La mujer danesa, de Benedikt Erlingsson

 Cine nórdico ¿de humor?

Supongo que le pasa a mucha gente, a tenor de comentarios que leo en prensa y los que me llegan de amigos: ese momento de después de la cena en el que hay que decidir con qué vamos a pasar el rato hasta la hora de ir a la cama. Si no se tiene la decisión tomada, es posible que llegue el sueño y sigamos buscando entre plataformas y títulos, discutiendo cuál elegir y aburriéndonos al final. Por eso, cuando uno encuentra una sugerencia atractiva, se lanza a ello con decisión, independientemente del resultado final. Lo nórdico me tira. Hay una buena muestra en estas "páginas" de comentarios de libros, pelis y series, que se desarrollan en aquellos fríos territorios. Y de nuevo con una protagonista: La mujer danesa acaba de llegar a Filmin. Y ya el cartel anunciador resulta entre misterioso e irónico. Es una creación del cineasta islandés  Benedikt Erlingsson, quien también es coautor del guión con Ólafur Egilsson, aunque tal vez fuera más apropiado situar a su protagonista en ese papel de "creadora", Trine Dyrholm. Volveré sobre ello. 

Esa mujer danesa, Ditte Jensen, se ha trasladado a Islandia en busca de una serena jubilación. Y aquí aparece el primer y soterrado conflicto: la isla fue colonia de Dinamarca hasta el s. XIX. Que poca gente allí sea capaz ya de manejarse en danés es algo que irrita a la recién llegada. A muchos de sus vecinos les resulta más fácil relacionarse con ella en inglés. De todo ello se deduce lo necesario que es ver la serie, apenas seis capítulos, en V.O.S. Pronto nos enteramos de cuál ha sido su profesión antes de llegar: como espía, ha batallado como soldado de élite en múltiples guerras muy sucias: Bosnia, Afganistán, Irak... lo que hace que mantenga forma física y recursos para enfrentarse a los problemas que surgen en la comunidad de vecinos en la que vive en Reikiavik, problemas que para ella se convierten en una misión, en la que "el fin siempre justifica los medios", con fuerza bruta si es necesario. Parece evidente que las guerras la dejaron marcada para siempre.


La variedad de vecinos permite al director pasar revista a múltiples problemáticas de la vida actual, empezando por los valores ecologistas radicales de la protagonista. A ello se suma el consumo desmedido de pantallas en niños y jóvenes, el maltrato de los varones a mujeres sometidas, el alcoholismo y las drogas, el racismo con los migrantes, las relaciones sexuales entre adolescentes... Para todo ello tiene siempre una solución "radikal". Y el tono va pasando del drama a la ironía se van alternando, lo que hace sonreír, a pesar de la dureza de las "soluciones" a las que a veces los propios vecinos se oponen.  En ocasiones es el triunfo del absurdo en medio de un nihilismo en el que late algo de optimismo gracias al humor. Y todo ello introducido en cada capítulo por una canción que Ditte canta y baila ante paisajes fastuosos. Quien firma la música es un tal Matti Kallio. Uno no puede saltarse los créditos mientras suenan las piezas.


Dejo para el final el personaje de Ditte, una especie de quijote enloquecida, que no sería creíble si no fuera por la presencia de Dyrholm, a quien no vi en La chica de la aguja, pero sí en La comuna (2016). Ella es capaz de mostrarse a través de múltiples caras, lo que enriquece al personaje. El que sea además cantante y compositora hace que tenga un aire de autenticidad. Su carácter contradictorio la hace capaz de la sintonía y la solidaridad, lejos de blandenguerías que no van con ella, para pasar luego a tomarse la justicia por su mano. No parece que la visión del  guionista y  director sobre su propio país sea demasiado optimista. Tampoco el mundo en que estamos adentrándonos de la mano asesina de Netanyahu y Trum da demasiadas razones para la esperanza. 

José Manuel Mora. 





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