Los pacientes del Doctor García, de Almudena Grandes

 Derrotados de nuevo

Unos libros llevan a otros, decía Petrarca. Yo también creo que es así, la mayoría de las veces por caminos insospechados. En el caso que nos ocupa, se debe a un propósoto deliberado de la autora. Podría pensarse que intentar emular a Pérez Galdós en sus casi inabarcables Episodios Nacionales pudiera considerarse una tarea entre titánica y condenada al fracaso, dado el modelo de un lado y, de otro, que la literatura que se escribe en la actualidad dista mucho de aquellos empeños inacabables tan decimonónicos y que durante mucho tiempo fueron vistos casi con desprecio ("Don Benito el garbancero", lo llamaban). La escritora sabe todo eso y sin embargo lleva desde antes de 2010, cuando publicó Inés o la alegría, comentada aquí, redactando un fresco narrativo que ella titula genéricamente Episodios de una Guerra Interminable, a dos años por título aproximadamente. Me gustó tanto que reincidí en 2014 con Las tres bodas de Manolita. Si la primera se proponía tratar el intento de invasión por la zona de Viella desde Toulouse de un ejército de guerrilleros que pretendían así hacer caer el Régimen en 1944, el segundo se centraba en la dura supervivencia de los perdedores del interior y de sus intentos de organizarse para socavar el poder de los triunfadores en la Guerra Civil, al tiempo que mantenían vivo el ánimo de los encarcelados. Resumir así novelones de cuatrocientas páginas me resulta casi ridículo; si lo hago es para ubicar el que ahora voy a comentar: GRANDES, ALMUDENA. Los pacientes del Doctor García. El fin de la esperanza y la red de evasión de criminales de guerra y jerarcas nazis dirigida por Clara Stauffer, Madrid-Buenos Aires, 1945-1955. Barcelona: Tusquets Editores, 2017, con 752 páginas. De rigurosa actualidad, esta vez sí, y sin que sirva de precedente.

























Si redactar cualquiera de las entradas de este blog me lleva un buen número de horas, no quiero imaginar lo que supone de planificación para empezar, de documentación para fundamentar lo narrado después (véase en las páginas finales las referencias consultadas), más lo propiamente creativo de imaginar toda la historia y redactar y revisar luego; me parece que es necesario no sólo mucho oficio, sino esfuerzo, disciplina y dedicación. Más cuando en el entramado narrativo global los personajes de unas novelas y otras reaparecen como secundarios, cuando antes fueron principales. Así hacía también D. Benito con los personajes del Madrid de su época (lo homenajea expresamente en uno de los volúmenes existentes en la biblioteca del protagonista, que sirve para codificar mensajes en clave). Ello contribuye a la unidad del propósito de la escritora. A pesar del acotamiento temporal señalado en el subtítulo, el libro se inicia a principios de la Guerra Civil en el Madrid sitiado y concluye también en la capital en 1977, ya sin la prsencia infausta del que te dije, que diría Cortázar. Los versos de Gil de Biedma con los que se inicia el libro son una clara advertencia. "De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España / porque termina mal". Aviso a navegantes, digo, a lectores.


Ya en el capítulo que lo abre, a modo de prólogo, nos dice el narrador: "Mi historia es la historia de tres impostores" (pág. 20). No es el único en contar. A la voz en primera persona del médico sin título, y que sin embargo da título a la novela, el Doctor García, se une la de un narrador omnisciente que sigue los pasos del otro gran protagonista, Manuel Arroyo, el diplomático al servicio de la República que acabará marchando a Buenos Aires, y también el que cuenta la historia del boxeador que se enrola en la División Azul. Completa el cuadro la propia "lectora que escribe estas páginas encontró un emocionante desagravio" (pág. 384), que nos advierte de los personajes ficticios en un listado onomástico final, acompañados de los seres reales de la Histroia de esos años, que aparecen en cursiva. Entre ellos Clara Stauffer. "Para nosotros (el Gobierno de Madrid de 1947) es española [aunque nacida en Alemania] y una gran patriota, la mano derecha de Pilar Primo de Rivera, una trabajadors incansable [con doble militancia en Falange y en el partido nazi]. A ésta no podemos entregarla de ninguna manera" (pág. 376). Aparecía en una relación del Consejo de Control Aliado  con personas vinculadas a las actividades en España que se exiliaron tras la derrota alemana y encontraron asilo y protección en la España del Régimen: "Franco cobijaba y ayudaba a escapar a criminales de guerra" (pág. 511). Siendo un personaje real, alcanza una importancia extraordinaria en la narración , dado su papel en el trasiego hacia Argentina de tanto criminal nazi buscado por la justicia internacional. Incluso su desengaño amoroso resulta absolutamente verosímil dentro de la novela. Perón y Franco fueron enormemente generosos con monstruos venidos de Croacia, de Bélgica, de Austria, de Alemania, por supuesto, y la autora deja constancia documentada de todo ello, pero engarzado perfectamente en la trama a través de Manolo Arroyo, que se integra en la red Stauffer.


También aquí hace Grandes un uso constante de la  prolepsis (perdón, del conocimiento de algo futuro que requerirá de explicación, incluida la analepsis necesaria; el salto atrás, perdón de nuevo). Es maestra en ello y consigue  que la historia se mueva con soltura en tiempos y espacios distintos sin que el lector llegue a perderse. El personaje de Guillermo es el que aparece retratado con mayor profundidad, al ser una voz que cuenta desde dentro de sí mismo, con todas sus contradicciones: "Al reconocer los saqueos, los asesinatos, la criminal venganza que ejercía a diario gente de su propio bando, del mío, Experta demostraba que era más honrada que yo" (pág. 54); él mismo reconoce "Yo nunca había militado en ningún partido político" (pág. 140), a pesar de su defensa indesmayable de la causa republicana y de la vida por sí misma, como valor supremo: "Curábamos a culpables e inocentes por igual, sin hacer preguntas" (pág. 141). No se ve a sí mismo nunca con tintes heroicos, antes bien con el estigma del derrotado, del superviviente: "Me había salvado porque quería vivir, pero en aquel momento la vida me pareció un bien despreciable, un mezquino atributo de mi cobardía" (pág. 255), de ahí que tuviera que aprender a "vivir como un impostor [...] con un nombre falso" (pág.256). Manolo es el otro gran personaje del libro, igualmente complejo y atractivo con "su mucha y muy mala suerte", a caballo entre dos mundos, Europa y América, casi hermano de sangre de Guillermo, quien le salva la vida. Y una vez más Grandes demuestra que es conocedora en profundidad del alma femenina  entre otras muchas mujeres de la novela, como la Amparo joven, y el retrato de Meg Williams, amante mejicana del gachupín Manolo, es descacharrante y enérgico, enternecedor y valiente. Tanto el habla del D.F, como luego el habla porteña son retratadas con maestría. La escritora reconoce la deuda con quienes la han ayudado en eso.


Es experta también en la expresión de sentimientos: "El llanto de Meg pulverizó su rabia, limó las aristas de su espiritu, allanó su indignación para sumergirle en un pantano húmedo y destemplado, un barro pestilente, espeso, frío, que le privó del consuelo del grito. [...] Su sinceridad le dolía, le hería como un palo aguzado que, en cada uno de sus sollozos, penetrara un poco más en su garganta para remover la pena, una tristeza que se fue haciendo más honda, más densa, hasta aspirar a ahogarle en una orfandad sin límites" (pág. 640). Ambos personajes, Guillermo y Manolo "nos habíamos hundido juntos, que habíamos tocado el fondo de la última derrota con las plantas de los pies" (pág. 734). Y sin embargo estos derrotados alcanzan la grandeza de los que siguieron combatiendo a través de los años contra todas las adversidades, arriesgando a veces sus vidas, aunque se enfangaran a veces también en aquello que no hubieran nunca deseado. El fresco histórico sigue. A la autora le quedan dos volumenes más. Espero alcanzar a leerlos.

José Manuel Mora.








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