Islas dentro de islas
No quiero cansar a mis improbables lectores, pero una vez más no sé de dónde me llegó la incitación a comprar y leer este libro. Seguramente fue una reseña en el periódico, que ya no recuerdo. Me intimidó su volumen, su peso. Y me resultó atractiva su cubierta. Una vez más el autor me era absolutamente desconocido. Stuart, Douglas. John hijo de John. Barcelona: Ed. Penguin Random House, 2026. Trad. Francisco González López. 471 págs. Al escribir esto último me doy cuenta de que se trata de una "rabiosa" novedad, cosa infrecuente en mí, que suelo llegar tarde a mucho de lo que se publica.
El libro me ha resultado sorprendente por muchos motivos. El título del mismo es poco frecuente por su recurrencia. Y el de esta reseña lo he elegido a conciencia. Diré luego por qué. La historia se desarrolla en las Hébridas, allá al norte de Escocia, ya en el Atlántico. Y en la cita introductoria se señala que "los isleños de todo el mundo nacen para el exilio". No hice mucho caso al leerla. Cobró sentido al acabar la lectura. Sucede además que Stuart (Glasgow, 1978) no es isleño. Sí es pertinente señalar su formación como diseñador exitoso de moda, primero en su ciudad, y luego en Nueva York. En los agradecimientos cuenta que vivió unos meses en las Hébridas Occidentales en 2019, mientras escribía su primera novela, Historia de Shuggie Bain (2020), con la que ganó el premio Booker, de gran prestigio, y que fue doblemente premiada en los British Book Awards como mejor libro del año. Se tradujo luego a 38 idiomas. Su segundo título fue Un lugar para Mungo (2022), acogido con mucho éxito también. Y la wiki me chiva que ambos tienen como protagonista a un adolescente gay. Si lo hubiera sabido, tal vez no me hubiera sorprendido tanto la temática del que he tenido entre manos.
John-Calum, el hijo, regresa a la isla familiar tras estudiar diseño en "el continente" (así es como llaman los isleños a la isla grande). Vuelve porque John padre le ha dicho que Ella, la abuela con la que éste convive, se encuentra muy mal. "Volver a casa bajo el pretexto de hacer lo que se esperaba de él le permitía sentirse menos fracasado" (pág. 48). Sus 21 años lo llevan a una confrontación permanente con un padre de 46, quien ve a su hijo "como algo de su propiedad" (pág. 85) John padre, más que estar en la plenitud por su edad, parece un hombre sin horizonte, que vive con el peso de la religión presbiteriana de la que oficia ceremonias en la iglesia, con la vergüenza de una mujer que lo abandonó, y con un secreto inconfesable que se irá descubriendo conforme avance la trama. Todo ello se desarrolla en un entorno duro: por el paisaje, por la lluvia casi permanente, por la dureza de los trabajos que desarrollan, tejedores artesanales y pastores de ganado: "Con las ovejas arremolinadas a su alrededor, parecía estar flotando sobre un mar de nubes húmedas y malolientes" (pág. 51). Otra peculiaridad del lugar es el bilingüismo. Los personajes pasan del inglés del "continente", al gaélico, con naturalidad y como herramienta para excluir de la conversación a quien no entiende ese segundo idioma. En el texto, los parlamentos en esa lengua aparecen en cursiva. "A John le intentaron extirpar el gaélico de la cabeza" (pág. 67). A todo ello se añade la sensación que tiene el lector de estar introduciéndose en un mundo paradójico. De un lado, ferris, coches, auriculares para escuchar música...; de otro, el aislamiento isleño, la dureza de los trabajos en el monte o en el mar, el vivir en viejos croft, y el peso inmisericorde de la religión que atenaza a todos los habitantes. "Se vigilaban unos a otros mediante la vergüenza, los desprecios y los juicios mezquinos" (pág. 123), lo que hace la vida allí tremendamente difícil para todos.
En medio de tanta dureza, Ella parece ser la única que actúa con entera libertad, "haciendo exactamente lo que le daba la gana, siendo exactamente ella misma" (pág. 391), aunque también cargada con su parte de culpa: "Había elegido a su nieto [John] antes que a su hija, a pesar de que el mundo era más cruel con las mujeres" (pág. 410). Es justamente todo lo contrario que uno de los vecinos, Innes, muy relacionado con la familia Macleod, "un viejo imbécil aferrándose a fantasmas del pasado" (pág. 352). El regreso de John-Cal a la isla hará que los hilos del tejido familiar trenzado durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo empiecen a deshilacharse. El muchacho se siente frustrado, fracasado tras ser de los pocos que había podido ir a la universidad en Glasgow y que eso no le hubiera posibilitado escapar del atolladero familiar isleño. "Al calor de la autocompasión cada vez más densa, sintió un resentimiento viscoso hacia su padre" (pág. 15). Señalo la adjetivación en cursiva, porque ese elemento de la escritura de Stuart es uno de los más llamativos. "La colina bloqueaba el paso de las nubes, que iban asediando poco a poco la isla. Atrapadas por su propio peso, descendían cada vez más hasta que el cielo se desgarraba y la lluvia volvía a hacer acto de presencia. [..] La luz pasaba de largo, esquiva, sin demorarse nunca. Los días llegaban sigilosos, a hurtadillas, y se iban del mismo modo" (pág. 214).
La narración se desarrolla desde múltiples perspectivas, todas expuestas desde la tercera persona. Cada personaje va viendo lo que sucede desde su óptica y el narrador lo cuenta tal y como aquél lo vive y, sobre todo, lo siente. Ello enriquece la trama, pero la maestría de la misma está en el modo en que el escritor va dosificando la información, lo que hace que no se pueda dejar la lectura. Cuando uno cree ya saberlo todo, la historia acaba presentándose desde otro ángulo que la vuelve a hacer más compleja, más intensa, más emocionante.
Y hay todavía un elemento sorprendente, que parece traído de la actividad de tejedores de los Macleod: la exquisita sensibilidad del escritor a la hora de describir colores, matizando sus apreciaciones con una riqueza asombrosa. Baste un ejemplo: "Los radios de su iris, donde se congregaban toda suerte de azules claros y y grises cálidos: hollín, paloma, mica, ceniza, campanilla y, bajo determinada luz, algunas pinceladas de un insólito lapislázuli" (pág.93).
Los ojos de un hombre, John padre, que se veía "postrado ante Dios, disculpándose ante su Creador por la clase de hombre que era" (pág. 233), en constante lucha entre las fieras normas presbiterianas que lo rigen, a él y a su comunidad, y su modo íntimo de estar en el mundo. Contradicción insalvable. Toda esta historia, o todas estas historias, me han permitido adentrarme en un mundo lejano, no sólo desde el punto de vista geográfico, sino en unas coordenadas mentales y vitales muy distantes de las mías. Pero los personajes eran tan de carne y hueso que me he sentido vibrar a su lado en cada uno de sus conflictos, tan humanos y tan "aislados" dela isla grande, del resto del mundo.
José Manuel Mora.






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