de 17.000 habitantes y una de las primeras sorpresas es que su alcalde, Antonio Pérez, nos informe que el 70% de su población proviene del extranjero, sobre todo de Reino Unido, lo que le confiere una personalidad muy particular, como las numerosas urbanizaciones de casas unifamiliares con jardín delantero. Esa puede ser una de la razones del alza de precios de viviendas en el lugar, según la concejala de cultura, Inmaculada Chazarra, que también nos acompaña. Dejo una panorámica tomada de los prospectos que nos regalaron.


La programación que Marisa y la concejala han planteado se inicia con una visita al Museo de la Huerta. Nos acompañan como guías Leo y Rosario, que conocen muy bien su historia y contenido. Que la antigua explotación agrícola de D. Florencio, conocida como Hacienda de los Llanos acabara en manos del municipio, ha permitido que éste lo convierta en un museo que me ha recordado algo al de Puçol en Elche, cuya visita recomiendo desde aquí. Éste tiene distintas secciones, albergadas en diferentes edificios. La antigua casa, vivienda de los propietarios originales, está ocupada por muebles de época que recrean distintos ambientes: el de un comedor, un dormitorio, una sala de costura, un despacho...




La escalera que unía las dos plantas es de época y da idea de la importancia de la construcción. En la superior hay un comedor de diario, una botica, una sala que alberga instrumentos de pesas, otra con prensas de aceite y orzas para contenerlo... Los comentarios de los visitantes se remontan lógicamente a nuestra infancia. En casa de nuestras abuelas, en los pueblos, raro es quien no ha visto alguno de estos objetos, con toda la carga afectiva que aportan.
A la salida nos dirigimos a la vivienda secundaria, que acogía a la familia encargada de organizar la producción agrícola y la labranza. Lo que allí se incluye tiene que ver con la recreación de una panadería con todos los materiales necesarios para algo tan importante en una casa como la elaboración del pan, incluido un pequeño molino de grano y artesas para amasar.
En la última de las construcciones, las caballerizas, se encuentran carros, aperos de labranza como arados, instrumentos de siega y otros trabajos tradicionales ya desaparecidos como la apicultura, el cáñamo e incluso un carro de helados, aquellos que en mi pueblo se llamaban "chambis", forma de nombrar una palabra inglesa que se desconocía, un sandwich con mantecado entre dos galletas. Todo un regreso al pasado.
En la puerta, a modo de despedida del lugar, la correspondiente foto de grupo, antes de dirigirnos hacia la siguiente etapa. Nos resulta sorprendente que un pueblo tan pequeño pueda tener un museo tan peculiar y apegado a la tierra y tan bien cuidado.
Nos dirigimos a las llamadas Cuevas del Rodeo. Como explica Mª Jesús, la guía que nos acompaña en esta zona, en todas las épocas de dificultades la gente tiende a moverse para buscar mejorar su situación. Y así, durante los siglos XVIII y XIX muchos de los que llegaban atraídos por el trabajo en la huerta, excavaban cuevas en la pendiente del terreno. La profundidad de las mismas dependía del número de componentes del grupo familiar. Su interior se encalaba y los techos son sorprendentemente planos. La tierra que se sacaba servía para extenderla delante de la puerta con el fin de plantar un pequeño huerto-jardín. Escuchamos con atención, dado el interés que nos despierta y a pesar del txirimiri que está cayendo.


Toda la zona se ha rehabilitado y ha conformado un "Ecomuseo del Hábitat Subterráneo Municipal". Hoy en día, municipalizadas, se han convertido en talleres artesanales. La condición para ser ocupados por los artesanos es que sean accesibles a las posibles visitas. Y vuelve a sorprender la variedad de espacios, los trabajos que se realizan, la decoración de los mismos... El que estén rodeadas de un hermoso parque urbano realza el lugar.
Seguimos descendiendo hacia la que será una última visita al Museo Arqueológico-paleontológico ubicado en la que fuera Casa Consistorial, en el centro del pueblo. Es Leo el que vuelve a acompañarnos.
El espacio expositivo tiene dos áreas: la paleontológica, con restos de animales que habitaron en un territorio cubierto entonces por las aguas hace millones de años, por lo que no es extraño encontrar trilobites, ammonites, dientes de tiburón, vértebras fosilizadas o la huella de una piña que desapareció, por poner sólo unos ejemplos.
En el piso de arriba se encuentra la zona arqueológica, que muestra las huellas que fueron dejando los pueblos que se asentaron en la zona. Abarcan restos desde el Paleolítico al Neolítico, siguiendo por la Edad del Bronce, con útiles líticos, cerámicas, puñales de bronce o falcatas, algunas con forma curva para herir mejor.
A la entrada se encuentra una de las piezas más significativas, un pilar-estela ibérico, uno de los monumentos funerarios mejor conservados de esa cultura.
De camino al restaurante nos detenemos ante una especie de monumento en el que se narra una maldición con rapto incluido, ante el que nos hacemos una foto de grupo que muestra lo felices que estamos. Los que se agacharon, corrieron el riesgo de no poder levantarse después...
"La Noria", donde nos esperan para comer, se encuentra junto al Segura. Al borde del cauce hay una enorme que da nombre al restaurante. El viento que comienza a soplar impide ponerse debajo de los árboles por la alerta amarilla decretada.
El menú excelente y excesivo tal vez. Lo disfrutamos. Fuera nos espera el azud del río, que mana abundante sin pausa, como la vida, dadas las lluvias de este febrero el loco. Y de allí, al autobús, en un viaje rápido y cómodo hasta Alicante. Da la impresión de que la gente queda con ganas de apuntarse al próximo. Todo son parabienes para la incansable Marisa que tiene que lidiar con todos nosotros y a Rafael Arenillas, que lo coordina todo.
P. S. Naturalmente cada uno podrá contarlo según lo ha vivido. Me habré dejado muchas cosas, pero no he tomado apuntes.
José Manuel Mora.
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