Vejez
A veces los clubes de lectura pueden no ser algo formal, dirigido por un experto, sino simplemente un buen consejo de parte de un compañero aficionado o de una vecina inquieta, como en el caso de Sara. No sé qué le habrá llevado a ella a sugerirme este título. En cualquier caso ha sido un acierto su propuesta. Y una vez más, literatura en femenino. Vigan, Delphine de. Las gratitudes. Barcelona: Editorial Anagrama, 2021, leída por mí en la vigésimo segunda edición de 2026, lo que es indicador del éxito obtenido desde 2019, fecha de su aparición en Francia. Trad. Pablo Martín Sánchez. 167 págs. La foto de la cubierta es tremendamente adecuada.

Y, de nuevo, el desconocimiento de gente que lleva escribiendo exitosamente desde hace años. Vigan (Boulogne-Billlancourt, 1966) vive en París, es guionista y directora y, al parecer, lleva publicando en Anagrama desde 2012, según la información de la solapa. No voy a dejar aquí la larga lista de títulos suyos, aunque tal vez merezca la pena señalar que, No y yo (2007), recibió el apreciado Prix de libraires; y que de Nada se opone se han vendido en Francia más de 800.000 ejemplares y ha sido publicada por veinte editoriales extranjeras. Tal vez que en ella narrara el suicidio de su madre pueda haber aportado algo de morbo lector. También se podría mencionar Basada en hechos reales, dado que tardó cuatro años en redactarla y que ha recibido dos prestigiosos premios: el Renaudot y el Goncourt de los Estudiantes, y fue llevada al cine por R. Polanski, algo que también me ha pasado desapercibido. Da la impresión de que es marca de la casa el hecho de que la autora no suela extender sus historias más allá de las 150 páginas, como sucede aquí también.

Cabe la posibilidad de que el hecho de ir cumpliendo años haya hecho que me adentre en esta historia con un sentimiento que ha ido acrecentándose a medida que avanzaba en la lectura. Michka Seld es una anciana que vive sola y a la que le llega el momento de, no pudiendo desenvolverse, se ve obligada por voluntad propia a ingresar en un geriátrico. Nada extraordinario. Allí recibe las visitas frecuentes de Marie, vecina suya, a quien la anciana cuidó cuando era niña y su madre se ausentaba. Hay una tercera voz, la de Jerôme, un logopeda que acude al centro una vez por semana a tratar a los internos. En concreto su relación con Michka se va ahondando ante los problemas de olvidos de palabras que la anciana padece, que se van convirtiendo en muestras de afasia. El lingüista que fui se siente inquieto ante las dificultades de la protagonista para encontrar la palabra precisa, porque a mí también me va sucediendo. "Se detenía en mitad de una frase, tropezando literalmente con algo invisible" (pág. 13). A veces, cuando escribo, también yo empiezo a dar vueltas entre sinónimos en busca del término que parece estar en la punta de mi lengua y que se me resiste con gran frustración para mí porque no es el que deseo. Ello lleva a pensar a la protagonista en un arranque de autoconsciencia que "el fin de la mente ya ha empezado" (pág. 62). Y presentar todos estos tropiezos se ha visto reflejado con acierto por el traductor, que creo que ha sabido trasladar los juegos de palabras, que no sé cómo serán en el original, a la versión castellana: "Ni
al bar. Los viejos somos una carga muy pesada [...] Sé muy bien lo que
maldigo" (pág. 26). O bien: "No me gusta que metan las
raíces en mis cosas" (pág.72).Y estos tropiezos preocupan porque "sin el lenguaje, ¿qué nos queda?" (pág. 105). Hay otra reflexión que me resulta cercana: "Envejecer es aprender a perder" (pág. 129). Dicho esto sin dramatismo, como mera constatación.

Sin embargo hay otro tema tan importante o más que este primero. Michka nació en 1935 y vivió sus primeros años bajo la ocupación alemana. Su madre la dejó en manos de un matrimonio que cuidó de ella y a quienes obsesivamente desearía encontrar para poder agradecer sus desvelos y que la libraron de perecer en un campo de exterminio. Esas son las "gratitudes" del título. La necesidad de expresarlas mientras es tiempo de hacerlo. Agradecer a quienes nos han ayudado a lo largo de la vida en situaciones problemáticas. "Hay que decir lo que se siente" (pág. 168) porque puede suceder que ocurra como a Michka, que deambula en el interior del geriátrico "por caminos devastados que surgen en mitad de sus frases cuando intenta hablar [...]. Ya nada puede compartirse" (pág. 135). En eso se parecen las tres voces del relato, cada una a su modo y por razones diferentes. También en eso me veo reflejado últimamente y procuro trasmitir un necesario "gracias" a los que me rodean. No hay tremendismo en cómo se muestra la situación de la anciana, incluso a veces se deja ver un punto de humor, junto a las muestras de amor de los dos personajes narradores. Y se agradece la limpieza del estilo de la autora, casi un minimalismo en la sencillez estructural, con esa narración a tres voces, y la profundidad con que se muestra el alma de la vieja y de quienes acaban ayudándola. He de confesar que me la he bebido en apenas unos días. Desde aquí lo advierto: un libro muy recomendable. Gracias, Sara.
José Manuel Mora.
Comentarios
Me acuerdo un día que me dijiste si me acordaba de cuándo hablábamos de corrido.