Monasterios y asesinatos
Tras tantos días sin ir al cine, con la serie entre manos de Sherlock, que no me está matando de pasión, hacía días que no daba señales de vida. La insistencia de mi amiga Antonia y su generosidad al prestármelo, ha hecho que llegue a un libro del que lo desconocía todo. El título, la foto de la cubierta y el breve resumen del contenido me lo hacían atractivo. El resultado de la lectura ha superado mis expectativas. Luego diré por qué. Acebedo, Lorenzo G. La taberna de Silos. Barcelona: Tusquets Editores, 2023; 285 págs. Lo habitual es que en la solapa del ejemplar se incluya una nota biográfica del autor. Pero aquí se nos dice que tras su nombre "se oculta un escritor que abandonó en su juventud los estudios teológicos por el retiro monacal y, algún tiempo después éste por una mujer. En la actualidad reside en un pueblo de La Rioja" (?). En la wiki descubro que es conocido por sus thrillers medievales, de los que se han vendido 50.000 ejemplares hasta el momento. Dado el éxito, ha publicado La Santa Compaña, que parece seguir por los mismos derroteros.

Habiendo sido profesor de Literatura tantos años, solía empezar con la voz del primer poeta que se animó a "hacer una prosa en román paladino / en el cual suele el pueblo hablar a su vecino". Lo último que se me hubiera ocurrido es convertir a Berceo en una especie de detective del medievo. Sin embargo el conocimiento de la época y de los ambientes monacales del momento ("los monasterios eran el siglo [...], el deseo, la ira, la ambición de poder [...]; también la espuma nacarada del siglo: la pasión por el arte, los códices miniados, los alejandrinos de la cuaderna vía...", pág. 12/13), unido a un estilo claro y directo, me ha hecho entrar en claustros donde se encierran hombres con almas más negras que sus hábitos benedictinos. Y eso que ya U. Eco había indagado también en los recovecos de los claustros y bibliotecas en El nombre de la rosa con resultados semejantes.

Dice la voz del narrador, el propio Berceo: Fui a Silos "cuando aún no había perdido la guerra contra la edad" (pág. 17), derrotado por la violencia vivida en las Navas de Tolosa, consciente de ser el primero de mi sangre en aprender a leer, capaz de tan discutible prodigio [...] uno que cuando nadie estaba mirando se consideraba poeta" (págs. 107/108). Para completar su autopresentación añade: "Yo, un sacerdote que entendía de vinos y de libros, que vivía con un ama de su misma edad" (pág. 25) y que además "tenía un hermano pergaminero [...] que vendía recado de escribir [...] e incluso el pergamino de trapo que ahora llaman papel" (pág. 34). Estos detalles sobre el oficio de escribir en la época, que yo explicaba en mis clases de Historia del Libro, me han hecho la lectura más sabrosa, como cuando dice: "Seis muchachos dedicados a copiar libros al dictado de uno de ellos" (pág. 34). Era como introducirme en el escritorio del convento. Confiesa además algo inaudito en un monje: "Perdida la fe, me entregaba al uso de la razón" (pág. 63). Es pues un Berceo muy "de novela", aunque por momentos me haga volver a mis libros de texto al ver que: "La senda cuadrata, la vía cuaderna que hay que recorrer para hacer llegar la música del latín a los que sólo escuchan en román" (pág. 82) eran elementos cercanos; como el hecho de que confiese que "los que tenemos el vicio de leer en silencio ya no necesitamos rezar" (pág. 114).
A todo lo anterior se une una trama de asesinatos, rencillas entre conventos y entre monjes, el sexo prohibido, los excesos en el comer y en el beber, y una violencia encaminada a mantener "el poder, que es lo único que persigue la Iglesia" (pág. 202), porque da la impresión de que sólo parece moverlos "o la braga o la bolsa" (pág. 276), muy goliardesco. Todo está teñido de un humor socarrón que, como en las buenas novelas de crímenes, acaba resolviéndose por donde menos uno lo espera, aunque sea en el Silos del s. XIII y aunque esté lejos de la curiosidad del lector, puesto que es el ambiente el que atrapa y unos personajes perfectamente dibujados: el manco Lope, la tabernera Elo, el malvado Aznaro, que también esconde su secreto, el adolescente Deogratias, copista maltratado...

Así pues y, a tenor de mis gustos profesorales y de las ventas abundantísimas del libro, me parece más que recomendable la lectura de este oculto autor, cuyo nombre no deja de ser un anagrama del poeta riojano. Cierro con una última cita que ha traído a mi mente el cielo castellano bajo el que viví ocho años: "Las estrellas temblaban en vilo a punto de precipitarse sobre mí" (pág. 206).
José Manuel Mora
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